Así se presenta en X la periodista, escritora y exparlamentaria iraní en el exilio Masih Alinejad, después de pronunciar un discurso ante la asamblea de la ONU:
“Soy una mujer de un pequeño pueblo en el norte de Irán. Encerrada en prisión por protestar. Golpeada por mostrar mi cabello. Expulsada del Parlamento por exponer su corrupción. Forzada al exilio. A mi hermana la pasearon por la televisión estatal para que me repudiara públicamente. A mi hermano lo encarcelaron como castigo. A mi madre la interrogaron para impedirle expresar su amor por mí. Enviaron asesinos a Nueva York, tres veces, para matarme. Y ahora se supone que debo sentarme a su lado en el Consejo de Seguridad de la ONU. Gracias a la embajada de EEUU ante la ONU por finalmente darme un asiento, para que pueda denunciar al régimen y al liderazgo de la ONU que aún lo legitima”.
Lo cito aquí a modo de presentación de la autora del siguiente artículo sobre Marjane Satrapi (1969-2026), la autora del cómic Persépolis (2000-2003, luego publicado en español por Norma ed.) y, posteriormente, directora de cine.
Un cómic que algunos ponen a la altura del Maus de Art Spiegelman. Yo, personalmente, lo pongo por encima de éste, pues Spiegelman cuenta una historia familiar (la suya, la de sus padres) de la opresión de los judíos por el nazismo, tema sobre el que hay ya abundante literatura. Mientras que el “tema” de Marjani, la vida bajo el régimen clerical de los ayatolas en Irán, está mucho menos frecuentado, mucho menos explicado.
Como sabe el lector, Marjane Satrapi (a quien en Letra Global consagraron interesantes artículos Anna María Iglesia en 2021 y Andrea Rodés en 2024), acaba de morir en París. Ha muerto “de tristeza”, según su familia, al cabo de un año de que falleciese su querido esposo. Típico de la prensa española es que a partir del luctuoso hecho se hayan escrito muchos artículos más o menos filosóficos o sentimentales sobre si es posible o no morir de pena, o sobre si la mujer es más sensible o no que el varón, y poco sobre el auténtico valor de su legado. Cosa que me irrita.
He decidido remediar ese error de perspectiva traduciendo y reproduciendo a continuación el testimonio que Masih Alinejad acaba de publicar en The Free Press, periódico de Los Ángeles fundado en 2021, de tono marcada y fanáticamente sionista. Ello no le resta valor al testimonio que reproducimos aquí.
Fíjese el lector particularmente en la tragicómica anécdota que cuenta la autora, durante una recepción de alto nivel político en Madrid. El artículo dice así:
“Hace unos días, el rostro de Marjane Satrapi no dejaba de aparecer en mi pantalla. Una y otra vez. La novelista gráfica iraní-francesa, la mujer que había dibujado el duelo y la rebeldía de toda una generación en blanco y negro. Mi primer pensamiento fue que debía de haber ganado algún premio. No me habría sorprendido.
>> Pero entonces leí el titular: Marjane Satrapi había muerto.
>> Cuatro palabras. Las leí, y luego las volví a leer.
>> Se había hecho famosa por su novela gráfica autobiográfica Persépolis, publicada en 2003, que años después fue adaptada al cine. Murió el jueves [4 de este mes] a los 56 años. Su familia dijo que murió de tristeza, más de un año después de perder a su marido, Mattias Ripa, el amor de su vida.
>> Murió de tristeza.
Marjane Satrapi, historietista, pintora y directora iraní
>> Llevo días dándole vueltas a esa frase.
>> Hay algo en esas palabras que solo tiene sentido si has vivido cierto tipo de vida. Si has crecido en un país y luego lo has perdido. Si llevas tu patria dentro, en nuestro caso Irán, no como un recuerdo sino como algo físico en el pecho, en la manera particular en que ríes, en la lengua que sigue llegando primero cuando sueñas. El país que existe ahora no es el país que te formó. Y así caminas por el mundo con esa callada nostalgia que nunca desaparece del todo.
