Curtidurías de Lleida PAERIA DE LLEIDA
Los talleres medievales ocultos bajo las calles de Lleida: 700 años de historia, cuero y arqueología
La especialización del trabajo llevó a una organización gremial sumamente estricta y geográficamente delimitada en el pueblo
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Hay ciudades que no solo son interesantes por los monumentos que se ven en la superficie, sino que su subsuelo también es una joya. Y no necesariamente romana.
Pasa en muchas de las ciudades modernas que, bajo sus pies, late un pasado silencioso que a menudo resulta mucho más revelador sobre su historia que las estatuas de próceres que hay en la superficie.
Caminar por una avenida contemporánea, rodeada de comercios y tráfico rodado, puede ser la antesala de un viaje en el tiempo.
Eso es lo que pasa en Lleida, que si uno baja unos pocos metros más allá del asfalto regresa a la Edad Media y descubre la actividad industrial que sostuvo su economía hace más de 700 años.
Curtidurías medievales
Allí están las curtidurías medievales, conocidas en catalán como adoberies, uno de los conjuntos arqueológicos de carácter industrial más antiguos y mejor conservados de toda la península ibérica y Europa.
En lo que en la superficie es la Rambla de Ferran y sus calles adyacentes se concentraron en el siglo XIII diversos gremios vinculados a esta actividad.
Quién trabajaba allí
Curtidores, sazonadores y aluderos compartían un mismo ecosistema productivo, aunque cada uno desempeñaba funciones específicas dentro del proceso.
Los curtidores se encargaban de transformar las pieles en cuero resistente, mientras que los aluderos trabajaban materiales más finos, destinados a usos más delicados.
La existencia de talleres privados y espacios comunales vinculados a la organización gremial de una forma tan estructurada da una imagen que pocos conocen de Lleida. Por eso, su musealización invita a conocer cómo trabajaban.
Y es que muy pocos lo saben, pero durante la Baja Edad Media, la producción de manufacturas basadas en el cuero fue uno de los pilares del desarrollo económico de Lleida.
Una industria importante
La demanda de este material era constante y transversal a todas las clases sociales. El cuero se utilizaba en infinidad de objetos cotidianos como calzado, cinturones, fundas, bolsas, correajes para caballos y bueyes, guantes, recipientes y vestimentas de protección.
Esta necesidad constante de materia prima posicionó a los artesanos del sector en el centro de la actividad comercial y financiera de la época.
Cómo se ordenaba
La especialización del trabajo llevó a una organización gremial sumamente estricta y geográficamente delimitada.
Así, en el sector comprendido entre la antigua Baixada de la Trinitat y el solar que actualmente ocupa el Museu Morera se concentró el gremio de los curtidores.
Curtidurías de Lleida PAERIA DE LLEIDA
Este colectivo disponía en Lleida de diez curtidurías de carácter privado y otras dos de propiedad comunal gestionadas por la propia Casa del Gremio.
Por su parte, el sector situado más hacia el suroeste, entre la Baixada de la Diputació y la actual calle Democràcia, albergó al gremio de los aluderos, profesionales especializados en el tratamiento de pieles más finas y delicadas, como las de cordero o cabra, destinadas a la confección de artículos de mayor calidad.
Tratamiento de la piel
El diseño arquitectónico de estas curtidurías respondía estrictamente a las necesidades físicas y químicas de un proceso de producción complejo.
El espacio principal de trabajo consistía en un obrador de planta alargada, concebido para optimizar el tránsito de las pieles de una fase a otra.
La importancia del agua
A lo largo de este taller se disponían, de manera alineada, baterías de depósitos circulares o cuadrangulares excavados en el propio suelo y revestidos de piedra para asegurar su estanqueidad.
Un canal central de desagüe recorría longitudinalmente todo el recinto, facilitando la evacuación constante de los líquidos y residuos derivados del tratamiento de las pieles.
Canal de las curtidurías de Lleida PAERIA DE LLEIDA
En los depósitos excavados, los artesanos desarrollaban consecutivamente las tres fases principales del proceso de curtido.
La primera de ellas consistía en el calcinado, donde las pieles se sumergían en soluciones de cal para facilitar la eliminación del pelo y los restos de carne adheridos.
Curtidos y tintes
Posteriormente, se procedía al curtido propiamente dicho, empleando taninos de origen vegetal obtenidos de la corteza de árboles como el roble o la encina, que estabilizaban el colágeno de la piel para evitar su putrefacción.
Finalmente, algunas piezas se sometían al proceso de teñido utilizando colorantes naturales antes de proceder a su secado, engrasado y acabado final en los pisos superiores de los talleres.
Porqué en Lleida
El emplazamiento de estos talleres no fue en absoluto casual y responde a criterios de geografía física esenciales para la industria.
El lavado repetido de las pieles en cada una de las fases de transformación requería un suministro continuo y abundante de agua limpia, así como una vía rápida para deshacerse de las aguas residuales cargadas de materia orgánica, cal y taninos.
Esta dependencia del agua modeló el urbanismo de este sector de la ciudad. La cercanía a los cursos fluviales de los ríos Noguerola y Segre determinó la ubicación definitiva del barrio de los curtidores.
Lo curioso es que todas estas estructuras del siglo XIII aún se preserven. Los expertos señalan que es gracias a la posterior evolución urbana, que sepultó los antiguos talleres bajo nuevas edificaciones sin destruir sus cimientos de piedra.
Visitas guiadas
Por suerte, las excavaciones arqueológicas sistemáticas llevadas a cabo en la zona de la Rambla de Ferran consiguieron sacar a la luz estas construcciones medievales. Desde entonces se han documentado con precisión la disposición de los muros, las canalizaciones y los depósitos, que hoy se pueden visitar.
Se puede hacer desde tres puntos: los números 9, 13 y 19 de la mencionada rambla. Allí empieza el descenso a las curtidurías y el camino sigue por una pasarela de madera instalada sobre el yacimiento, que permite observar a corta distancia estas estructuras. Una experiencia inmersiva como pocas.