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La escena se repite cada fin de semana en miles de campos de fútbol base: gradas convertidas en banquillos paralelos, instrucciones a gritos que vuelan desde la banda y discusiones que empiezan con un fuera de juego y acaban en reproches personales.

El inicio de los hijos en el fútbol no solo destapa ilusión y orgullo, sino también una tensión creciente entre formación y ambición. Para muchos padres, el primer entrenamiento no es solo un juego; es el comienzo de un sueño que, en ocasiones, pesa demasiado sobre los hombros de un niño.

En ese contexto resuena con fuerza la afirmación que dejó Dani Olmo en una entrevista en El País: “Hay padres que no tienen ni idea y se creen entrenadores. El mío me enseñó a leer los partidos”.

Lejos de ser un reproche gratuito, funciona como un espejo incómodo. Olmo no habla desde la teoría, sino desde la experiencia de quien creció entre expectativas y decisiones difíciles, como marcharse muy joven al extranjero para formarse. Su reflexión apunta a una diferencia clave: no es lo mismo empujar que acompañar, no es lo mismo dirigir que educar futbolísticamente.

La polémica de los padres-entrenadores improvisados no es nueva, pero sí cada vez más visible. Psicólogos deportivos y técnicos de cantera coinciden en que la presión externa puede erosionar la confianza y el disfrute del juego.

Cuando el error se castiga desde la grada y el resultado se convierte en obsesión, el fútbol deja de ser un espacio de aprendizaje para transformarse en examen permanente. El niño que debería experimentar, equivocarse y crecer, termina jugando para no fallar.

Frente a esa deriva, el modelo que describe Olmo plantea otra mirada. Enseñar a “leer los partidos” implica fomentar la comprensión, la toma de decisiones y la autonomía. Es una enseñanza más silenciosa, menos espectacular, pero mucho más profunda.

Supone confiar en el proceso y entender que el talento no florece a base de gritos, sino de acompañamiento inteligente. El padre que guía sin invadir, que aconseja sin imponer, construye una base emocional tan importante como la técnica.

Al final, la polémica no gira en torno a si los padres deben implicarse, sino a cómo lo hacen. El fútbol base es, ante todo, una escuela de vida. Allí se aprende a ganar y a perder, a cooperar y a resistir la frustración.

Quizá el verdadero desafío para las familias no sea formar a un futuro profesional, sino proteger la pasión inicial que llevó a sus hijos a ponerse las botas por primera vez. Porque, como sugiere la reflexión de Olmo, entender el juego es mucho más que saber de fútbol: es saber estar.