Para Christiane Kerner, ciudadana de la RDA y férrea miembro del Partido Socialista Unificado de Alemania, el 7 de octubre de 1989 no era el mejor momento para entrar en coma.
Cuando despierta ocho meses después en un estado de salud extremadamente delicado, su hijo Alexander monta falsos telediarios para protegerla de la realidad cuando el Muro de Berlín ha sido derribado y el capitalismo ha triunfado en su amada Alemania Oriental.
Este martes, el magistrado del Tribunal Supremo, Pablo Llarena, ha levantado la orden de detención que pesaba sobre Carles Puigdemont después de que el Tribunal Constitucional haya avalado la aplicación de la amnistía al delito de malversación atribuido a los líderes del procés.
Carles Puigdemont
Nueve años más tarde, el expresident de la Generalitat puede volver a España. En su caso, la casi una década de exilio en Waterloo lo habrá capacitado para asimilar la actualidad política del país, por lo que, en lugar de construir la utopía de una Cataluña independiente –como se le podría ocurrir al Alexander de 'Good Bye Lenin' —, es más útil hacer una recopilación de la historia reciente.
Aquel día de otoño
Carles Puigdemont se fugó rumbo a Bélgica el 30 de octubre de 2017, tres días después de la declaración unilateral de independencia en el Parlament, acechado por la aplicación del Gobierno Rajoy del desde entonces célebre artículo 155.
A las puertas de aquel otoño, el 1 de octubre, las urnas habían sido dispuestas para recibir las papeletas de un referéndum ilegal en el que desembocaba el clímax del soberanismo catalán.
Imagen de archivo de una manifestación del independentismo
El barómetro del Centro de Estudios de Opinión (CEO) apuntaba que el apoyo a la independencia había alcanzado un histórico 58% en abril de aquel mismo año.
En el Parlament, las elecciones de diciembre acabarían dejando a los tres partidos independentistas con 70 de los 135 escaños (34 Junts, 32 ERC y 4 CUP), después de una participación cercana al 80%.
Ya sea que regrese triunfante o, como se ha contado que partió —escondido en el maletero de un coche—, la Cataluña que pisará próximamente es otra.
La bienvenida socialista
Volverá a una Cataluña gobernada por el socialista Salvador Illa, quien ha desplazado al independentismo de la hegemonía parlamentaria por primera vez desde 1980.
Un president que hace dos días animaba a los catalanes a votar con "responsabilidad" en las elecciones generales avanzadas para el 29 de noviembre para que Sánchez –cuya primera etapa al frente del Gobierno comenzó hace ocho años, pocos meses después del exilio de Puigdemont– no dependa de Junts en el caso de que se diera una milagrosa victoria progresista.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, en la Festa de la Rosa 2026 en Gavà (Barcelona)
En los telediarios, la insurrección popular ha pasado de las manos de la generación del 1-O en la plaza de Urquinaona de Barcelona a las de los inquilinos acampados en la plaza del Sol de Madrid en una protesta que días después han imitado las llogateres en la plaza de Catalunya.
Nostalgia de Waterloo
¿Estará preparado el expresident para los precios de los alquileres en Barcelona? —Si es que se decide por la capital como municipio de residencia—. Tal vez él también alce el brazo en la huelga general para sacudir las llaves de la que fue su mansión en Waterloo.
Miles de personas marchan en Barcelona por la vivienda: "Sánchez pone fecha a las urnas; nosotros, a la huelga general"
Aunque, teniendo en cuenta que su partido —con solo siete diputados pero con capacidad para inclinar prácticamente cada votación de la última legislatura—, impidió en el Congreso la aprobación de los dos decretos sobre vivienda propuestos por el Gobierno actual, mejor que se quede en casa (si la encuentra).
El cambio de viento
Puigdemont debería saber que desde 2017, los salarios han subido un 26%, pero los precios de los pisos se han disparado un 51% y los alquileres un 31%, lo que ha imposibilitado la mejora del poder adquisitivo, mientras el 82% de los jóvenes catalanes de entre 18 y 30 años sigue viviendo con sus padres.
Y es que, cuando el líder de Junts se fue, el principal problema para los catalanes lo constituían las relaciones entre Cataluña y España (48,9%), seguido por la insatisfacción política (40,5%) y el paro y la precariedad laboral (24,5%).
