Carla Gracia, doctora en Escritura Creativa
Carla Gracia: “La escuela inclusiva en Cataluña es un desastre”
Charlamos con la doctora en Escritura Creativa, autora de ‘Perfectamente imperfectas’ y ‘El jardín dormido’, sobre expectativas frustradas, la importancia de asumir la imperfección y sobre los fallos de un sistema educativo poco preparado para la diferencia
Su madre quería que fuera independiente, que ganara un buen sueldo como directiva de alguna empresa. Le decía que lo de escribir libros lo dejara para los fines de semana porque de eso no iba a vivir. Y aceptó. Estudió Ciencias de la Comunicación y cursó un máster en dirección de empresas, pero lo hizo en Bilbao, en la Bretaña francesa y en Inglaterra.
"Así podía viajar por esos países que me encantan y además aprender francés y mejorar el inglés. Era muy jovencita (apenas 22 años), aprendí a vivir sola y también mucho de literatura francesa e inglesa. Hice todo lo que tenía que hacer, menos enamorarme de la economía", confiesa a Mujeres en Crónica.
Bastó una entrevista en JP Morgan para darse cuenta de que ese no era su sitio. Regresó a Barcelona para ser escritora. Se matriculó en el Ateneo y comenzó a trabajar como responsable de comunicación de Rosa Clará mientras sus personajes le "hablaban al oído todo el día". Una locura. Lo dejó todo, se fue a vivir a Sora, cerca de Ripoll, escribió Siete días de Gracia, su primera novela, y como el "síndrome de la impostora" acechaba, encontró un doctorado en Escritura Creativa en Bath.
"Aprendí muchísimo de todo, de cultura, de sensibilidad, del sentido de escribir. Recuerdo que el primer día nos llevaron a un parque espectacular para pasear por la naturaleza. Al día siguiente, a un museo". ¿Cuándo vamos a empezar a trabajar?, preguntaba. "Es que esto es trabajar. Tienes que desconectar del mundo, de la prisa y conectar con la sensibilidad para poder escribir algo que sea interesante", le decían.
La importancia de no ser útil
Comprendió entonces que no tenía que renunciar a ser quien era para obtener resultados. Que lo primero que debía hacer era conectar con su sensibilidad. Que aquello que había estado protegiendo y escondiendo durante toda la vida era su fuente.
La vida se encargó cruelmente de que lo pusiera en práctica. "Cuando ya lo tenía todo: plaza en la universidad, dos hijos, marido, un patio (solo me faltaba el perro), mi hijo de seis años tuvo un brote psicótico. Tuve una depresión reactiva y lo paré todo, el trabajo, la novela que estaba escribiendo. Lo que estaba viviendo era tan fuerte que necesitaba escribir sobre ello".
Perfectamente imperfecta (Editorial Cátedra) es fruto de aquella crisis. Ahora, acaba de publicar El jardín dormido (Espasa) un libro sobre segundas oportunidades y el poder sanador de nuestro auténtico yo.
P. La novela, de tintes autobiográficos, es una historia de segundas oportunidades, de transformación personal.
R. De permitirse ser, y esto es maravilloso. Es el proceso que yo misma he hecho. Que intenté hacer por primera vez cuando me fui a vivir a un pueblo. Luego el sistema te recupera por los miedos, el dinero… Los niños necesitan muchas cosas y volví al sistema. Pero esta vez ya no pude porque es imposible que mi vida sea normal con mi hijo. Ahora puedo estar en una cafetería charlando contigo porque durante estas horas está en la escuela. Ahora tengo otra vida, no será aquella que imaginaba pero gracias a esto puedo escribir, puedo estar contigo, hablar de cosas personales que me interesan. Y eso también es abrirse a una oportunidad de vida que es más yo.
