Sesión de control en el Parlament con sabor a elecciones generales.
La de este miércoles era la primera desde el adelanto anunciando el lunes por el presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Y tanto el rechazo de Junts a los decretos de vivienda que empujó a los socialistas a avanzar los comicios como la propia carrera por la Moncloa han eclipsado todo lo demás, que no era poco tras el reciente aval definitivo de la justicia a la amnistía y una nueva mañana sin trenes tras una huelga sobrevenida de los maquinistas aún por esclarecer.
Quien más se ha puesto el mono de campaña ha sido el propio presidente de la Generalitat, un Salvador Illa consciente de las facilidades que le ha supuesto gobernar en Cataluña con un amigo en la Moncloa y también de las encuestas que apuntan a una holgadísima mayoría de PP y Vox, no irreversible pero sí muy probable, el próximo 29 de noviembre.
Illa, volcado
El líder socialista ha dado pistas sobre el tono que cabe esperar las próximas semanas en la Ciutadella: el Govern se volcará en que si Sánchez no suma, como todo apunta, no sea por los votos de los catalanes, que ya le permitieron seguir en el Gobierno tras las elecciones de 2023.
Paralelamente, buscará reconducir a Junts, que formó parte de aquella ya lejana investidura negociada en Suiza pero que ha acabado precipitando el final de la legislatura, algo que no entraba en los planes de Sánchez y que Illa les ha reprochado duramente este miércoles, acusándoles de haber abandonado la "coalición progresista" --que nunca fue tal-- para pasarse a la "coalición involucionista", como ha bautizado al club que formaron el pasado viernes junto a PP y Vox para tumbar los decretos de vivienda.
El presidente de la Generalitat, Salvador Illa
Junts, rebotado
Junts ha respondido que al Gobierno no le importaba para nada la crisis habitacional, sino que lo único que buscaban era una excusa para convocar elecciones. Una ventana de oportunidad --las protestas por la vivienda y la huelga general que viene-- para que no se hable de otra cosa y poder obrar lo que a todas luces parece un milagro.
Su jefa de filas Mònica Sales también ha aprovechado para labrar su batalla particular con ERC. Haciendo ver que tanto su apoyo a Sánchez como su alianza con Illa "no han servido para nada" y listando todo lo que habían acordado entre los tres en los últimos años y que quedará en un cajón tras la disolución de las Cortes Generales, con especial énfasis en el nuevo modelo de financiación, que fue el principal acuerdo de investidura entre los republicanos y el actual president.
El PP, convencido que su éxito en estas elecciones pasa por equivocarse lo menos posible, ha evitado, por contra, cualquier referencia al 29N.
Pero no así el socialista respecto a los populares, aventurándose a asegurar que Alberto Núñez Feijóo "no se merece el apoyo de los catalanes", reprochando el "escándalo del ático" de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso e incluso haciendo mofa respecto a una reciente confusión del candidato popular a la Moncloa entre el nitrógeno y el hidrógeno.
El lado correcto de la historia
"Cataluña estará en el lado correcto de la historia", ha advertido Illa, convencido de que es posible reiterar una nueva coalición de izquierdas aunque los restos de Sumar, reciclados bajo el Frente Amplio, no tengan ni siquiera candidata.
A eso esperan precisamente los Comuns para entrar al trapo mientras presionan a sus socios para que, esta vez, la lista la encabece alguien de los suyos --con el nombre de la exalcaldesa Ada Colau en todas las quinielas-- y convencidos de poder capitalizar la indignación social por la vivienda, que seguirá siendo protagonista en las próximas semanas.
ERC, posiblemente la formación que menos ganas tenía de que hubiera elecciones, está, por su parte, pendiente de Gabriel Rufián --el partido quiere que sea su cabeza de lista, pero él está "reflexionando"--; mientras Vox, crecido, no prevé cambiar ni una coma del discurso que le ha situado a un paso de doblar su representación y entrar en el Consejo de Ministros.
Por ver queda cómo reaccionará Aliança a un Parlament secuestrado por estos comicios, a los que no se presentan, y si son capaces de sortear unos meses de ostracismo mediático y la creciente presión de sus bases, que apuntan que se trata de un error que la líder ultraderechista Sílvia Orriols haya renunciado a los entre siete y nueve escaños que podrían sacar.