Ahora, la preocupación indiscutible es la vivienda (28%), seguida de lejos por la inmigración (10%) y la inseguridad ciudadana (10%), según el CEO.
Las tensas relaciones entre Barcelona y Madrid, que antaño angustiaban el día a día, hoy solo inquietan al 2% de la población.
Etapa de superación
La agenda mediática también ha dejado de gravitar obsesivamente en torno al eje nacional. Ahora trata (evidentemente) la vivienda, la financiación autonómica, el traspaso de Rodalies, las huelgas de docentes y, de forma ineludible, la presión de una demografía que crece a altas velocidades, con expats e inmigrantes incluidos.
La consellera de Economía y Hacienda, Natàlia Mas (1i), y el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (2i), durante el pleno de debate a la totalidad de los Presupuestos catalanes 2023 / EUROPA PRESS
Ante las nuevas urgencias, de los tres partidos aliados por la independencia en el Govern de 2017, es ERC quien prioriza la negociación de avances concretos —como la singularidad en la financiación autonómica o la condonación de 17.104 millones de deuda—, mientras un Junts cada vez más castigado por las encuestas ha mantenido una vía de mayor confrontación.
¡Cuánto has crecido!
Con todo, estamos cada vez más lejos de la Cataluña del ‘Som sis milions’ de Jordi Pujol. En primer lugar porque, banalmente, desde 2017, la población catalana ha crecido casi un 10%, alcanzando los 8,2 millones de habitantes, un salto impulsado casi en su totalidad por la inmigración.
Hoy, uno de cada cuatro catalanes ha nacido en el extranjero, una cifra que en ciudades como Barcelona se eleva al 32% de los residentes. La realidad es netamente más multicultural.
Residentes del Raval en el balcón antes del paso del papa León XIV por el barrio
En este contexto, donde el apoyo a la independencia había oscilado drásticamente hasta estancarse en torno al 43% en 2023, la frustración del sector soberanista ha encontrado una nueva válvula de escape que puede que Puigdemont no viera venir en 2017.
El personaje catalizador
La fragmentación del independentismo y la pérdida de fuelle de las movilizaciones masivas han abonado el terreno para la irrupción de una extrema derecha independentista: Aliança Catalana.
Miembros del partido de Aliança Catalana en la inauguración de su sede en Barcelona.
La formación liderada por Sílvia Orriols ha capitalizado el descontento convirtiendo a la inmigración en el chivo expiatorio de los problemas estructurales acumulados.
El grupo ultra se nutre sobre todo de votantes decepcionados provenientes de Junts y, en menor medida, de Vox. Las encuestas apuntan a un calado entre los más jóvenes, con un apoyo cercano al 25% tanto en la desencantada "Generación del 1-O" (nacida entre 1995 y 1999) como en los actuales votantes de 18 a 22 años.
Presente
Según el último sondeo de Ipsos, publicado este domingo en La Vanguardia, el PSC caería de 42 a 30 escaños; Aliança Catalana se dispararía de 2 a 30 y empataría con los socialistas.
Junts se desplomaría de 35 a 16. ERC resistiría, con 23, tres más. Vox subiría a 18, siete más, y el PP bajaría a 11. Los Comuns se quedarían en 4 y la CUP en 3.
Así, un frente independentista podría alcanzar hasta una mayoría superior a la de 2017, pero su primera fuerza esta vez sería Orriols, que no va a contar con la cooperación de ERC. Junts, por su parte, no podría ayudar mucho.
Todo ello, a pesar de que la formación ya ha avanzado que su estrategia es estrictamente autonómica y local, por lo que no se presentará a las próximas elecciones generales.
¿Cuándo llega el desenlace?
Este martes, en una breve comparecencia desde Waterloo tras la noticia de que el Supremo y el Constitucional han dado luz verde a su regreso, Puigdemont se ha limitado a reclamar una vez más que "la independencia es irrenunciable".
El discurso no despeja la duda de si Puigdemont regresará como aquel Lenin que saltó del tren en San Petersburgo para reanimar una revolución que languidece, o como un hombre de ayer, el último de los Romanov, que vuelve a un escenario político que ya no es el suyo.