Carla Gracia, doctora en Escritura Creativa / Espasa
P. Siempre sale algo bueno de la adversidad.
R. Sí. A veces, de lo malo surge algo bueno. De algún modo esta vida me ha desnudado. La situación con mi hijo me ha permitido reflexionar sobre quién soy en realidad, sobre qué es lo que realmente quiero hacer. Y es curioso porque la vida con mi hijo es tan complicada que el tiempo que me queda para mí tiene que valer la pena. No vale perder el tiempo ni dejar las cosas para el año que viene o para cuando me jubile. No, cada día tiene que valer la pena. Tengo que estar bien, estar fuerte para ayudarle. Eso me ha llevado a valorar mucho el aquí y ahora. Es maravilloso, terrible y maravilloso a la vez.
Eso también lo he querido transmitir en El jardín secreto (...) Recuperar lo primordial de la vida, olvidarse del mundanal ruido, de los resultados. Ahora parece que si no tienes no sé cuántos followers, másteres de no sé qué, no vales nada. Es horroroso. Incluso cuando hago algún curso de escritura, lo único que le interesa a la gente es publicar, no escribir bien. Yo me concentré en el proceso de vivir. Salía del psiquiatra, me sentaba en un banco a mirar el árbol que tenía delante y ya está. No había nada más. Era como volver al siglo XVIII antes de la industrialización.
P. Antes de medir nuestro valor en productividad.
R. Exacto. El otro día me decía mi hijo: "Mamá, soy una inversión inútil". Tiene 10 años, es muy sensible, se entera de todo y se ha dado cuenta de que en este mundo se tiene que ser útil. Pero no tenemos que ser útiles. Tenemos que vivir.
P. Cierto, pero vivimos en la tiranía de los resultados.
R. Totalmente, es muy exigente y es sobre todo no vivir. En ese sentido he aprendido mucho de las flores. Descubrí, por ejemplo, que la pasiflora, florece sólo durante 30 segundos, un minuto máximo. Tan poco tiempo que no tienes tiempo ni de ir a buscar el móvil. Tienes que esperarte y vivirlo. Me pareció un ejemplo precioso de vida, y no eso de estar todo el rato haciendo fotos para subirlas a redes, eso no es la vida. La vida es vivirla.
P. Y se nos pasa mientras hacemos todas esas cosas.
R. Exacto. El tiempo de la naturaleza es otro y nos hemos alejado de ella. Cuando planté mi primer huerto fue un desastre. Las plantas tardaban mucho en crecer y necesitaban un montón de agua. Pensaba que no salía a cuenta. Un payés me dijo: "Es que lo has plantado con luna decreciente". Lo intenté con luna creciente y salió muchísimo mejor. Entonces te das cuenta que somos naturaleza y que la naturaleza va a otro ritmo. Tú te sientas en un jardín y no ves crecer las flores, pero poco a poco, día a día, ves una ramita.
P. El libro es también un pequeño tratado de botánica. Se nota que hay mucha documentación detrás.
R. Mucha, es que soy un poco obsesiva. He descubierto cosas sorprendentes. Por ejemplo, había oído que el crisantemo era la planta de la muerte. Cuando empecé a documentarme sobre sus propiedades, sobre su significado cultural, descubrí que no es de la muerte sino de las transiciones. O que el eléboro es una planta tóxica pero que en muchas culturas se utilizó para limpiar cuerpo y espíritu, 'la purga del alma' la llaman. Desgraciadamente estamos perdiendo todo ese conocimiento.
Y fuimos las mujeres las primeras que vimos las propiedades curativas de las plantas, las que aprendimos a leer la tierra, a cultivarla. Todo eso nos lo arrebataron. Pero volviendo a sus propiedades, la medicina, a día de hoy, sigue basándose en su poder sanador. Aún así solo las vemos como algo bonito. Y yo a medida que las pintaba, las iba queriendo. Por ejemplo, cuando pintas una ortiga te das cuenta que está llena de pincitas pequeñas para protegerse. Es como nosotros que vamos así para que nadie nos haga daño. Pero en el fondo es muy frágil y tiene muchísimas propiedades. Tenemos tanto que aprender de las plantas.
