Nicolás Redondo Terreros, ex secretario general del PSE

Nicolás Redondo Terreros, ex secretario general del PSE Europa Press

Política Entrevista

Nicolás Redondo: “Puigdemont le ha ganado a Sánchez todas las confrontaciones y de eso sale una España democrática más debilitada”

El exdiputado y ex secretario general del PSE-PSOE expresa, desde el respeto, su rechazo al aval del Tribunal Constitucional a la Ley de Amnistía del 'procés' y se muestra partidario de que socialistas y PP lleguen a acuerdos ante "la capacidad de decisión de los nacionalistas"

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Nicolás Redondo Terreros (Portugalete, 1958) es una de las figuras que, desde dentro del PSOE, han expresado su rechazo a la Ley de Amnistía del procés, un posicionamiento que llegó a costarle la expulsión del partido en 2023.

Hijo del histórico líder sindical Nicolás Redondo Urbieta —secretario general de UGT desde 1976 hasta 1994 y diputado socialista desde 1977 a 1987—, Redondo Terreros vive hoy la actualidad política desde fuera de ella, después de haber sido uno de los referentes de la política vasca durante los años más duros del terrorismo de ETA.

Su trayectoria se caracterizó siempre por su defensa del Estado de Derecho y su postura crítica respecto al nacionalismo, ya desde sus tiempos como secretario general del Partido Socialista de Euskadi (PSE-EE), con el que fue diputado en las Cortes (1993 a 1997) y en el Parlamento Vasco en dos etapas (1984 a 1993 y 1998 a 2002). Hoy preside la Fundación para la Libertad, dedicada al análisis, la reflexión y la difusión de los valores democráticos.

A escasas semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, Redondo Terreros repasa la agitada actualidad política en esta entrevista con Crónica Global.

-Pregunta: ¿Qué le parece que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, haya adelantado las elecciones? ¿Le ha sorprendido?

-Respuesta: No me lo esperaba, pero esta legislatura nació muerta, en realidad. O no debió iniciarse nunca, mejor dicho. No sé por qué lo ha hecho. Me ha sorprendido en el sentido de que podía ser en cualquier momento, pero todo el mundo pensaba que lo alargaría hasta el final. No lo sé, ni tengo mucho interés.

-¿Y la convocatoria de una huelga general del 11 de noviembre por parte de los sindicatos mayoritarios, apenas un par de semanas antes?

-En esta cuestión quiero ser muy delicado por ser quien soy. Las huelgas generales siempre son por motivaciones laborales, pero tienen un alto grado de contenido político. No sé si lo han meditado mucho, porque todo el mundo puede entender, o hay gente que puede entender, que el trasfondo político es uno muy determinado, que no beneficia nada a su crédito.

-Por eso lo preguntaba. Se hace un poco extraño que, después de ocho años de Gobierno del PSOE, la huelga sea justo ahora, a las puertas de unas elecciones...

-Ha habido motivos probablemente suficientes desde el punto de vista de los líderes sindicales de antaño para que hubiera una huelga antes. La situación de la juventud es muy precaria. Recuerdo que la del 14 de diciembre [de 1988] se desencadenó, entre otros motivos, por el Plan de Empleo Juvenil. Fíjese ahora cómo está la juventud en relación con aquellos tiempos.

La verdad es que ha habido motivos y razones para protestar antes. Pero que quede claro que, sobre todo, no se puede engañar a la gente: las huelgas generales tienen un claro trasfondo de enfrentamiento político. Entonces, se tiene que saber contra quién es el enfrentamiento político.

-¿Y cómo ve la aprobación de los decretos de vivienda a través de la Diputación Permanente, después de que se hayan disuelto las Cortes y de que el Congreso las rechazara días antes? ¿Le parece ortodoxo o anómalo?

-Es anómalo. Eso es utilizar la Diputación Permanente, que lo que hace es salvaguardar un tiempo en el que no existe el Congreso, para ir en su contra. No puede ser, no debería ser, y es un precedente que espero que se quede en eso. A mi juicio, es un evidente fraude político.

