Cataluña ha vivido esta semana la primera fiesta de bienvenida a los fugados del procés sin la notoriedad esperada.
Tras la aplicación de la amnistía por parte del Tribunal Supremo, el primero en regresar ha sido el exconseller de Cultura, Lluís Puig, a quien su partido le montó un ongi etorri particular en su Terrassa natal el pasado miércoles, mientras el Parlament presidido por su colega Josep Rull hizo lo propio ayer jueves.
Miembro del Govern del referéndum ilegal del 1-O, fugado primero en Bruselas y posteriormente en el sur de Francia, aprovechó la convocatoria diaria de los Cants per la Llibertat de la ciudad egarense, una iniciativa ciudadana ininterrumpida desde 2017, para celebrar su "libertad".
El acto, que apenas reunió a unos pocos centenares de personas, quedó eclipsado, no obstante, por el de Oriol Junqueras en Sant Vicenç dels Horts, que por su parte festejaba que, pese a que él ya fue indultado hace cinco años, ahora podrá volver a dar clases en la universidad.
El que le organizó Rull a Puig en la Ciutadella —apenas un aperitivo del que se prevé para cuando vuelva Carles Puigdemont—, fue más de lo mismo.
Los condenados Mas, Valtònyc y Laura Borràs, en el palco
Puig apareció en el Parlament a las 15:00 horas de ayer jueves, según lo previsto, acompañado de toda la cúpula del procés. Desde el expresident Artur Mas al propio Junqueras, desde el rapero Valtònyc —se hicieron muy amigos en Bélgica— a la expresidenta del Parlament Laura Borràs.
También estuvieron Carles Mundó, Santi Vila y Joaquim Forn, con quien Puig compartió Consell Executiu, y los diputados de Junts, ERC, Comuns y Aliança Catalana —Sílvia Orriols no dejó de aplaudir— que tenían pleno normal.
Rull le organizó una danza folklórica junto a la escalinata principal y, tras ella, el exconseller de Cultura —y diputado electo de Junts en las pasadas elecciones— subió a la planta noble, donde empezó a abrazarse con todo el mundo.
Falta de gritos de "independencia"
No hubo ni un grito de "independencia", como era habitual en otros tiempos, aunque sí una cierta nostalgia en todas partes de ver a ERC y a Junts tan aparentemente fraternales, aunque ni lo fue entonces ni lo es, por descontado, ahora.
El acto siguió con una recepción oficial en el Despacho de Audiencias, unas palabras cariñosas de Rull a Puig y a su familia —que ocupó el palco entero del hemiciclo—, y la oportunidad de dirigirse a la Cámara, donde había varios sillones vacíos. Entre ellos, el del actual president Salvador Illa, con quien ya se había reunido en privado y discretamente el día anterior --comunicó Palau—.
Sin pena ni gloria
Puig se esmeró en retirar el lazo amarillo que reposaba sobre su sillón, buscando la foto, pero desde el atril no dijo nada especial. Sí remarcó, como no podía ser de otra forma, que sigue siendo "convencidamente independentista", como hará Puigdemont y como hace a diario su partido.
También dijo ser plenamente consciente de que Cataluña ha cambiado mucho en los nueve años que ha estado fuera.
Y, probablemente, hace una década, un acto así de simbólico hubiera tenido una trascendencia mucho mayor. O al menos no hubiera dejado tan frío al independentismo.
'Show' de Toni Comín
El acto del también fugado y amnistiado Toni Comín, que el sábado cruzará la frontera hispanofrancesa a pie, parece abocado al mismo éxito.
Más aún con la mala fama que se ha labrado el eurodiputado —acusado de acosar a su asesor en el Parlamento comunitario y de gastarse el dinero del Consell de la República en coches, comidas y todo tipo de lujos—. Además, ayer prefirió pisar Madrid para prometer la Constitución y poder tomar así su acta cuanto antes.
Con Puigdemont, naturalmente, será otra cosa.
Pero por lo pronto, el primer ongi etorri de los fugados del procés deja muy frío al independentismo.
