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La filfa de la FIFA

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Desde el 22 de junio de 1986, en los cuartos de final del Mundial de fútbol entre Inglaterra y Argentina, cuando Maradona, a la vista de millones de telespectadores, marcó un gol con la mano —la famosa “mano de Dios”— y, a pesar de ser una infracción clamorosa, la FIFA no anuló el partido, no se había visto nada tan grosero y vergonzoso hasta el pasado 1 de julio.

Ese día, en el partido de dieciseisavos de final entre Estados Unidos y Bosnia-Herzegovina, el delantero estadounidense Folarin Balogun pisó por detrás al defensor bosnio Tarik Muharemovic en el minuto 64. El árbitro brasileño Raphael Claus le mostró tarjeta roja directa por juego brusco grave.

Según el reglamento de la IFAB (el organismo que regula las leyes del fútbol), aunque Balogun no tuviera intención de lastimar y la acción pareciera accidental, la entrada puso en riesgo la integridad física del oponente, lo que justifica la expulsión. Además, las normas de la IFAB no contemplan la intencionalidad como criterio determinante para valorar una acción de juego brusco grave, por lo que la decisión arbitral se ajustó al protocolo establecido.

Lo polémico —quizá el escándalo más grande de la historia del fútbol, si descontamos las muertes de hinchas en avalanchas y reyertas durante partidos de máxima tensión— vino después:

La FIFA decidió suspender durante un periodo de prueba de un año la aplicación de la sanción automática de un partido sin jugar que corresponde tras una tarjeta roja, y permitir a Balogun jugar los octavos de final contra Bélgica, pese a estar expulsado.

Esta decisión clamorosamente arbitraria respondió a una llamada telefónica del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha confirmado públicamente que llamó directamente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que “revisase la decisión” (de la tarjeta roja). Y así lo hizo el indecente Infantino.

Gianni Infantino en un acto del Mundial 2026

Gianni Infantino en un acto del Mundial 2026 EFE

Trump no oculta sus estafas: alardea de ellas.

Ésta es tan descomunal, la corrupción es tan clamorosa que, a partir de ahora, si Infantino no es apeado de su cargo, nadie podrá creer ni siquiera en la limpieza de los partidos de fútbol, la gran pasión consoladora del hombre común y corriente en medio mundo.

De momento, la UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol) ha acusado a la FIFA de haber “cruzado una línea roja”. Pero, como posteriormente el equipo de Estados Unidos ha sido eliminado por el de Bélgica, parece que la cosa se ha quedado en una tormenta en un vaso de agua.

Sé que estas cosas del fútbol tienen una importancia relativa, son pura decoración de la vida, pero casos así también sirven para tomar la temperatura del mundo, y para ayudar a los cándidos a entender cómo funciona la farsa.

La prensa ha comentado el escándalo, pero sólo algunos periódicos han puesto el grito en el cielo. Citaremos dos: la del suizo de habla alemana Aargauer Zeitung y la del portugués Diario de Notícias.

Dice François Schmid-Bechtel en el diario del cantón de Aargauer:

“Quien hasta hace poco seguía creyendo en el cuento de que el fútbol y la política no tienen nada que ver, probablemente cambiará de opinión tras el caso Balogun. No es la primera vez, y probablemente tampoco será la última, que políticos poderosos intentan influir en el fútbol. Pero lo que Donald Trump y su amigo Gianni Infantino han protagonizado en esta ocasión supera casi cualquier límite en cuanto a cinismo, desfachatez, falta de escrúpulos y vanidad.

[…] entre bastidores se buscaron intensamente fórmulas para evitar que el mejor delantero estadounidense tuviera que cumplir sanción en los octavos de final contra Bélgica. Al parecer, participaron varios colaboradores cercanos del presidente estadounidense, entre ellos el secretario de Comercio, Howard Lutnick, y Andrew Giuliani, hijo del antiguo abogado de Trump, Rudy Giuliani. Junto con abogados, apoyaron a la federación estadounidense de fútbol para presentar un recurso contra la suspensión.

Por supuesto, Donald Trump tampoco permaneció de brazos cruzados. Como jefe que es, tomó el teléfono y encargó a su amigo Johnny... perdón, Gianni, que revisara con más atención el asunto de la sanción contra Balogun. Así lo informa The New York Times, citando a tres personas que supuestamente estuvieron presentes. No hace falta ser adivino para imaginar que, cuando Trump habló de ‘revisar’ el caso, en realidad se refería a eliminar la sanción.

Donald Trump, presidente de EEUU

Donald Trump, presidente de EEUU EFE

En la madrugada del lunes, la FIFA comunicó que la ejecución de la suspensión de Folarin Balogun quedaba aplazada durante un período de prueba de un año, de conformidad con el artículo 27 del Reglamento Disciplinario. El delantero, que había marcado tres goles en tres partidos del Mundial, podrá jugar los octavos de final contra Bélgica. [El artículo se publicó antes de que Estados Unidos jugara y perdiera este partido.] Qué arbitrariedad. Qué escándalo. Qué traición al fútbol.

