La visita de Juan Pablo II a Cataluña en 1982 prometía ser un gran acontecimiento para Jordi Pujol. Llevaba apenas dos años en la presidencia de la Generalitat y era la ocasión perfecta para armonizar sus dos grandes pilares ideológicos: el cristianismo y el catalanismo.
Sin embargo, él mismo lo explica en el segundo de los tres volúmenes que conforman sus memorias: “Salió mal”.
Portada del segundo volumen de las memorias de Jordi Pujol: 'Memorias (1980-1993). Tiempo de construir'
Su viaje al Vaticano
Pujol concedía tanta importancia a las raíces cristianas de Cataluña que el Vaticano fue una de sus primeras visitas institucionales tras asumir el cargo en 1980. “Fuimos recibidos, mi mujer y yo, por el Papa Juan Pablo II. Hubo el inconveniente de que nuestra visita fue precedida por la de un grupo muy numeroso de representantes del sindicato polaco Solidarnosc, con Lech Walesa al frente”, relata.
Por lo visto, el sufrimiento del pueblo catalán palideció frente al de las víctimas del comunismo: “En aquel momento el sindicato mantenía una lucha muy difícil y muy valiente contra el régimen comunista de Polonia”, reconoce el expresident.
La cabeza en Polonia
La espera se alargó mientras Marta y él escuchaban, desde la antesala vaticana, canciones polacas que llegaban desde el despacho del Papa. Cuando finalmente fueron recibidos, la cortesía no logró disimular la distancia: “Aunque Juan Pablo II nos recibió atenta y afectuosamente, todo el rato me dio la sensación de que tenía la cabeza en Polonia”, lamenta.
Después, el Papa visitaría Montserrat en un viaje que, según el propio Pujol, “no fue bien”. La decepción no hizo más que aumentar: “Pensaba que el contacto directo ayudaría a hacer entender Cataluña a una personalidad de tanta significación espiritual, social y política. Pero el viaje coincidió con unas lluvias torrenciales y el Papa tuvo que llegar a Montserrat, punto central y simbólico de la visita, en coche en vez de en helicóptero y en medio de una niebla muy espesa”.
El Papa Juan Pablo celebra una misa en el Camp Nou, en el año 1982
Las lágrimas de Marta Ferrusola
Se le aguó la fiesta: “No vio nada. Por eso o por lo que fuera, tampoco entendió nada. Le saludé, le entregué unos obsequios y mi mujer y yo hablamos tres minutos”, recuerda.
El mayor disgusto, sin embargo, se lo llevó su esposa, Marta Ferrusola: “Cuando entrábamos en la basílica, Marta, que ya me había acompañado a Roma, se puso a llorar. Me dijo: ‘Este hombre no nos entiende, este hombre no nos quiere’".
Otros 'gatillazos'
No fue el único que sufrió una gran decepción con la visita papal. En conversación con este medio, el escritor y periodista Valentí Puig ha explicado que, durante esta misma visita de Juan Pablo II, el catolicismo catalán de tendencia "progre-catalanista" se sintió incómodo, ya que “todavía vivía de añorar a Juan XXIII y al Concilio” —en referencia al Papa que impulsó la modernización de la Iglesia con el Concilio Vaticano II en los años 60—.
En esa sensibilidad progresista, el marcado anticomunismo de Karol Józef Wojtyla incomodaba mucho. Puig señala que, por este motivo, “el mundo cultural y eclesiástico catalán no recibió a Wojtyla con entusiasmo”, a diferencia de “los católicos de tropa”, que sí lo hicieron con ganas porque, al fin y al cabo, “el Papa es el Papa”.
La visita de Benedicto XVI
La segunda visita papal fue la de Benedicto XVI en 2010. A dos años de las multitudinarias manifestaciones que acabarían desembocando en el procés, el clima político ya venía cargado: apenas tres meses antes se había celebrado en Barcelona la gran movilización contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut.
Sin embargo, en este caso el pontífice se redimió lingüísticamente. Benedicto XVI usó mucho más catalán en su visita que su predecesor, que apenas se limitó a unas frases sueltas. Lo hizo al inicio y al final de la homilía en la Sagrada Familia, además de incluir referencias que hicieron las delicias de los ‘indepes’, con alusiones a la Mare de Déu de Montserrat y a la Mercè.
Respecto a esta visita, Valentí Puig recuerda que existía cierto “recelo con el guardián de la fe” —el apodo que recibía el entonces cardenal Joseph Ratzinger cuando dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe, el organismo del Vaticano encargado de vigilar la ortodoxia doctrinal—, pero a su juicio esa tensión fue menor debido a que “el proceso de descristianización de Cataluña ya había comenzado de lleno” y la Iglesia había perdido peso social.
Contra el cardenal Carles
En el plano de la jerarquía eclesiástica, Puig destaca las tensiones de la época y señala que “el clero nacionalista era muy hostil" al cardenal Ricardo María Carles, arzobispo de Barcelona nombrado por Roma, a quien algunos atribuían la función de frenar el creciente perfil soberanista de parte del clero local.
Al margen de las posturas críticas de las élites eclesiásticas catalanas, sin embargo, “los católicos de tropa una vez más recibieron al Papa con devoción”, concluye Puig.
