Jordi Molina, basurero en Barcelona, en la cabina de su camión Crónica Global
Una noche en el camión de la basura de Barcelona: "Siempre he trabajado muy a gusto en este horario"
Tras 35 años de carrera en esta profesión, Jordi Molina, analiza cómo ha evolucionado el paisaje nocturno de la capital catalana
Señala un grave "incivismo" y una frecuente falta de respeto por el trabajo de quienes recogen los cientos de toneladas diarias de residuos que los vecinos generan
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Termos de café y bocadillos listos, quedan quince minutos para las diez de la noche. Decenas de camiones están aparcados en batería listos para partir. Se abren las puertas de los conductores y en un salto casi sincronizado, ocupan las cabinas. Llaves en los contactos y radios sintonizadas para formar una procesión que, desde la Zona Franca, se va ramificando al reseguir el trazado del plano de Barcelona.
Es la rutina de Jordi Molina desde hace 35 años, basurero por vocación heredada de su padre, una profesión que lo ha convertido en testigo inesperado de la transformación que ha sufrido la noche barcelonesa desde inicios de los noventa.
Mientras las condiciones laborales y los medios de los que disponen los trabajadores son significativamente mejores, sostiene que el entorno en el que ejercen es cada vez más agresivo e irrespetuoso con su presencia y actividad.
Tensión constante
"Siempre he trabajado muy a gusto de noche", aclara sobre una condición que incomodaría a la mayoría, "el problema viene cuando toca turno rotativo de fin de semana: la gente sale, va muy atolondrada, y no te puedes relajar".
Se queja de la actitud de algunos usuarios del carril bici, los patinetes eléctricos y los VTC. "Van a su bola, tienen que parar y no paran, se te meten por en medio y esto no lo puedes frenar, es un camión", asegura sobre una situación que se ha agravado desde la pandemia y que, en sus 35 años de carrera, "nunca había visto nada igual".
Jordi Molina vacía contenedores de residuos orgánicos en la Zona Franca Crónica Global
El comportamiento ajeno ha afectado a su trabajo hasta el punto de haber notado repercusiones sobre su propia salud. El "estar constantemente en tensión", temiendo que ocurra un accidente en cualquier momento, le ha generado "ansiedad".
Sexo, drogas y defecaciones
Advierte que su análisis puede interpretarse de manera "clasista" al explicar las diferencias de comportamiento que ha detectado entre los vecinos que habitan los distintos distritos de Barcelona: "De la Diagonal para abajo se nota mucho que hay más gente en las calles y, especialmente en algunos barrios más marginales, se refleja en incivismo".
"En el Raval o el Poblenou me encuentro a gente defecando, orinando o teniendo sexo en medio de la calle, drogándose delante mío y personas ebrias que se me intentan subir al camión", algo que, defiende, "en otras zonas no se ve".
Jordi Molina opera los monitores del camión de la basura para el vaciado de contenedores Crónica Global
Entristecido por este escenario, lamenta que no le queda otra que avergonzarse y evitar la confrontación. "Si les dices algo, te insultan", atestigua, sobre algunos encontronazos que ha sufrido en el último lustro y que "no ocurrían hace 25 años".
Conciliación familiar
La jornada de Molina empieza a mediodía, con apenas seis o siete horas de sueño. Trabajar de noche, cuenta, le ha permitido disfrutar de la infancia de sus hijos, comer con ellos, recogerlos del colegio y hacerse cargo de las responsabilidades familiares durante la tarde antes de subirse al camión.
Debe salir de las instalaciones de CLD --una de las cuatro empresas que se reparten el negocio de la recogida de basuras en Barcelona-- a las 22 horas, así que le da tiempo a cenar en casa relativamente pronto, momento que también comparte con su mujer, que trabaja en turno diurno, antes de desplazarse hasta el punto de partida.
Instalaciones de CLD en la Zona Franca Crónica Global
Saluda a los compañeros, ordena sus cosas en la cabina y pone el vehículo a punto para iniciar el turno. Tiene el mismo cuidado que le enseñó su padre, que empezó con un camión en propiedad, antes del sistema de subrogación del servicio que funciona en la actualidad, y se hace cargo de mantenerlo limpio y organizado.
