La mañana después de la tragedia, en Gelida, el silencio pesa bastante más que la lluvia. Un helicóptero sobrevuela la zona de forma intermitente, pero en tierra ya no hay sirenas ni carreras.
El tren de la R4 sigue allí. Vacío. Detenido exactamente en el mismo punto en el que la noche anterior descarriló tras el derrumbe de un muro de contención sobre la vía.
Nadie toca el convoy. No se mueve nada. La escena se preserva. Se inspecciona. Se supervisa. Es el tiempo de las preguntas.
El primer vagón del tren descarrilado en Gelida
Han pasado menos de 24 horas desde que el accidente sacudió la línea de Rodalies entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia.
El balance ya es conocido: un maquinista en formación fallecido y 37 personas heridas, cinco de ellas de gravedad (ya fuera de peligro).
La red de Rodalies quedó suspendida en toda Cataluña, el servicio se reanudará este jueves por la mañana y los maquinistas, todavía conmocionados, han anunciado una huelga. La sensación general es de alarma. Y de fragilidad.
Del rescate a la investigación
En el lugar del siniestro, sin embargo, el clima es otro. Bombers de la Generalitat y Mossos d’Esquadra mantienen un despliegue activo, pero sin urgencias.
El acceso a las vías se hace por fases: primero entran los bomberos, que realizan tareas de seguridad y determinan hasta dónde se puede llegar sin riesgo. Solo después acceden los Mossos, encargados de la investigación.
Los bomberos inspeccionan el primer convoy del tren que ha descarrilado en Gelida
La noche fatídica no se pudieron tomar imágenes. La prioridad era atender a las víctimas y estabilizar el entorno. Hoy, la consigna es la prudencia.
Basta con observar el terreno para entender por qué. El barro lo invade todo: las cunetas, los márgenes de la vía, los caminos de acceso.
La única entrada
La masía de la familia Torelló, rodeada de viñas perfectamente alineadas, fue la única puerta posible para llegar al lugar del accidente.
Por ella entraron ambulancias, bomberos y Mossos d’Esquadra. Dentro, café caliente, mantas y heridos leves en shock.
Descarrilamiento en Gelida
Abierta en mitad de la noche
La noche del accidente, esa finca se convirtió en un hospital improvisado. Ernestina Torelló Llopart, de 83 años, presidenta de Caves Torelló y heredera de una saga vinícola documentada desde 1395, estaba en casa cuando oyó un golpe seco.
Pensó que era la rueda de un camión en la autopista cercana. Minutos después, Bombers y Mossos ya habían accedido a la propiedad. Antes incluso de que abriera la puerta. En unos diez minutos, recuerda, el despliegue de emergencias era total.
La familia abrió la masía para resguardarse de la lluvia y el frío. Dentro, sobre todo, atendieron a heridos leves. "Al menos estaban dentro de casa y calientes", explica Ernestina.
La organización fue rápida y meticulosa. Tres zonas diferenciadas dentro de la finca: heridos graves, urgencias menos graves y atención psicológica. "Había mucha gente asustada", recuerda.
Sus hijos, Paco y Toni, retiraron muebles para facilitar la atención. "En diez minutos ya no había muebles en casa", cuentan.
Derrumbe imprevisible
Desde la finca, Ernestina observa el punto exacto donde el muro cedió. Insiste en un detalle que introduce una grieta en el relato del "imponderable": no se trataba de una estructura centenaria, sino de un muro relativamente nuevo, revisado con frecuencia.
"Por aquí pasaban técnicos de Adif cada dos por tres", afirma. La lluvia, sostiene, fue el detonante, pero no un fenómeno excepcional.
Una imagen del accidente del tren de Rodalies R4 en Gelida la noche del 20 de enero
No acusa. No señala responsables. Considera el accidente un imponderable provocado por la lluvia. Pero su testimonio abre una grieta incómoda: si el muro no era viejo, ¿por qué cedió?
El principal sospechoso
En Gelida han caído cerca de 90 litros por metro cuadrado en los últimos cinco días, según datos del Meteocat.
No es una cifra excepcional, pero sí poco habitual para enero, un mes generalmente seco en Cataluña. No ha llovido con violencia torrencial. Ha llovido sin parar, eso sí. Día tras día.
Ese contexto es propicio para desprendimientos y deslizamientos de tierra. Es, a día de hoy, la principal hipótesis con la que trabajan los Mossos d’Esquadra, aunque insisten en que determinar las causas exactas llevará tiempo.
El muro de nadie
El descarrilamiento se produjo en un punto donde la línea de Rodalies y la AP-7 discurren prácticamente una sobre otra, separadas por un muro de contención cuya titularidad y mantenimiento ahora están bajo la lupa.
Determinar si corresponde a Adif o a la concesionaria de la autopista no es un detalle menor: de ello dependerá establecer responsabilidades y, sobre todo, evaluar si los protocolos de vigilancia fueron suficientes en un contexto de lluvias prolongadas.
Preguntas abiertas
Los Mossos d’Esquadra han asumido la investigación y advierten de que no habrá conclusiones rápidas.
Será necesario determinar si el muro de contención cayó sobre el tren en el mismo instante de su paso o si el desprendimiento se había producido con anterioridad; esclarecer, evidentemente, de quién es la titularidad exacta de la estructura; y analizar si el mantenimiento fue el adecuado en un contexto de lluvias persistentes.
Recreación gráfica del accidente ferroviario en Gelida
La preocupación va más allá del ferrocarril. Parte del muro sigue apoyada sobre el convoy y existe el riesgo de que, al retirarlo, el desprendimiento pueda afectar a la autopista AP-7, que discurre justo por encima.
Por ahora, el sentido sur permanece cortado a la altura de Martorell mientras se estabiliza el terreno.
La versión del Ministerio
El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha defendido que el maquinista no tuvo ninguna posibilidad de evitar el accidente y que no fallaron los sistemas de seguridad.
Según su versión, el muro cayó parcialmente sobre la cabina en el momento exacto en que pasaba el convoy.
El tren circulaba a 60 kilómetros por hora por una limitación temporal por obras, muy por debajo de los 140 habituales en ese tramo. De no haber sido así, ha advertido, las consecuencias podrían haber sido aún más graves.
Lo que queda
En Gelida, la escena sigue contenida. Los agentes observan el terreno, toman notas, supervisan cada paso. Entre viñas centenarias, una masía abierta de madrugada y una infraestructura que ha fallado, la investigación apenas acaba de empezar.
