Jordi Canal, historiador, en Crónica Global

Jordi Canal, historiador, en Crónica Global Gala Espín Barcelona

Política

Jordi Canal, historiador: “La etapa de Pedro Sánchez me parece catastrófica para España y para la democracia”

El profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París reflexiona sobre la historia contemporánea del país hasta la etapa actual, y cree que uno de los problemas de la Transición fue "confiar en los nacionalistas como compañeros de causa"

Entrevista | Jordi Canal: "Decir que la Generalitat ha tenido 133 presidentes es una solemne tontería"

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

Jordi Canal (Olot, Girona, 1964) es historiador y uno de los académicos que, en los últimos años, han expuesto y denunciado la manipulación del pasado llevada a cabo por el nacionalismo catalán.

Profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, acaba de publicar Lecturas y escrituras. Pensando la Historia (2001-2026), una recopilación de más de 160 reseñas de libros centrados en Historia Contemporánea de España y otros países, y en temáticas como el nacionalismo, la monarquía, escritores e intelectuales, entre otras.

“Si uno lee el libro, puede ver algunas de las evoluciones de la historiografía española en lo que va de siglo XXI”, explica en esta primera parte de la entrevista con Crónica Global.

-La Historia de España es uno de los temas centrales de su nuevo libro. Una de las reseñas lleva por título ‘España, un país no excepcional’. ¿A qué se refiere?

-España no es una excepción en nada, no es un país fracasado, sencillamente tiene sus particularidades respecto a otros países europeos y americanos, pero no hay tantas diferencias como habíamos pensado. Quizá, también, porque durante algún tiempo nos habíamos acostumbrado a comparar España con países que habían tenido evoluciones muy distintas en distintos temas.

Es decir, cuando uno analizaba la industrialización en el siglo XIX, tenía la tendencia de compararlo con Gran Bretaña. Claro, lo estás comparando con el primero de la clase. O cuando se decía que el Estado, o la nación, no se han construido adecuadamente, se comparaba con Francia.

Quizás ahora nos hemos habituado a comparar con países más comparables: Italia, Portugal… y no flagelándonos permanentemente diciendo que somos un fracaso, cosa que no es cierta. España no es un fracaso ni una leyenda negra permanente. Todo eso son creaciones de un determinado momento, interesadas en algunos casos, pero que no tienen ningún sentido en la actualidad.

Es decir, España ha vivido un cierto complejo a lo largo de la Historia…

-Sí. De alguna manera, lo de la leyenda negra es una construcción y un invento en el marco de la competencia entre monarquías en la época imperial española. Era una manera paralela a la de las armas —por decirlo de alguna forma— para desprestigiar a la monarquía. Y eso ha continuado, y se le han sumado otras cosas.

El problema de esa leyenda o idea del fracaso es que los españoles acabaron integrándola. Y ha quedado, en el siglo XIX, XX, e incluso en la actualidad, un cierto complejo de inferioridad. Eso ha lastrado, en muchos casos, la propia evolución de España. Y ese hipercriticismo que mantenemos los españoles no es nada sano.

Hay algunos momentos en los que salimos de eso. Pienso, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de 1992. Pero, en general, tenemos cierta tendencia a minusvalorar nuestras posibilidades. Con eso no quiero decir que todo esté bien. Pero sí tenemos cierta tendencia a pensar que somos diferentes y peores, y eso no responde a la realidad histórica ni a la actual.

Otro de esos momentos en los que, quizá, se siente con menos complejos esa visión de la Historia de España es la Transición a la democracia, ¿no? Y, sin embargo, desde determinados ámbitos políticos se intenta desprestigiarla, aludiendo a ella como “Régimen del 78”. ¿Qué le parece ese desdén?

-Intentar mirar el pasado desde la memoria no es lo mismo que mirarlo desde la Historia. La memoria recupera el pasado en función de los intereses del presente y, por tanto, en muchos de los casos es anacrónica. En cambio, el historiador intenta entender el pasado a partir de los elementos que se dan en el pasado, a partir de un tiempo determinado que ya no es el nuestro.

