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Quedarse en casa. Bajar las persianas. Beber agua con frecuencia. Evitar salir durante las horas centrales del día.

Son las recomendaciones que las administraciones repiten cada verano con más insistencia a medida que las olas de calor se vuelven más frecuentes.

Todas parten de una premisa básica: tener un techo. Una condición que convierte la supervivencia a temperaturas extremas en una experiencia muy distinta según el lugar desde el que se vive.

Sin refugio

Para quienes viven en la calle, protegerse de las altas temperaturas significa pasar las horas de más calor buscando una sombra, una fuente donde llenar una botella o un rincón donde descansar sin que nadie les obligue a marcharse.

Luca vivió 10 años al raso. Sabe bien lo que es buscar aire cuando el asfalto quema y la ciudad parece derretirse. "En verano hay mucha más gente en la calle, te sientes más inseguro y hay noches que no duermes", relata este hombre, hoy alojado por la Fundación Arrels.

Su táctica de supervivencia miraba hacia el mar: "Se sufre mucho el calor y el frío en la calle y a mí el calor me mata. Para refrescarme iba a la playa y me lavaba en las duchas".

Un riesgo desapercibido

Cuando se habla de sinhogarismo, la imagen que suele imponerse es la del invierno gélido, entre mantas y dispositivos de emergencia.

En Arrels llevan tiempo alertando de que esa percepción no se corresponde con la realidad. "Existe la idea de que, si hay que vivir en la calle, el verano siempre será mejor porque no hace frío. Pero cada vez nos encontramos con temperaturas más altas y lluvias torrenciales más frecuentes. El cambio climático afecta cada vez más a quienes no tienen más refugio que el espacio público", explica Beatriz Fernández, directora de la entidad, en conversación con Crónica Global.

Sobrevivir a la intemperie

Quien no tiene hogar pasa las 24 horas a la intemperie; la exposición al sol es implacable.

Una persona sin hogar en un parque de Barcelona. EFE/Enric Fontcuberta

Lograr algo tan elemental como encontrar sombra para cerrar los ojos supone un reto diario: el 58% de este colectivo en Barcelona declara tener dificultad o mucha dificultad para hallar un lugar cubierto donde descansar de día.

El riesgo, insisten desde Arrels, no depende únicamente del termómetro, sino del tiempo de exposición. "Si las temperaturas son relativamente suaves, quizá no sea tan peligroso. Pero en julio y agosto cada vez son más altas".

Una salud al límite

Las olas de calor afectan a toda la población, pero no golpean a todos por igual. Quienes viven en la intemperie suelen arrastrar problemas de salud crónicos o trastornos que convierten cada episodio de calor extremo en un riesgo añadido.

"Las personas que están en situación de calle únicamente van al médico cuando la cosa es ya irremediable", señala Fernández.

Sin un seguimiento sanitario continuado, muchas patologías llegan descompensadas al verano. Y las consecuencias quedan reflejadas en las cifras. De media, la esperanza de vida de las personas sin hogar se sitúa 30 años por debajo de la del resto de ciudadanos de Barcelona, tal y como documentan las investigaciones médicas del 'Estudio ESSELLA' elaborado por profesionales del CAP Raval Sud, que confirma la enorme vulnerabilidad física de este colectivo.

Una persona sin techo permanece en el suelo de una calle cercana al Hospital de campaña instalado en la parroquia de Santa Anna, en Barcelona, Cataluña, (España) David Zorrakino - Europa Press

El estudio revela que cerca de la mitad de las personas sin hogar con un perfil de sinhogarismo crónico (perfil sociosanitario) padecen enfermedades broncopulmonares (49,1%) y de riesgo cardiovascular (50,9%). Son, precisamente, algunas de las patologías de mayor riesgo ante un episodio de calor extremo.

El verano expulsa

El verano también transforma la ciudad. Las terrazas se llenan, las plazas acogen fiestas mayores y la actividad se prolonga hasta bien entrada la madrugada.

"Hay sitios donde durante el año podían sentirse seguros o dormir tranquilos y que en verano dejan de estar disponibles. Entonces tienen que desplazarse y buscar otros lugares donde haya menos ruido o donde nadie les eche", detalla la directora de Arrels, que pone de ejemplo las fiestas mayores de Sants o Gràcia.

De hecho, la hostilidad urbana es constante. Cuatro de cada diez personas en situación de calle han sido obligadas a desplazarse, y una de cada dos ha sido despertada por equipos de limpieza o por la Guardia Urbana.

Un hombre sin hogar duerme en el Paseo de Gracia con Gran Vía de Les Corts Catalans David Zorrakino - Europa Press

"Todos ocupamos más el espacio público. Nos quedamos en las terrazas, en las plazas o en las fiestas del barrio. No pensamos que ese también es el lugar donde viven otras personas", reflexiona Fernández.

Respuesta institucional

Ante las sucesivas olas de calor, el Ayuntamiento de Barcelona ha activado este verano un protocolo específico con tres niveles —preventivo, alerta y emergencia— y ha prometido aumentar en un 20% los agentes de salud en la calle durante los meses de verano.

Desde Arrels valoran que exista una respuesta específica, pero la realidad a pie de calle es más cruda. Aunque la ciudad dispone de una Xarxa de Refugis Climàtics, el mes de mayor calor, agosto, es precisamente cuando menos refugios están abiertos, con solo un 48% de la red disponible.

Intentar refrescarse por cuenta propia también puede salir caro. La ordenanza de civismo prohíbe lavarse en las fuentes públicas y tres de cada diez personas en situación de calle aseguran haber sido sancionadas por intentar aliviarse con agua.

"No necesitan solo recomendaciones. Necesitan un lugar donde estar protegidos", sentencia Beatriz Fernández.

El riesgo no desaparece cuando cae el sol; las noches tropicales impiden el descanso y los recursos de emergencia siguen siendo insuficientes para las 2.000 personas que duermen actualmente en las calles de la capital catalana, un 43% más que en 2023.

Víctimas de la primera línea climática

El 72% de quienes duermen al raso en Barcelona no tiene ninguna expectativa de acceder a una vivienda.

Desde Arrels, reclaman lugares físicos y estables donde estar protegidos de la emergencia climática, no solo campañas preventivas de temporada. Porque cuando sube el termómetro, también aumenta la desigualdad entre quienes pueden protegerse del calor y quienes no tienen cómo hacerlo.

"Las personas que viven en la calle en el primer mundo son las primeras víctimas del cambio climático", concluye Fernández.

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