>> Y luego, si tienes suerte, encuentras a una persona que se convierte en una especie de hogar en sí misma. Alguien en cuya presencia el exilio se suaviza. Tu país. Tu lengua. Tu refugio.
>> Marjane encontró eso en Mattias. Y luego le perdió.
>> No siempre estuve de acuerdo con Marjane Satrapi. Hubo momentos en que su política y la mía no coincidían. Pero a través de Persépolis, una historia sobre crecer como niña en medio de la Revolución iraní, dijo la verdad sobre las condiciones que afrontaban las mujeres iraníes en un momento en que casi nadie más lo hacía. Y ese acto cambió algo real en el mundo.
>> Antes de Persépolis, Irán era [sólo] un titular. La Revolución. La crisis de los rehenes. La larga guerra con Irak. El enfrentamiento nuclear. El nombre de Irán se había fusionado, en el imaginario occidental, con imágenes de banderas ardiendo y multitudes coreando consignas. Era un país de acontecimientos, no de personas. Un problema que gestionar, no una civilización que comprender.
>> La República Islámica trabajaba para que siguiera siendo así: enviando diplomáticos elocuentes a las capitales occidentales, gestionando con cuidado el acceso de los medios, asegurándose de que incluso las redacciones más serias publicaran una versión de Irán que era, en efecto, esterilizada. ¿Dónde estaba la historia de las mujeres que nunca habían aceptado nada de todo eso? En los años anteriores a las redes sociales, esas voces no tenían casi ningún camino hacia el mundo exterior.
>> Mucho antes de que «policía de la moral» se convirtiera en una expresión que los periodistas occidentales conocieran, mucho antes de que millones de personas salieran a las calles bajo la bandera de Mujer, Vida, Libertad, una mujer se sentó con tinta y papel e hizo algo que no se había hecho antes.
>> A través de su libro, que siguió su historia de maduración en Irán, el exilio en Europa y la lucha de años por decir adiós a un país que se precipitaba por un barranco hacia la brutal opresión, la gente en Occidente supo que a las mujeres en Irán las detenían en la calle, las golpeaban, las arrestaban y las encarcelaban por la manera en que llevaban --o no llevaban-- un trozo de tela en la cabeza. Supieron que el hiyab en Irán no era una expresión cultural, ni una fe llevada libremente. Era una ley, aplicada por hombres con autoridad y porras, por un gobierno que había decidido que los cuerpos de las mujeres pertenecían al Estado.
>> No es de extrañar que la novela fuera censurada en Irán. Pero el régimen no pudo impedir que su verdad llegara al mundo: Marjane Satrapi fue la primera persona en convertir el hiyab obligatorio en una historia global.
>> «Prefiero ser maleducada», dice, «que una mujer que no es libre.»
>> Hay un vídeo suyo, en persa, al que sigo volviendo. Recita las reglas, las que toda chica iraní absorbe antes de absorber cualquier otra cosa. ‘Una buena mujer nunca hace esto. Una mujer de verdad siempre se comporta así.’ La lista es larga. Y tras recitar cada regla, declara que tiene la intención de hacer exactamente lo que le plazca. Que si el precio de la libertad es que la llamen maleducada o difícil, lo pagará, y de buen grado.
>> Yo crecí en un pueblo iraní donde todo lo que sabía del mundo me llegaba a través de un televisor en blanco y negro. Los clérigos en la pantalla advertían que el cabello descubierto de las mujeres sería castigado con el fuego del infierno; cuando puse a prueba esa advertencia, la policía moral del régimen me golpeó. Me enseñaron que la obediencia era piedad y que las preguntas eran una forma de violencia contra Dios. Cometí ambos pecados: desobedecí y pregunté. Fui encarcelada por repartir panfletos que cuestionaban al régimen. Me llevó años, muchos años, confiar en lo que veía con mis propios ojos más que en lo que me habían dicho sobre mi futuro. Creer que la historia que me habían dado sobre mi propia vida no era la única historia posible.