El diagnóstico de autismo de su hijo cambió la forma de entender la vida de Clara Gracia / Espasa
P. De la naturaleza en general porque estamos totalmente desconectados y pagamos un precio demasiado alto por ello, empezando por el cambio climático.
R. Y con el nivel de estrés. A menudo decimos, voy a reconectar con la naturaleza. Pero para mí ir a la naturaleza no es ir fuera, es ir hacia dentro. Es más un viaje interior que exterior. Aunque evidentemente necesitamos su contacto, tenerla cerca te da oxígeno, rebajas las pulsaciones, te ayuda a relativizar.
P. El jardín dormido es también un homenaje a dos grandes mujeres: Mary Delany y Georgia O’Keeffe.
R. En cierto modo es un reconocimiento al legado silencioso de tantas y tantas mujeres que hasta cuando las han relegado a un ámbito más doméstico, incluso allí, en ese espacio reducido, han sido capaces de construir un mundo. Mary Delaney, empezó a hacer collages de flores espectaculares con setenta y dos años tras la muerte de su marido. Su obra es un testimonio de paciencia. Y cuando Georgia O’Keeffe ampliaba de ese modo las plantas para figurar el cuerpo femenino era una declaración de poder. Quería reconocer la valentía de tantas mujeres que hicieron lo que pudieron para encontrar la libertad en su mundo, y que en ese proceso hicieron cosas espectaculares como ellas dos, pero también de aquellas que no hicieron cosas tan espectaculares y que sobrevivieron.
Mi abuela era cantante de ópera, cantaba en el coro del Liceo. Se casó, tuvo seis hijos y tuvo que dejar su carrera artística para dedicarse a cuidar a su familia. Ella cocinaba con hierbas y me enseñó todas esas cosas. Y recuerdo que cuando le preguntaba a mi abuelo si estaba buena la comida, le contestaba: "Pues claro. Si no fuera así te diría algo".
P. Consideraba que era su obligación.
R. Totalmente. Y venimos de aquí. Hemos construido una exigencia terrible en torno a las mujeres que pienso tenemos que deconstruir. Igual que los hombres tienen que deconstruir su masculinidad, nosotras tenemos que dejar de ser perfectas porque no lo somos. Simplemente tenemos que ser más salvajes, más nosotras, y eso ayudará además a las nuevas generaciones.
También es cierto que nos han educado en la idea de que debíamos buscar un amor que nos salve, un refugio, un hombre que nos cuide y nos proteja. Durante muchos años había tenido que ser así. No podíamos siquiera tener cuenta en el banco.
P. Pasábamos de la tutela del padre a la del marido.
R. Totalmente. Y salir de esa idea de encontrar algún día un hombre que me quiera como soy, es muy difícil. Por eso en el libro no quería que a Iris la salvará nadie, quería que se salvará ella misma, incluso que ella pudiera ayudar a otro a mirarse a sí mismo, a quererse a sí mismo, pero como iguales.
P. La idea de la mujer fuerte, libre, a pesar de todo, es una constante en sus novelas. Cambia tu vida con Jane Austen, Siete días con Gracia o Con ojos de mujer, la maravillosa biografía de Mercè Pàniker.
R. Todos los libros que he escrito dan mucho peso a las mujeres. Por ejemplo, Nos recordarán habla de Goethe y Schiller pero desde el punto de vista de quiénes les hicieron posibles. Ellos fueron grandes pensadores, grandes poetas, grandes escritores que pasaron quince días juntos viviendo en casa de Goethe. Pero ¿quién hizo posible ese encuentro? ¿Quién estaba allí sirviendo la comida, aguantando, sosteniendo emocionalmente a sus grandes genios? Pues la amante de Goethe, la mujer de Schiller que por cierto también era una gran escritora. Eran ellos los que querían ser recordados, pero es a ellas a quienes quiero recordar, a esas mujeres que lo hicieron posible. Son homenajes a la labor invisible de las mujeres.
