Fotomontaje del expresidente de la Generalitat y líder de Junts Carles Puigdemont

Fotomontaje del expresidente de la Generalitat y líder de Junts Carles Puigdemont

Política

Las últimas semanas de Puigdemont en Waterloo

El expresidente de la Generalitat volverá tras las elecciones generales del próximo 29 de noviembre

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Aún no hay cajas precintadas ni camiones de mudanza en la Casa de la República, pero casi. El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont pasará las Navidades en Girona.

Será el último de los fugados en volver tras el regreso del exconseller Lluís Puig el pasado miércoles --que fue recibido con mucho más entusiasmo en el Parlament que en las calles de su Terrassa natal-- y del exconseller Toni Comín, que tras recoger su acta de eurodiputado en Madrid --lo primero es lo primero-- cruzará la frontera hispanofrancesa a pie este sábado.

El líder de Junts quiere esperar a después de las elecciones generales del próximo 29 de noviembre porque no desea que su llegada se interprete como algo político, sino como un retorno institucional, pero tampoco las tiene todas consigo de que no haya algún revés procesal de última hora, pues aún falta que el Tribunal Supremo extinga su responsabilidad penal.

Aún con la orden de detención levantada --esto sí ha animado ya a Comín y a Puig, aunque este último ha confesado alguna excursioncita previa en La Garrotxa cuando vivía en el sur de Francia--, su abogado Gonzalo Boye le ha recomendado esperar. Y así sucederá, mientras disfruta de sus últimas semanas en su chalet de Waterloo y España vota.

Vida solitaria y tranquila

Ajeno al ruido político patrio, el expresident disfruta de una vida solitaria y tranquila. No parece difícil en este acomodado barrio residencial de las afueras de Bruselas, donde llueve igual de a menudo que en la Grande Place pero no hay nunca atascos, ni colapsos, ni apenas ruido. Solo gente muy discreta que hace recados sin prisa y jardines y árboles verdes, muy verdes.

Fue en este lugar donde, tras un primer intento en un piso más modesto en Lovaina, el líder de Junts plantó la senyera y la bandera europea, le puso nombre a la casa y la convirtió en su centro de operaciones; por el que, entre otras muchas gentes, han pasado políticos retirados y en activo de casi todos los colores. Alguno de ellos en la más estricta confidencialidad.

Dice Puigdemont, no obstante, que abre la puerta a todo el mundo. Y así pasa los días el expresident, compartiendo impresiones con quienes van a verle y leyendo, aunque no la prensa.

También escribe. Y su entorno le presiona para que publique unas memorias más personales que políticas sobre estos nueve años fuera, algo que en todo caso hará cuando se jubile, pues sigue siendo el líder del principal partido de la oposición en Cataluña, heredero del más importante de su historia y, además, responsable directo del reciente adelanto electoral.

Junts, pendiente

Esto parece quedarle lejos, y no solo físicamente. Puigdemont teoriza y reflexiona, pero no negocia decretos. Escribe artículos muy largos en X, antes Twitter, pero no hace tuits.

Da la sensación de que, si fuera por él, llevaría años completamente fuera de juego. Algo que no ha sucedido porque su liderazgo es de los pocos consensos incuestionables entre las cada vez más distintas familias que integran Junts, que solo se ponen de acuerdo en convencer a Puigdemont de que siga para posponer lo que sucederá cuando se retire del todo.

También piensa en todo esto, de forma muy íntima. Sin que los líderes terrenales de Junts sepan responder a casi ninguna pregunta relacionada con el porvenir de Puigdemont. Muchos de ellos, de hecho, se enteraron de que no hay ninguna opción de que ejerza como jefe de la oposición en el Parlament al emitirse su entrevista con Jordi Basté, la semana pasada.

Contempla varios escenarios, afirmó, aunque todo depende de lo que huela cuando vuelva. Dice que está al día de todo, pero que le falta verlo, mirarlo y olerlo. Por ahora, parece que sus compañeros de partido solo le han advertido de que hay gente muy enfadada con la inmigración --y competencia por estos votos-- y de que los trenes no funcionan.

Futuro incierto

Pero tampoco Cataluña es la misma que en 2017 desde otros tantos puntos de vista. Hoy no hay un Govern suicida y decidido a romper España, ni la consecuente división social de entonces, ni está en peligro la seguridad jurídica mínima que exigen las empresas para no mudarse a otras latitudes. Hay otros problemas, pero no esos.

Puigdemont también tendrá que decidir cómo quiere recordar todo aquello cuando regrese. Pues, al menos a él, no parece que le den las fuerzas para volver a hacer nada más que charlas y coloquios --como hacen el resto de expresidents-- y quizás alguna conferencia sobre lo que debe aprender la democracia española del país de los mejillones, pero poco más.

Por lo pronto, nueve años después y a pocas semanas de volver, el todavía fugado medita en Waterloo, donde curiosamente también se encuentra la iglesia de San José, última construcción española en suelo belga y construida con el objetivo de suplicar a Dios que el entonces rey Carlos II de Habsburgo tuviera un heredero y no muriera sin descendencia.

No sucedió, lo que dio pie a una Guerra de Sucesión que el independentismo sitúa como el momento histórico en que Cataluña pierde su "libertad", en 1714. Una fecha que aparece en varios cuadros del salón de la Casa de la República, como se aprecia en la entrevista de Jordi Basté.