Publicada

Santi Tomàs surca la Badia del Fangar a bordo de su Munteller una mañana ventosa de agosto; lo ha hecho durante décadas, igual que lo hicieron su padre y su abuelo, pero las aguas ya no son las mismas. Para el motor al llegar a su batea, todavía rodeada por la red que debía protegerla, y saca una cuerda cualquiera para comprobar con desolación que de ella solo cuelgan un par de algas.

A ojos del que desconozca el ciclo de vida de los mejillones en el Delta de l'Ebre, parecería que la cosecha ha terminado y todavía no ha empezado la siguiente siembra. Nada más lejos de la realidad: "Ha muerto todo, lo que estaríamos recogiendo ahora y lo que empezaba a crecer para el año que viene".

Un monstruo invisible e inmune a las redes atemoriza con todos sus tentáculos a decenas de familias aquí. Primero cayeron el langostino y el calamar, luego la almeja y, ahora, el mejillón, uno de los sectores con más tradición en el Parque Natural. El calentamiento de la temperatura del agua de los océanos está ya cambiando por completo el mapa de la biodiversidad, con este, las actividades económicas que dependen del mar, y Cataluña no es ajena a este fenómeno global.

Entre la producción de la Badia dels Alfacs y la del Fangar, hace unos años se recolectaban cuatro millones de kilos de mejillón que llegaban a los mercados de toda Cataluña de mayo a septiembre. Este verano se han recogido 2.500 toneladas y la temporada ha finalizado en julio, dicen desde la Federació de Productors de Moluscs del Delta de l'Ebre (FEPROMODEL) que Tomàs preside. Y no solo eso, sino que a mediados de este agosto ya han muerto las larvas que se habrían cosechado en 2027.

Calor estival

"Lo que más nos afecta son las altas temperaturas; ya terminada la época de extracción, hemos reportado una mortalidad de 500.000 kilos de mejillón comercial, lo que tiene una afectación de 1,2 millones de euros para el sector", resume Jordi Casanova, portavoz de FEPROMODEL.

Sintetiza, sobre la biología de este animal, que "sobre los 26 grados empieza a dejar de comer y, a partir de los 28, muere" y puntualiza que "el problema no es un pico calor, sino la continuidad de las altas temperaturas durante más de diez días".

Una cuerda con mejillones muertos en una batea del Delta de l’Ebre Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

“En los ochenta, no se alcanzaban temperaturas de 27 grados hasta el 15 o el 20 de agosto”, recuerda el ya veterano productor de marisco Ramon Carles.

Sin cría

Este verano, el agua en la Badia del Fangar superó los 31 grados ya en junio; una situación extrema que lo ha aniquilado todo. "Nos ha provocado la muerte de la cría de captación natural", señala el portavoz, quien detalla que el desove también se adelantó esta temporada, pues el estrés térmico obligó a muchos ejemplares a reproducirse antes de morir.

"Los productores tendrán que hacer frente a la inversión de comprar cría de vivero para tener algo de producción el año que viene", sigue, la cual no está garantizada, pues el mejillón sigue muriendo de calor en todas las fases de su crecimiento.

Sosteniendo la cuerda pelada recién sacada del agua, Tomàs detalla que dos semanas atrás todavía quedaban crías con vida: "El agua está algo más fresca en el fondo, así que aguanta un poco más y con los días vas viendo cómo van muriendo de arriba a bajo".

Jordi Casabova y Santi Tomàs Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

"En esta zona suele hacer una brisa que ayuda a regular la temperatura de la superficie del agua, pero este año, hasta agosto no ha empezado a hacer el airecito que tenemos hoy", desarrolla.

Temporal invernal

Mucho antes de la llegada del calor, en febrero, el temporal Nils, con ráfagas de hasta 140 km/h, ya presagió un mal año, al arrasar por completo ocho bateas --de más de 100 metros de largo por 15 de ancho-- y dañar de mayor o menor gravedad otras 32, de las 75 que hay en el Fangar, que se suman a las 90 dels Alfacs.