>> Marjane entendió algo que yo tardé más en articular: el poder no está solo en manos de quienes gobiernan. Está también en manos de quien controla el relato. Por eso la República Islámica teme la memoria de un modo tan específico. Por eso creó la policía cibernética, la FATA, para vigilar lo que la gente dice sobre su propia vida en las redes sociales. Los relatos crean memoria. La memoria crea resistencia. La resistencia es lo que el régimen no puede soportar.
>> Persépolis era peligrosa no por su política, sino por su intimidad. Le dio al mundo algo para lo que no estaba preparado: una chica concreta. Voluntariosa, divertida, apasionada. Una chica que capturó el miedo, la aritmética cotidiana de cuánto de ti misma podías mostrar antes de que alguien te hiciera pagar por ello. Capturó el absurdo de un régimen cuya crueldad se volvía aún más grotesca por contraste con las personas corrientes que seguían viviendo, riendo y encontrándose detrás de puertas cerradas. Y la resistencia cotidiana de una chica que se negó, simplemente, a desaparecer.
Marjane Satrapi: narrar la represión
>> No comprendí del todo el valor y el peso de lo que Marjane había hecho hasta 2007, en una conferencia en Madrid. Yo estaba allí como joven periodista iraní. Nos encontrábamos en una gran sala con ex primeros ministros y presidentes, el tipo de sala donde todo el mundo se estrecha la mano. Extendí la mano a Kjell Magne Bondevik, el ex primer ministro de Noruega. Él retrocedió. Con cuidado. Juntó las palmas en una especie de reverencia, el gesto de alguien que creía estar siendo considerado.
>> ‘No sabía que ustedes dieran la mano’, dijo. ‘Pensé que, por respeto a la ley islámica, los hombres no debían hacerlo.’
>> Recuerdo que me quedé allí de pie, avergonzada, sin saber qué hacer con mi mano.
>> A Bondevik le habían dado una versión de mí antes de que entrara en la sala, construida a partir de la cobertura informativa, los informes diplomáticos, la cuidadosa gestión de su propia imagen por parte de la República Islámica. Y él la había aceptado, con buena intención. Esa fue la parte que se me quedó grabada.
>> Entonces llegó Lionel Jospin, el ex primer ministro de Francia, que me tendió la mano. Sonreía. «Si hubiera leído Persépolis», dijo Jospin, señalando con la cabeza a Bondevik, «habría sabido exactamente quiénes son las mujeres iraníes».
>> Fue en ese momento cuando comprendí lo que Marjane Satrapi había hecho por las mujeres iraníes. Años antes de que las cámaras se volvieran hacia Irán, años antes de que el mundo viera a mujeres iraníes cortarse el pelo en las calles, ella había entrado en el imaginario occidental y nos había dibujado tal como éramos realmente: complicadas, divertidas, furiosas, tiernas, plenamente humanas.
La guionista iraní Marjane Satrapi, premio Princesa de Asturias / EP
>> En 2014, publiqué una fotografía mía en Facebook. No llevaba hiyab. Era una fotografía tomada en privado, en un momento fuera del alcance de la policía moral. Les pregunté a otras mujeres iraníes si tenían fotografías así, tomadas en secreto, en los pequeños espacios que el Estado aún no había colonizado. Les pregunté si las compartirían.
>> Miles de mujeres, de todos los rincones de Irán, empezaron a compartir sus fotos. Cada una llevaba consigo una historia que nunca había dicho en voz alta. Cada una era una Marjane; no porque hubieran publicado nada, no porque el mundo conociera sus nombres, sino porque se habían negado, en sus vidas privadas, a desaparecer.
>> Esas historias formaron parte de la corriente que llevó a Mujer, Vida, Libertad. Pero siempre he sabido dónde aprendí por primera vez que las historias individuales, contadas con honestidad, podían mover algo en el mundo. Lo aprendí de una mujer llamada Marjane Satrapi, que decidió que nuestras vidas merecían la atención del mundo.
>> Al final murió de tristeza. Pero vivió, plenamente, tercamente, exactamente como ella misma, todo el tiempo que pudo. Y quien intente borrar su nombre descubrirá, como descubren siempre los que borran, que ella lo trazó demasiado hondo para poder deshacerse”.