-Una de las razones que ha esgrimido el presidente Sánchez para convocar las elecciones es que este Parlamento no se parecía “a la calle”. ¿Qué le parece esa afirmación?

-Son formas de hablar peligrosas. Este Parlamento que no representa a la calle es el que le hizo presidente, el que aprobó la Ley de Amnistía y, durante estos tres años y pico, por acción o por omisión, le ha mantenido. Por lo tanto, él sería presidente por un Gobierno que no representa a la gente. Es una visión muy poco democrática de lo que son unas elecciones y lo que es un legislativo.

Pedro Sánchez ha mantenido el Congreso secuestrado durante estos tres años y pico a través de decretos-ley, y el salto definitivo y cualitativo ha sido la utilización de la Diputación Permanente para ir en contra de lo que ha decidido la Cámara.

-¿Qué balance hace de esta legislatura?

-Nunca debió iniciarse. Pudo haber otras alternativas, acuerdos entre PSOE y PP de diversa naturaleza, o bien convocarse otras elecciones.

No se ha visto en un país democrático occidental que el segundo partido en resultado electoral recurra a otro que tiene a su máximo dirigente huido de la justicia para obtener los votos a cambio de la amnistía para ser presidente del Gobierno. Eso me parece inaudito, sorprendente y que no está dentro de las costumbres y hábitos democráticos. Está dentro de la legalidad, pero no forma parte de esos hábitos, ni de los dirigentes que respetan el sentido de lo que es una democracia.

-¿Qué es lo peor del legado de estos últimos años de mandato? ¿La amnistía?

-La amnistía es una cuestión muy concreta, que fue el principio de una impugnación a la justicia en general. En este caso, al Tribunal Supremo. Y fue a cambio de ser presidente. Eso devalúa el motivo de la amnistía, el objetivo que dicen que tenía. El otro día, el ministro de Presidencia y Justicia, Félix Bolaños, reconoció en una entrevista que se debía a que necesitaban los siete votos para la investidura.

En cualquier caso, el saldo personal de Sánchez es que Puigdemont le ha ganado todas las confrontaciones políticas, quieran verlo o no. Y de esas derrotas de Pedro Sánchez ha salido una España democrática más debilitada, con una crisis política evidente.

-Sin embargo, el Tribunal Constitucional acaba de avalar esa Ley de Amnistía.

-Estoy en contra de esa decisión del Tribunal Constitucional. La propia justificación del preámbulo, que es más extenso que la propia ley [la busca de la concordia en Cataluña] está invalidada por las últimas declaraciones del ministro Bolaños.

Eso es lo que creo, pero por encima de todo lo que hago es respetar las decisiones de los tribunales. Y respeto la del Constitucional, aunque no lo comparta en absoluto. Creo que devalúa la solidez del Estado democrático y el respeto al equilibrio de los poderes en los que se basa.

-Y ahora Sánchez ha apuntado la posibilidad de indultar al ex Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, condenado por revelación de datos reservados…

-Cuando suceda, hablaremos. Lo malo de toda esta situación de crisis es que todo puede pasar, y que esto que resultaría inverosímil, adquiere carta de naturaleza, porque hasta las mayores barbaridades pueden ser realizadas. Y esta, en todo caso, la ha propuesto como posibilidad el propio presidente del Gobierno, lo cual me parece inaudito. Pero iría más en esa impugnación sistemática que hacen de la Justicia y, concretamente, del Tribunal Supremo.

-De cara al futuro, ha apuntado usted la idea de que haya pactos entre PSOE y PP. ¿Cree que eso serviría para revertir la inestabilidad e incertidumbre de la política española?

-Eso es imposible hoy con Pedro Sánchez, que ha ocupado el PSOE. Y los acuerdos con el PP seguirán siendo imposibles durante un tiempo. Y más teniendo en cuenta que nunca hemos sido muy proclives los españoles a llegar a grandes acuerdos entre PSOE y PP.

