La piedra arenisca de color bermellón toma la luz de la tarde como si ardiera por dentro.
A 294 metros de altitud, sobre un promontorio que la erosión ha modelado durante siglos, la ermita de la Mare de Déu de la Roca se aferra al cerro como si hubiera brotado de él, con la misma lógica con la que crecen los pinos entre las grietas.
Un lugar habitado desde la Antigüedad
El cerro no siempre fue religioso. Los restos de cerámica ibérica hallados al construirse la pequeña plaza y la fuente bajo la ermita acreditan una ocupación humana que se remonta a la Antigüedad.
La primera referencia documental al santuario mariano data del testamento de Guillem de Tarragona, otorgado en el año 1230. Otro documento, de 12 de mayo de 1299, certifica ya su existencia como lugar de culto consolidado.
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Una losa en el pórtico de la pequeña plaza lleva inscrita la leyenda "B. Maria. Giberga. Me. Fecit. Ann. 1591", y a los pies de la iglesia se conserva otra lápida funeraria fechada en 1737. Piedra sobre piedra, la ermita ha acumulado siglos de presencias.
Arquitectura excavada en la roca
El edificio es una capilla de nave única y planta cuadrangular, construida con sillares y parcialmente excavada en la roca de arenisca roja, cosa que la hace diferente.
Orientada a poniente, mide 20 por 7 metros sin contar las capillas laterales. La fachada, presenta una puerta principal datada en 1785 y, junto a ella, una puerta cegada con arco de medio punto en dovelas del año 1655, recuperada en una restauración reciente.
En el interior predominan los arcos de medio punto y una luz escasa que impregna el espacio de quietud.
Ermita de la Mare de Déu de la Roca
La capilla tiene un coro alto a los pies y un camarín en la cabecera donde se venera la imagen de la Virgen, una talla en madera que es copia de la original, destruida en 1936, y que fue entronizada el 8 de septiembre de 1980. A los pies, un pequeño campanario ciego remata el conjunto.
Sant Ramon, guía de marineros
Por encima de la ermita, siguiendo un pasillo que atraviesa el llamado Fossar de les Monges, presidido por una imponente cruz de hierro forjado de más de cinco metros y medio de altura y 530 kilos de peso, unos escalones tallados en la propia roca llevan hasta la pequeña capilla de Sant Ramon de Penyafort.
Esta construcción encalada, de planta rectangular y sin decoración, parece desafiar la gravedad sobre una roca muy erosionada en su base.
Documentada desde el siglo XVI, sirvió como punto de referencia visual para las embarcaciones de pesca, la imagen del santo, según la tradición, fue encontrada por pescadores de Cambrils, y la capilla encalada actuaba como señal desde el mar.
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El año 1916, Joan Miró pintó el cuadro Mont-roig, Sant Ramon, que es precisamente la visión de esta capilla desde el tramo final del camino viejo que sube desde el pueblo.
El rastro de Joan Miró
El propio Miró dejó escrito su vínculo con este lugar: "L'ermita de la Mare de Déu de la Roca sempre ha estat un gran impacte per a mi. Aquell color roig envinagrat que donà nom al poble…" El santuario forma parte hoy de la ruta turística 3MR (Mirar, Miró, Mont-roig), que recorre los paisajes que marcaron emocionalmente al artista.
Cómo llegar
La ermita esta ubicada en el municipio de Mont-roig del Camp (Tarragona), a unos 20 kilómetros al sur de Reus y a aproximadamente 100 kilómetros de Barcelona.
En coche, puedes accede desde la N-340 o la AP-7 (salida Mont-roig) tomando la carretera T-322. Hay una pequeña zona de aparcamiento antes del tramo final de subida a pie hasta el santuario.
Para quienes prefieran ir a pie desde el pueblo, conviene tomar el Camí Vell de l'Ermita en la parte alta de Mont-roig del Camp, un trayecto de unos 25 a 30 minutos.
