Mercè Rodoreda, autora de La Plaza del Diamante
La renuncia que nunca fue elección en ‘La Plaza del Diamante’
La pérdida de identidad subordinada al contexto social y los sesgos de género articulan un argumento ampliamente abordado por escritoras e intelectuales a lo largo de la historia
Cuando Quimet rebautiza a Natalia como "Colometa" en La Plaza del Diamante no está otorgándole un apodo cariñoso fruto del afecto sino determinando su destino. Mercè Rodoreda construye esta escena, en la que la protagonista dejará de pertenecerse a sí misma, sin dramatismo, como un instante casi imperceptible por su brevedad. Es justamente esa levedad narrativa la que revela su gravedad simbólica.
Así comienzan muchos procesos de anulación, exentos de una violencia evidente, con pequeños gestos que nadie, ni siquiera la víctima, identifica. Quizá por eso, este clásico de la literatura catalana publicado en 1962 continúa teniendo una vigencia asombrosa.
La anulación del yo
El nombre es el primer territorio del yo. Una forma primaria de autopercepción, de identidad emocional, de existir también para los demás. Cuando se le arrebata a Natalia, se la despoja también de la posibilidad de reconocerse y ser reconocida como un sujeto autónomo y dueño de su propia historia.
Este despojo inicial no se acota al ámbito doméstico, se expande y se legitima socialmente. El apodo impuesto se asume con naturalidad en el barrio, entre sus vecinos y amigas. Un gesto colectivo, aparentemente inocuo, es precisamente el que sostiene la idea que Simone de Beauvoir plantea en El segundo sexo. "No se nace mujer, se llega a serlo". Es una construcción cultural que la sitúa siempre como la "Otra" respecto a un sujeto masculino asumido como referencia universal.
Junto a la dimensión social –la renuncia aparentemente voluntaria o sumisa– existe un contexto donde no hay alternativas reales ni condiciones materiales para sostenerlas. La protagonista de la novela acepta sistemáticamente lo que se le propone o "impone". Casarse con un hombre al que apenas conoce; abandonar su trabajo y en consecuencia su independencia económica, convertir su casa en un criadero de palomas para satisfacer a Quimet. Esta idea de ausencia de elección genuina atraviesa el ensayo Todo sobre el amor de la escritora y activista feminista Bell Hooks. El libro analiza las dinámicas del patriarcado advirtiendo que el consentimiento ofrecido desde una dependencia absoluta –económica, afectiva y social– no es más que supervivencia disfrazada de voluntad.
Este mecanismo perverso se hace aún más evidente, literalmente se materializa, cuando Natalia soporta estoicamente el angustioso caos que provocan las decenas de palomas que invaden su hogar. Las aves no son un capricho más de su marido.
Están ahí para servir de metáfora de cómo, poco a poco, se le va arrebatando su espacio vital hasta asfixiarla en su propia casa.
La construcción de la "naturaleza femenina"
Se podría argumentar que la resignada protagonista de La Plaza del Diamante, encuentra, pese a todo, efímeros momentos de sosiego en su papel de esposa y madre. Sin embargo, Rodoreda no permite que esa aparente calma existencial se presente como momentos de plenitud. El agotamiento físico y el miedo constante atraviesan estas escenas de disociación en las que Natalia nunca acaba de reconocerse.
Esta dinámica no es exclusiva de un contexto determinado, en el caso de esta novela, la posguerra en Barcelona. Conecta con una tradición de pensamiento mucho más amplia sobre la fabricación social de la naturaleza femenina, una condición que se construye desde la docilidad y el sometimiento. En el siglo XVIII, Mary Wollstonecraft ya denunciaba en Vindicación de los derechos de la mujer (1792) que la educación destinada exclusivamente a preparar a las mujeres para el matrimonio y la obediencia generaba seres dependientes, y que esa dependencia deliberada se revestía después de prestigio y aceptación social de la virtud femenina.
Desde esa perspectiva, la docilidad de Natalia no es un rasgo de carácter sino el resultado de un sistema que nunca le ofreció un espacio para imaginarse de otro modo. Solo tras finalizar la guerra, convertida en viuda y despojada de todo, Natalia comienza a recuperar fragmentos de sí misma. Quizá porque la identidad arrebatada nunca desaparece del todo. Permanece latente, resiliente, esperando poder reivindicar en algún momento su derecho a mostrarse.