Ramon Carles y Susanna Abella SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

"Las ayudas FEMPA de la Direcció General de Pesca han cubierto el 60% del coste de la reconstrucción de las estructuras, pero las pérdidas de producto las han asumido los productores", explica Casanova.

La ostra resiste

Las primeras ostras del Pacífico, las que han dado su fama a Francia, llegaron al Delta en los 70, como cultivo complementario al del mejillón, debido al despunte de interés del consumidor catalán en este manjar y a que sus ciclos vitales se podían compaginar en las mismas bateas, aumentando la rentabilidad en los meses menos productivos.

Una batea de mejillones en el Delta de l'Ebre Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

Medio siglo después, no son pocos en el sector del marisco los que se plantean pasarse a la ostra, el único molusco que, hasta el momento resiste a las altas temperaturas de las bahías, para dejar de depender del mejillón: "Haríamos algo de mejillón antes de que llegue el calor intenso y luego pasaríamos a la ostra", propone Tomàs.

El mayor obstáculo para ejecutar ese plan, apuntan, es que la ostra local todavía no tiene la suficiente demanda frente a las importadas de regiones con más prestigio, además de que, en Cataluña, el consumo de mejillón es mucho más elevado que el de este otro molusco.

Santi Tomàs muestra las conchas de varias crías de mejillón muertas Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

Más gastos

La mortalidad de la cría natural de mejillón, algo que ocurre en tres de cada cuatro temporadas, ha obligado a los productores a comprar siembra en Italia y Grecia, donde se cultiva la misma especie. Esta campaña, el quilo de vivero se pagó a más de 1,20 euros el quilo, el doble de lo que costaba hace cuatro años, incrementando significativamente el coste de producción.

También deshacerse del mejillón muerto supone un gasto añadido para los mitilicultores, pues esta gran masa de materia orgánica en descomposición no puede simplemente ser abandonada en el mar. A la planta de gestión de residuos que se hace cargo de ello le pagan 65 euros por tonelada, además de las horas de mano de obra para despegar de la cuerda bivalvo a bivalvo.

Ostras cultivadas en el Delta Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

Cambio climático

En el contexto catalán, el Delta de l’Ebre es un ecosistema especialmente vulnerable ante el cambio climático por su orografía y su rica biodiversidad.

“Sufrimos tormentas cada vez más violentas y, al ser un sistema tan plano, la subida del nivel del mar, aunque solo sean unos milímetros, ya se nota”, alerta Susanna Abella, portavoz de la Plataforma en Defensa de l’Ebre.

Una batea en el Delta de l'Ebre Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

Menos biodiversidad

La misma temperatura que asfixia al mejillón, junto con el incremento de la salinidad de la bahía —por el cierre natural de la misma debido a la sedimentación— ha ahuyentado parte de la biodiversidad autóctona: “Antes era zona de reproducción de varias especies de peces, pero ya no vienen”, asume Carles.

Todavía recuerda una época en la que no hacía falta proteger las bateas con redes, pues estas formaban parte de un sistema ecológico equilibrado: “Ahora, entre la dorada, la lubina y el sargo se lo comen todo”.

Ostras del Delta de l'Ebre Òscar Gil Coy Delta de l'Ebre

Por no hablar del cangrejo azul, especie invasora originaria del Atlántico, que ya ha exterminado al cangrejo verde autóctono, ha condenado a muerte el cultivo de almejas y ha aprendido a colarse en las redes de las mejilloneras.

“Hace más de veinte años que los expertos ya alertaban del calentamiento global, pero no hemos hecho nada para resolverlo, solo se han ido poniendo parches, haciendo calendarios y declaraciones; estamos condenados, esto ya no tiene solución”, concluye Abella, pese a que los conductores confían en la “resiliencia” y capacidad de adaptación del sector.