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Andreu Buenafuente lleva meses apartado de los focos; necesitaba descansar. Silvia Abril, en cambio, no se detiene: se la ve en varios programas de televisión de La 2 en Cataluña y hasta en el teatro. Pero, de vez en cuando, también para.

Ambos tienen un lugar para estos momentos de pausa. Una lujosa casa alejada de Barcelona, pero con la ciudad lo suficientemente cerca como para llegar en tren, si es que lo usaran.

Es uno de los municipios más pequeños de la costa del Maresme y pocos reparan en él: Cabrera de Mar. Aquí, donde los romanos se asentaron y construyeron unas termas, donde se erigió un imponente castillo medieval para guardar la costa y donde los barceloneses vienen a la playa, tienen su refugio Abril y Buenafuente.

No es un refugio cualquiera. Viven en una masía de principios del siglo XX, construida en piedra y vinculada a la tradición arquitectónica catalana.

La casa de Buenafuente y Silvia Abril

Lejos de los modelos residenciales más estandarizados, la vivienda conserva su carácter original, con una estructura que dialoga con el entorno natural.

La intervención contemporánea ha respetado esa esencia, incorporando comodidades actuales sin alterar la identidad del conjunto. El resultado es un espacio donde la privacidad y el paisaje se convierten en elementos centrales.

El lugar

Pero, claro, es imposible no integrar el entorno cuando este es Cabrera de Mar, un lugar habitado desde el Neolítico.

Las primeras comunidades agrícolas de la prehistoria encontraron aquí condiciones favorables gracias a la fertilidad de la tierra, la disponibilidad de agua y una ubicación estratégica entre la montaña y el Mediterráneo.

Masía de Cabrera de Mar WIKIPEDIA

Siglos más tarde llegarían los íberos y, más adelante, los romanos, quienes bajaron del monte hacia el llano para erigir la ciudad de Ilturo, que luego sería Cabrera.

Aunque gran parte de esta urbe permanece bajo el actual núcleo urbano, las excavaciones han permitido reconstruir su entramado y descubrir su importancia dentro del proceso de romanización del nordeste peninsular.

Las termas romanas

La ciudad llegó a acuñar moneda propia y se consolidó como un centro activo dentro de las redes comerciales del Mediterráneo. Tanto es así que tuvo hasta sus propias termas.

Fechadas en la época de la República romana, las de Ca l’Arnau están consideradas las termas romanas más antiguas documentadas de la península ibérica.

Espacio de culto

Estas instalaciones muestran una vez más el nivel de desarrollo alcanzado por los romanos en la arquitectura y el urbanismo. Y, de paso, la relevancia de un enclave como este.

Pero no solo quedan las termas y unas pocas piedras. A pocos metros, el conjunto de Can Modolell revela otra dimensión de esa época, con un espacio dedicado al culto en el que aún se ven inscripciones, esculturas y evidencias de prácticas religiosas vinculadas incluso a divinidades orientales como Mitra.

Castell de Burriac de Cabrera de Mar WIKIPEDIA

La continuidad histórica del territorio se prolonga hasta la Edad Media con el castillo de Burriac, que domina el paisaje desde lo alto de una colina.

Su silueta se ha convertido en uno de los elementos más reconocibles del Maresme, desplazando casi a las ruinas romanas.

La zona del castillo

Su ubicación ya fue usada anteriormente por íberos y romanos. Aquí hubo un asentamiento identificado como la capital de los layetanos.

Desde esta posición elevada se articulaban las dinámicas políticas, comerciales y defensivas de un amplio territorio en la Edad Media y antes.

Las playas de Cabrera

Los restos documentados evidencian una organización compleja, con estructuras urbanas que reflejan un alto grado de desarrollo de los íberos y que sirvieron como cimiento del castillo que, en la Edad Media, permitió controlar la costa.

Precisamente allí, en la costa, está ahora el principal atractivo de la ciudad en verano. Las playas que se extienden en las inmediaciones ofrecen largas franjas de arena abiertas al Mediterráneo.

Vistas de Cabrera de Mar

Cabrera de Mar funciona así como un espacio de transición entre múltiples realidades. Por un lado, mantiene la cercanía suficiente con Barcelona como para no quedar aislado de su dinámica cultural y profesional.

Por otro, conserva una escala y una identidad propias que permiten una experiencia más pausada del tiempo y del entorno. Tal vez eso fue lo que también atrajo a Andreu Buenafuente y Silvia Abril.

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