En ciertas aldeas remotas del Peloponeso y las montañas de Tesalia, cuando un niño se porta mal, su abuela no invoca al hombre del saco. La amenaza es mucho más específica y terrícola. Esa advertencia ha sobrevivido al paso de los siglos, incrustada en el folclore oral como un miedo atávico: "Si no te duermes, vendrá el catalán".
Para el viajero de Barcelona que aterriza hoy en estas tierras buscando sol y ruinas clásicas, el choque cultural es mayúsculo. Lo que en casa se estudia como una gesta heroica, aquí se recuerda como un trauma nacional.
El gentilicio catalán no evoca modernidad ni arquitectura. Es una vieja maldición que significa cruel o impío. En la vecina Albania, el término Katallan significa directamente "monstruo antropófago".
Herida abierta
Este lugar es Grecia, y la sombra que oscurece la reputación catalana se remonta a principios del siglo XIV. La llamada Venganza catalana fue una operación de castigo militar tan salvaje que sus ecos aún resuenan.
Entrada de Roger de Flor en Constantinopla, de José Moreno Carbonero (1888)
Tras el asesinato a traición del líder mercenario Roger de Flor en 1305, sus tropas, los temidos almogávares, desataron el infierno. Durante dos años, la Compañía Catalana arrasó Tracia y Macedonia.
Aquella carnicería sistemática grabó a fuego la expresión Na se vri to kako ton Katalanon ("Que te alcance la venganza de los catalanes"). Una imprecación que todavía utilizan hoy algunos ancianos para desear el mal a sus enemigos.
Bandera barrada
Sin embargo, la historia tiene un reverso fascinante. Tras la furia, llegó la política. En 1311, los catalanes aniquilaron al ejército franco en la batalla del río Cefiso y decidieron quedarse.
Fundaron los ducados de Atenas y Neopatria, integrándolos en la Corona de Aragón. El catalán se convirtió en la lengua oficial de la administración helena durante casi ochenta años.
La Acrópolis de Atenas
El símbolo máximo de este dominio fue la Acrópolis de Atenas, rebautizada entonces como el Castell de Cetines. Lejos de ser unos bárbaros, los nuevos gobernantes ejercieron de guardianes.
La senyera real de las cuatro barras ondeó en la torre más alta de los Propileos, marcando el territorio de una de las potencias más influyentes del Mediterráneo medieval.
Joya mundial
La sensibilidad hacia el arte fue tal que el rey Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, se convirtió en el primer monarca europeo en proteger el Partenón por estética y no solo por estrategia militar.
En un documento oficial de 1380, el rey describió el templo como "la joya más rica que existe en el mundo". Aseguró que su belleza sería imposible de replicar incluso por todos los reyes de la cristiandad juntos.
El Partenón
Para garantizar su integridad, la Corona desplegó una guardia de élite de ballesteros. Tenían la orden expresa de impedir que se arrancara una sola piedra del recinto sagrado.
El Partenón, convertido en la catedral de Santa María de Cetines, vivió bajo protección aragonesa hasta 1388, cuando la ciudad cayó en manos de la familia florentina Acciaioli.
Reparación histórica
Hoy, el rastro físico de aquella presencia es escaso, pero la cicatriz cultural perdura. Aunque el odio visceral se ha diluido, el lenguaje conserva los fósiles de aquel miedo.
En zonas de Parnassos, llamar a alguien "catalán" sigue siendo una forma de acusarle de falta de escrúpulos. Es la gran paradoja para el pueblo que evitó la ruina de su monumento más sagrado.
Conscientes de esta doble herencia, las instituciones catalanas iniciaron hace dos décadas un proceso de reconciliación. En 2005, la Generalitat financió la restauración del tesoro del monasterio de Vatopedi, en el Monte Athos.
Fue el pago simbólico por los saqueos medievales. Un epílogo diplomático a una historia de sangre y mármol que une para siempre a Barcelona con la cuna de la civilización.