Carla Gracia, autora de Perfectamente imperfectas, Amb ulls de dona, o Siete días de Gracia, entre otros títulos / Espasa
P. Trabaja también en el campo audiovisual ¿Qué tipo de proyectos desarrolla en su productora?
R. Sobre todo proyectos sociales. El primer cortometraje que hice fue con el padre de mis hijos, Els que callen, sobre el caso de una mujer sin techo que fue quemada por unos chicos en un cajero de la plaza Molina en Barcelona. Él estaba muy afectado porque iba al mismo instituto que ellos y pasaba por aquel cajero cada día de camino al instituto. Se coló incluso en la prisión con un grupo de apoyo a presos para poder hablar con uno. Eran tres. Uno fue juzgado como menor porque no había cumplido los 18, le faltaba una semana. Otro fue el que prendió fuego, este sí que cumplió condena y además hizo todo un proceso de arrepentimiento. Y hubo un tercero que nunca se arrepintió alegando que él no encendió el fuego y que por tanto no era culpable de nada. El título del cortometraje hace referencia un poco a lo que decía Hanna Arent sobre aquellas personas que no dicen, no hacen nada ante una injusticia y por lo tanto son cómplices. El corto protagonizado por Clara Segura y Albert Salazar ha sido nominado a los Goya.
P. En el documental L’escola inclusiva aborda el difícil encaje de los neurodivergentes en este modelo educativo
R. Con la situación de Gael, nuestro hijo, hemos comprobado que el sistema de la escuela inclusiva en Cataluña es un desastre. Mi hijo tuvo un brote psicótico porque una maestra le pegó. Luego nos enteramos de que la profesora estaba desbordada. ¿Y por qué se desbordó? Entre otras cosas porque estaba al cargo de 25 niños de los cuales seis tenían problemas graves. En Cataluña tenemos la escuela inclusiva que aboga porque todos los niños crezcan juntos, pero no se dan recursos a los centros, ni la formación adecuada a los docentes para que puedan hacer bien su trabajo. Cada autismo es distinto. Uno tiene disfunción auditiva, otro disfunción de lenguaje, otro tiene TDAH, y una maestra para 25 es imposible.
Hicimos un reportaje de 30 minutos para TV3 sobre la escuela inclusiva criticando y poniendo de relieve el daño terrible que se está causando a estos niños porque no se les está dando el apoyo que realmente necesitan, ni a ellos ni a las familias.
La labor de los profesores no es gestionar emocionalmente a un niño con un trastorno mental que tenga una crisis. Esto es muy específico en psicología y es muy delicado. ¿Qué pasa? Lo primero que hacen es llamar a los mossos, a la ambulancia y así lo único que consiguen es que el niño empeore, que las familias estén menos incluidas en los centros y además genera un nivel de tensión brutal.
Luego llegan al instituto y como no han tenido el desarrollo emocional que necesitan, explotan. Hay depresiones, suicidios, porque no se ha hecho un trabajo previo adecuado. Y desde los despachos se ven las cosas de otro modo. Les parece muy bonito que todos los niños vayan juntos. Pero no vamos bien, porque si a mi hijo lo pones en una clase con 35 niños solamente el ruido le genera un estrés que hace imposible que atienda a las maestras. Es un concepto muy perjudicial porque además parece que si no quieres la escuela inclusiva es que quieres excluirlos. No, no quiero excluirlos, quiero que estén bien.
P. Las cosas no son blanco o negro. No se trata de excluir a nadie sino de asumir que cada persona es diferente y por tanto tiene necesidades diferentes.
R. Totalmente. Mi hijo me decía, "quiero ir a una escuela donde los niños sean como yo. Estoy harto de ser el peor de la clase, el peor de la escuela". Pobre, es que esto no es inclusión. Y es que además no estamos preparados para ello. Cuando a mi hijo pequeño le invitan a algún cumpleaños las madres me dicen que no lleve a Gael.
P. Presumimos de modernos y alternativos hasta que nos enfrentamos a realidades diferentes, incómodas.
R. Eso es.