-Usted, cuando usted dirigía el Partido Socialista de Euskadi (PSE), después del pacto de Estella defendió el acercamiento entre su partido y el PP. Es decir, es algo que ya se ha intentado en el pasado.

-Sí, y fruto de ese esfuerzo fue el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que tuvo la oposición inmediata de todo el nacionalismo y, después, del PSC en Cataluña.

Los pactos entre PP y PSOE, en una democracia como la nuestra, son más necesarios que en cualquier otro país con democracias sólidamente asentadas.

Hay problemas y retos que un Gobierno no puede afrontar solo si no es con el acuerdo del otro partido. Y esos acuerdos entre el PP y el PSOE, como limitan la capacidad de determinación de los nacionalistas, siempre cuentan con su oposición. Todo son evidencias en relación con esa realidad.

-¿Se debería cambiar la ley electoral para facilitar que se alcancen esos grandes pactos de Estado?

-Estamos en una situación de polarización y enfrentamiento que hace imposibles esos acuerdos. En todo caso, los políticos responsables tienen que intentar bajar ese grado de tensión y recordar que los países sólo progresan en posiciones de reformismo y moderación.

-Desde que impulsó la Ley de Amnistía después de las elecciones de 2023, el Gobierno ha dicho que contribuye a la “pacificación” de Cataluña. ¿Lo cree?

-La situación en Cataluña se debe a la derrota del nacionalismo cuando impulsaron ese pronunciamiento decimonónico. El Estado fue más fuerte, y pensaban que sería más débil. [El independentismo] no obtuvo ningún apoyo internacional, y pensaron que iban a contar con ello. Hubo unas fuerzas de seguridad y una justicia que actuó de forma proporcional y democrática. Eso les llevó a un aislamiento evidente y a una debilitación clarísima. No hubo grandes cancillerías que se rindieran al victimismo del nacionalismo, ni países que se solidarizaran. Nadie le prestó atención al pronunciamiento catalán. Eso les debilitó y es lo que hay que tener en cuenta.

A un Estado se le respeta cuando actúa dentro de los límites de la ley y de la autoridad de la que es legítimamente depositario. Y punto final. En España ha existido una confusión por nuestra Historia entre un Estado autoritario y un Estado con autoridad. Y, como en aquel momento pasábamos una situación difícil por la crisis económica y por los casos de corrupción, eso hizo pensar al nacionalismo catalán que era el momento oportuno. Pero, aún así, el Estado, la Historia de España, se impuso. Esa es la realidad.

No sé si hoy existe en Cataluña más libertad, más respeto a la pluralidad, al diferente, a las minorías… Tengo la impresión que no.

-¿Ese rechazo a la amnistía fue la causa de su expulsión del PSOE en 2023?

-Supongo que fue por eso. Me hicieron un primer expediente por una causa que demostré que no existía. Y, unos meses después, me abrieron otro por una comunicación que hice cuando decidieron la elección de la presidenta del Congreso por el acuerdo con Junts. Por desgracia, dije lo que iba a pasar, y ha pasado. Bueno, pues consideraron que era una indisciplina muy grande, decidieron en una ejecutiva abrirme un proceso de expulsión y les di un plazo para que se pronunciaran. Como no me contestaron, me consideré fuera del partido. Cosa que tampoco hoy me hace sufrir mucho, teniendo en cuenta cómo está el PSOE. No creo que represente las ideas de progreso, de reformismo, la vocación de amplias mayorías que tuvo en su momento.

