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Hasta hace unos pocos años, hablar del tiempo solía ser una forma indolora de no hablar de nada, una forma como otra cualquiera de esperar a que el ascensor llegue a tu piso y puedas despedirte del vecino sin haber hablado de ningún problema real.

Ahora, por el contrario, parece que hablar del tiempo es hablar de todo. En la meteorología se condensan temores, búsqueda de soluciones, y preguntas de cómo vamos a superar una estación que antes era tan deseada.

Cuando empiezan las olas de calor hay una cierta sorpresa: “¡Ah! ¿Ya estamos en ésas? ¿De verdad vamos a volver a pasar por lo del año pasado?".

Luego, como no se le puede echar la culpa al Gobierno ni a la oposición ni a nadie, viene un estado de resignación.

Cada uno se descubre más apático y hastiado de la cuenta. Uno rinde menos, el otro sufre dolores de cabeza… Se buscan soluciones. Se comparte información sobre sistemas de aire acondicionado, ventiladores, duchas, alimentación ligera… Y luego, claro está, se leen las estadísticas de cuántas personas en cada país, generalmente entradas en años, o que trabajan al aire libre —en el campo o en las obras públicas—, que han muerto en la última ola de calor.

Uno se encoge de hombros, y dice: “¡Es el cambio climático!”. ¿Qué más va a decir?

Un ciudadano, refrescándose frente al calor extremo Ricardo Rubio Europa Press

El ciudadano que circula con frecuencia entre Madrid y Barcelona, compara, y no sabe decidir dónde se siente más incómodo, y se dice que lo mismo da asarse en un horno que en otro.

Hay quien piensa: “¡Cómo me gustaría vivir en Finlandia! En Alemania no, que el otro día en Berlín estaban a 40 grados”.

Varios países europeos han registrado en los últimos días las temperaturas más altas en décadas para el mes de junio, y en algunos casos las más elevadas desde que existen registros. Muchas regiones se encontraban en el nivel máximo de alerta por calor. Jim Skea, presidente del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), de la ONU, ha avisado de que seguiremos viendo más de lo que hemos estado viendo en los últimos días.

La prensa europea debate sobre responsabilidades y soluciones. Recogemos algunos extractos de lo que media docena de periódicos dicen sobre este tema, que de ser muy útil para una conversación breve y banal ha pasado a preocupación fundamental, media docena de periódicos. Empezando por lo que dice el tan gracioso como tétrico columnista Gábor Balogh en Index (diario liberal croata) sobre sus propias experiencias con el calor y sus previsiones de que “pronto los gruñones seremos mayoría”:

“Lo que para la mayoría es 'un precioso día de verano' para mí es calor sofocante. La ola de calor que para otros es simplemente desagradable para mí es insoportable. Lo que para ellos es a lo sumo una molestia, para mí es en el mejor de los casos una fuente de ansiedad y a veces incluso de miedo. Y lo que para mí es una batalla diaria por la supervivencia — con calambres estomacales, mareos y sensación de asfixia —, ellos lo ven como histeria y debilidad. ... Si esto sigue así, los 37 o 38 grados quizá dejen de ser pronto una ola de calor para convertirse en un día de verano normal. Entonces nosotros, los gruñones, seremos mayoría, y nadie se reirá de nosotros. Será una sensación liberadora — aunque no tendremos mucho tiempo para disfrutarla”.

En el izquierdista francés L’Humanité hablan del cambio climático como de una “crisis existencial” y se preguntan “¿Dónde está la indignación ante la injusticia climática?”:

“El Gobierno sabe perfectamente que su inacción conducirá a tragedias y muertes aún mayores. Su decisión es criminal —tan criminal como anteponer los intereses económicos de una minoría a los límites del planeta y a la mayoría de la humanidad... Ahora que el país se ahoga, todo el mundo parece estar despertando ante la flagrante estupidez de los escépticos del clima. Pero ¿dónde está la indignación? Existe el serio riesgo de que, una vez terminado el verano, el asunto quede relegado a un segundo plano por las obsesiones de los medios controlados por Bolloré [se refiere a Vincent Bolloré, conocido gran empresario]. Especialmente en un momento en que la izquierda es ridiculizada y tachada de demasiado débil, las fuerzas anticapitalistas son las únicas capaces de librar esta batalla existencial”.