La misma ruta
"Como conductor titular, tengo un camión y una ruta asignada, cada día la misma", detalla Molina abriendo un mapa en papel marcado con varios itinerarios de recogida de desechos en Barcelona, "cuando lleno el remolque, voy a descargar y sigo con el recorrido marcado en el plano".
Desde hace algún tiempo, su territorio es el distrito de Les Corts, aunque conoce bien los circuitos de la mayoría de barrios de la capital catalana.
Vaciado de un contenedor de orgánica en el Passeig de la Zona Franca Crónica Global
El trabajo pudiera parecer a veces algo monótono y solitario, pero de eso le protege una compañera incondicional. Gracias a la radio, las jornadas se pasan más animadas y terminan antes, especialmente aquellos días en que, para el resto del mundo, el partido de fútbol empieza un poco demasiado tarde.
Servicio a la ciudad
"Sin nosotros, habría un problema gravísimo de ratas y enfermedades, pero no todo el mundo lo entiende", insiste, "nos hacen creer que somos los que estorbamos, pero estamos haciendo un servicio fundamental a la ciudad".
Sí piensa, sin embargo, que la mayor parte de la población es consciente de que "el basurero hace un trabajo útil e imprescindible".
El basurero Jordi Molina, en el interior de la cabina del camión que conduce cada noche por las calles de la Zona Franca Crónica Global
Los vecinos de Barcelona llenan cada día casi hasta rebosar los contenedores de toda la ciudad. "Si recogiendo todo el colectivo a diario ya están hasta arriba, es inimaginable qué pasaría un día sin barrenderos: habría el mismo volumen de bolsas de basura fuera, acumuladas alrededor de los contenedores, que dentro", sostiene.
2.000 litros en segundos
Primera parada. Con la ayuda de dos monitores y cuatro cámaras, Molina detiene el camión a la altura exacta del contenedor de residuos orgánicos y, con un comando similar al de los videojuegos, despliega unos brazos que se acoplan a los laterales del depósito, lo elevan y vuelcan más de 2.000 litros de basura en el remolque.
En cuestión de segundos, el contenedor vuelve a su lugar y el vehículo se pone en marcha. Unos metros más adelante, repite la operación sin prácticamente afectar al tráfico, que sigue circulando por el otro carril del Passeig de la Zona Franca en sentido norte.
Jordi Molina, basurero en Barcelona Crónica Global
Esta noche le sigue un compañero con una pequeña furgoneta de limpieza que se hace cargo de higienizar cada uno de los depósitos que va vaciando.
Dentro del contenedor
La otra gran diferencia entre barrios se esconde dentro de los contenedores: "En la zona alta tiran cosas que están nuevas, desde muebles hasta juguetes". Explica haber encontrado objetos inimaginables, algunos de los cuales podrían haber acabado en la basura incluso por accidente, como cuadros, joyas, relojes o dinero.
Hizo estos hallazgos hace unos años, cuando la recogida se hacía de manera manual; con el sistema automatizado actual, rara vez alcanza a ver el contenido que recoge. Solo ocurre algunas noches puntuales al año, cuando vuelca la basura en un laboratorio que se encarga de analizar los residuos de la ciudad y evaluar el éxito del sistema de reciclaje.
"Sale de todo: plástico, vidrio, cartón, madera... Si es el contenedor de orgánica, ¿qué hace la gente tirando una garrafa de cinco litros de agua?", se pregunta, de nuevo, sobre el "incivismo", a la vez que lamenta el poco interés de sus conciudadanos por separar correctamente la basura que producen.
Final de trayecto
Los itinerarios están calculados para vaciar contenedores hasta alcanzar entre siete y nueve toneladas antes de cada descarga, aunque los remolques soportan más de diez. A medio turno, más o menos, Molina se desplaza hasta el punto de vertido, en el Ecoparc de Zona Franca, donde vacía el depósito y sigue con la ruta prevista, peinando el barrio calle a calle. Son ya casi las dos de la madrugada.
El termo de café y la radio ganan protagonismo sobre las tres de la madrugada, cuando a Molina le llega el pico de sueño, justo después de tomarse un breve descanso para comer el bocadillo que se había preparado.
Termina el recorrido en un par de horas y regresa a la base para dejar el camión en el lugar donde arrancó. Son las 6.15 de la madrugada cuando se tumba en la cama, un cuarto de hora antes de que suene el despertador de su mujer y Barcelona amanezca mientras el basurero concilia el sueño.