-Uno de los elementos que parecen haber pasado más factura al PSOE en los últimos tiempos ha sido el asalto de la frontera de Ceuta desde Marruecos, por la impresión de cierta pasividad del Gobierno en esta cuestión…

-Es un momento crucial en nuestra Historia reciente, creo que en el futuro se hablará mucho del capítulo de Ceuta. Me da la sensación de que en esta crisis se concentran muchos de nuestros pesares, de nuestros males. Se demuestra que un país como Marruecos tiene una capacidad exterior que parece más grande que la nuestra, se demuestra que el Gobierno no supo defender nuestras fronteras, y que estamos en una situación de debilidad frente a Marruecos.

Todos estos datos están encima de la mesa. Y yo soy partidario de unas relaciones pacíficas con Marruecos, porque somos vecinos, pero esas relaciones tienen que ser en un plano de igualdad, no de supeditación.

Y, a todo eso, se juntan dos cosas que me parecen sobresalientes. Por un lado, la negativa, que es el comportamiento de Pedro Sánchez después de la invasión, es inaudito. Es increíble —y ahora más, sabiendo que hubo incluso fragatas marroquíes— que el presidente del Gobierno se fuera de vacaciones con toda la crisis de Ceuta abierta. No hay precedentes en la Historia, y estoy convencido de que no los habrá, de una dejación tan grande, una sensación de darle poco valor o importancia a las cuestiones transcendentes, de banalidad, en esos días terribles.

Pero la crisis de Ceuta tocó algo que muchos creían muerto o desaparecido, y que existe. Es el sentimiento nacional. Cada día que hablaban sus ciudadanos y ciudadanas, y las mujeres lo hacían con mucha contundencia, durante el mes de agosto en una televisión o periódico de tirada nacional era un grito o un reclamo de solidaridad, de angustia y de sentimiento nacional entendido desde el punto de vista cívico y democrático. Fue un ejemplo maravilloso de comportamiento de la población ceutí. Y fue el descubrimiento, para muchos, de que existe un sentimiento de nación, como existe en Francia y en otros muchos países europeos.

Esto lo habíamos visto en la DANA, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco en su día... Lo vemos cuando se tiene que ver, ya sea en momentos de alegría o de gran tristeza y dramáticos. Y ese sentimiento afloró con fuerza. Y con un tono y una naturaleza cívica y democrática.

Un ejemplo de todo ello es el presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, que ha mantenido la dignidad de la política por encima de los avatares mezquinos y grises de la mayoría.

-¿Esa ausencia del sentimiento de nación en España, que sí se manifiesta en momentos puntuales, ha sido una de las grandes victorias del nacionalismo? ¿Ha habido complejos frente al nacionalismo periférico en esta cuestión?

-Sí, nuestra historia nos hace estar acomplejados ante ciertas realidades. El franquismo, la transformación de los partidos políticos de izquierdas en partidos de identidades, al final nos han llevado a esa situación de un cierto desprecio o menosprecio a la idea de nación, aunque sea una realidad histórica que se va construyendo a lo largo de los siglos. Pero aparece cuando tiene que aparecer en los países democráticos.

Es verdad que el nacionalismo vasco y catalán, desde su fabulación histórica, han logrado imponer un cierto criterio a una parte de la población española, que termina como avergonzada de una realidad que, como todas, tiene sus momentos de brillantez y de sombra.

Y tenemos que decir que nuestra realidad es extraordinaria, en términos generales. Nosotros somos uno de los cuatro o cinco países de Europa que están en la primera página de la Historia. Y nadie puede entender la Historia de Europa y de Occidente sin la Historia de España. Tenemos esa posición privilegiada, y parece que nos avergüence.

Cosas propias de un país, o de una clase de dirigentes, que no conoce su Historia, y que termina condicionada por los clichés de fábula o de quimera de un nacionalismo al que le hemos dejado demasiada cancha en ese ámbito de resentimiento.

También es verdad que tiene su justificación, teniendo en cuenta nuestro pasado reciente de las dos Españas, de guerras civiles. Es evidente que eso es un hándicap, un obstáculo, cuando tienes unos nacionalismos que quieren imponer su visión de la Historia. Y no es una visión correcta, ni científica, ni nada. Hemos sido acomplejados.