Aviso de calor en una marquesina en Barcelona

Otros, como Tamás Rónay, en el socialdemócrata húngaro Népszava, lamentan que estábamos avisados pero la política europea no ha trabajado en prever y paliar el problema: "Negar el cambio climático es especialmente dañino porque malgasta tiempo. Ha retrasado un trabajo que debería haberse iniciado hace años, o incluso décadas. Podríamos haber desarrollado sistemas de almacenamiento de agua más eficaces, más zonas de sombra en las ciudades, haber usado menos hormigón y diseñado más espacios verdes, acelerado la transición energética, hecho un uso más eficiente del agua en la agricultura, adoptado una estrategia más sólida para la protección de los lagos y preparado los sistemas sanitarios y de atención a las personas mayores para las olas de calor. En cambio, durante demasiado tiempo nos han dicho que la acción climática obedece al pánico, que la política verde es una ideología y que los científicos exageran".

Algunos señalan que el daño del cambio climático no afecta a todos por igual.

La columnista Marica Luyten se muestra preocupada en De Volkskrant (diario holandés, de centro izquierda) por el avance de los negacionistas de ultraderecha en las encuestas:

"La carga [de las medidas climáticas] recae sobre personas con un diésel viejo o un piso de alquiler mal aislado. Los beneficios van a parar a los conductores de Tesla. Estos últimos también están mejor equipados para soportar el calor. De ello, los menos pudientes volverán a sacar, una vez más, la conclusión de que la 'casta' — tan despreciada por la ultraderecha — les está trasladando esa carga. Políticamente, apuntarán en la dirección equivocada: no hacia la verdadera élite que se niega a organizar una política climática de forma justa".

No lejos de lo que dice la señora Luyten está lo que apunta Catherine Frammery en el referente suizo Le Temps:

“Cabe recordar que, a excepción de la Ley de Electricidad de 2024, ninguna de las iniciativas populares o referéndums sobre cuestiones climáticas celebrados en Suiza en los últimos años ha salido adelante — el más reciente fue el del Fondo Climático, rechazado por el 71 por ciento de los votantes. ¿Son culpables las personas mayores, que acuden a votar en mayor número que los jóvenes? Algunos sugieren que en asuntos como estos el derecho al voto debería restringirse a quienes tienen que vivir con las consecuencias. Tales propuestas provocan un clamor generalizado. ... En cualquier caso, quienes más van a sufrir son los jóvenes. Tendrán que arreglárselas en un planeta cada vez más hostil para la vida humana, mientras al mismo tiempo se enfrentan a mayores dificultades para encontrar vivienda y a salarios más bajos y perspectivas de futuro más inciertas".

Grégoire Leménager advierte en Le Nouvel Observateur que los candidatos a las elecciones presidenciales francesas de primavera de 2027 no deben ignorar la acción climática:

“Por supuesto, cuando se trata del cambio climático nada es sencillo. Combatirlo y al mismo tiempo adaptarse a él implica difíciles compromisos, cambios en nuestros estilos de vida y la búsqueda de una distribución justa de la carga. Pero mirar hacia otro lado ya no es una opción. ... Debemos tenerlo presente en el año que viene, especialmente cuando el tiempo parezca más apacible. Y cualquier candidato a las presidenciales de 2027 que recurra al fatalismo o se niegue a hacer de la acción climática un pilar de su programa quedará al descubierto por lo que es: cómplice criminal de una derrota inevitable”.

Otros, como el biólogo evolutivo Telmo Pievani en el Corriere della Sera señalan que ésta es la nueva realidad y se muestran fatalistas:

“Una ola de calor sofocante y persistente está dificultando nuestras vidas. ... Las sequías y el calor abrasador se alternan con violentas tormentas y devastadoras granizadas. ... ¿Debemos considerar todo esto una emergencia inesperada, un desastre inevitable, un hecho puntual? ... Desgraciadamente, no. Lo que está ocurriendo ahora mismo es la nueva normalidad, con la que tendremos que convivir en todas las estaciones durante las próximas décadas. ... Estamos en medio de un gran proceso de cambio, al que hemos contribuido y que ahora ha adquirido un impulso propio que no podemos detener. Las leyes de la física son indiferentes a nuestros debates”.