Cuando Trump escribió en su red social: «Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y reparar una gran injusticia», aquello fue una auténtica burla al fútbol. Aunque, bien pensado, la gran injusticia, según esa lógica, se habría cometido contra un hombre que nació estadounidense hace 25 años únicamente porque sus padres, de origen nigeriano y residentes en Londres, se encontraban en Nueva York y no pudieron regresar, ya que la compañía aérea se negó a permitir volar a su madre embarazada. Precisamente Trump quiere eliminar ese derecho a la ciudadanía estadounidense por nacimiento.

Volviendo al caso: todos hemos aprendido que una tarjeta roja implica la suspensión para el siguiente partido. Presentar un recurso es perfectamente legítimo. Incluso, en ocasiones, tiene éxito cuando una sanción de cuatro partidos se reduce a dos. Pero ese primer partido tras la expulsión siempre debe cumplirse. Así figura también en el reglamento del Mundial de 2026: cuando un jugador o un miembro del cuerpo técnico es expulsado mediante una tarjeta roja directa o por doble amonestación, queda automáticamente suspendido para el siguiente partido de su selección. Pues bien, al parecer, el significado de ‘automáticamente’ depende de la interpretación. Sobre todo cuando Trump e Infantino actúan de común acuerdo.

La actuación resulta inadmisiblemente arrogante e incluso escandalosa. Pero ¿realmente sorprende? No. Quien es capaz de conceder a Trump un premio de la paz [se refiere al propio Infantino: le dio a Trump un llamado Premio de la Paz de la FIFA el pasado diciembre, alabando sus ‘incansables esfuerzos por unir a las personas en un espíritu de paz’] también es capaz de interpretar el reglamento según su conveniencia, especialmente cuando con ello favorece a un buen amigo de la Casa Blanca.

El premio de la paz para Trump, el árbitro somalí rechazado en la frontera estadounidense, la discriminación sufrida por la selección iraní, la prohibición de entrada para numerosos aficionados de distintos países y, por supuesto, los desorbitados precios de las entradas: Infantino ha salido indemne de todo ello. Incluso dentro de la llamada familia FIFA —un auténtico patriarcado— apenas se alzaron voces críticas.

Ahora la situación ha cambiado ligeramente. Algunos dirigentes han reaccionado y denuncian el compadreo entre Infantino y Trump. El próximo año, todos esos presidentes de federaciones indignados tendrán la oportunidad de castigar a Infantino por su sumisión a Trump durante el Congreso de la FIFA y destituirlo del cargo.

Lo más probable, sin embargo, es que eso no ocurra. Porque Infantino promete más dinero y más plazas para el Mundial. Pero todos los que vuelvan a votarlo el próximo año se convertirán en cómplices de uno de los mayores escándalos de la historia del fútbol”.


Vamos ahora con el diario portugués:

“El vasallaje de Gianni Infantino hacia Donald Trump parece no conocer límites. El presidente de la FIFA ha mirado hacia otro lado ante los laberintos burocráticos que se han convertido en obstáculos inaceptables para la entrada en Estados Unidos de familiares y miembros de los cuerpos técnicos de selecciones africanas, de Oriente Medio e incluso de América del Sur, y se apresuró a aceptar, con un silencio cómplice, las estrictas normas de permanencia en territorio estadounidense —que generan una evidente desventaja competitiva— impuestas a la selección de Irán.

Las historias de resiliencia, de las que Cabo Verde es el mayor ejemplo y que nos hacen sonreír con un encanto casi infantil, nos distraen de la realidad de un torneo que se ha ampliado a más países, pero que está, como nunca antes, doblegado al poder político y económico. Y el reciente episodio de Folarin Balogun no es más que un nuevo capítulo.

Las reglas, que deberían aplicarse tanto a los ricos como a los pobres, a los poderosos como a los irrelevantes, establecen que debe cumplir, al menos, un partido de sanción. Sin embargo, ahora descubrimos que la versión del reglamento de Infantino parece incluir un apartado desconocido: el jugador es castigado, salvo que un poderoso jefe de Estado llame por teléfono para solicitar su absolución.

Y vemos a Trump desempeñando el irónico papel de pedir clemencia para un inmigrante, mientras que, en las calles, el brazo ejecutor de su política migratoria, el ICE, sigue propagando la deshumanización, aprovechándose de la pasión por el fútbol de muchos inmigrantes para intensificar las detenciones y deportaciones.

En el momento de escribir este texto, la UEFA había acusado a la FIFA de «cruzar una línea roja» al suspender la sanción de Balogun y, hasta ahora, de Infantino solo ha llegado el silencio. Al fin y al cabo, no es más que otra línea roja...”