Aquí estamos en un juego de confusiones. Y creo que el tema de la Transición, por razones políticas —la memoria y la política van de la mano casi siempre— se está mirando como que las cosas no se hicieron bien. Pero ese planteamiento creo que cae en un anacronismo. En la Transición no había un plan establecido, se construyó día a día. Y en muchos momentos de la Transición no se sabía muy bien con qué se iba a levantar uno: un día era un atentado de ETA, otro de otros grupos, los rumores en los cuarteles… Había incertidumbre y, por tanto, se avanzaba poco a poco.

Pero había unos principios básicos: ir hacia un Estado homologable a los europeos, hacia un régimen democrático. Más allá de eso, existían múltiples posiciones, y todo el mundo se adaptó, en cierta manera, excepto los que quedaron fuera del sistema.

Hay que recordar la capacidad de adaptación de un partido como el PCE, que renunció a dos o tres de sus principios para que saliera bien: renunció a la bandera republicana, aceptó la monarquía, renunció a la idea de revolución… Hay que reconocer que Santiago Carrillo, en ese momento, estuvo a la altura, aunque en otros de su pasado las cosas son más discutibles (en la Guerra Civil o en los años 50-60, por ejemplo). Y ahí todo el mundo cede, porque hay un objetivo común.

-¿Y por qué recibe críticas?

-Visto desde hoy, desde esa perspectiva anacrónica y memorialística, se da por supuesto que las cosas salieron bien, pero se dice que hubo errores graves. Por ejemplo: que no se convocó un referéndum sobre monarquía y república. No se convocó porque era imposible en ese momento, quizás hoy se podría hacer, pero en 1975, 1976, 1977... era inviable. Y el primero que lo entiende es Carrillo y el PCE. Eso significaba reabrir las heridas. Y lo que hacen los políticos de aquella época, y por eso les rendimos, en cierta forma, homenaje, es aparcar determinadas cuestiones que dividían a los españoles y buscar las que les unían para construir un futuro.

El problema es que todas esas alusiones despectivas al “Régimen del 78”, o a tantas cosas, desde un punto de vista histórico, no se sostienen. Ni la idea de la amnesia y el olvido. No hubo un pacto de olvido. En la Transición, de hecho, hubo un exceso de recuerdo, que es todo lo contrario. En la prensa y las revistas y editoriales se publicaba mucho sobre la Guerra Civil, olvido no hay. Lo que sí hay es lo que Santos Juliá definió como “echar al olvido”, que no es olvidar. Se echa al olvido, sin olvidar, para poder construir. Lo importante era construir una democracia. Y eso es lo que lleva a aparcar las experiencias negativas del pasado, a saltar por encima de lo que nos desune, y a no volver a cometer los errores del pasado.

Esa es una de las grandes claves de la Transición y de sus políticos: que se puedan sentar en una misma mesa Santiago Carrillo y Manuel Fraga cuando tienen trayectorias absolutamente distintas, y modelos distintos. Pero se pueden reunir y llegar a un acuerdo como la Constitución de 1978, que es la que nos permite vivir juntos.

Cuando no se analiza desde el pasado, sino desde los prejuicios de hoy, se está cometiendo el peor de los pecados de los historiadores, que es el anacronismo. No se puede intervenir en clave de presente sobre el pasado, porque el pasado es otro, y las cosas funcionaban de otra manera. No se puede pedir “conciencia nacional” a Jaime I, por ejemplo, cuando eso no existe en su época, ni existen las naciones. Eso es hacer trampa.

Habla de Jaime I y de la falta de conciencia nacional en su época. ¿Tiene España un problema con su propia identidad nacional, o un cierto complejo con esta cuestión? ¿Desde cuándo es así?

-Si tomamos desde finales del XIX, todo el siglo XX, y hasta hoy, lo único que se repite en todos los momentos es la cuestión nacional: con el surgimiento de los nacionalismos catalán y vasco a finales del siglo XIX, con la discusión sobre la Mancomunitat en la segunda década del XX, con la represión contra los nacionalismos en la etapa de Primo de Rivera, con la discusión sobre los Estatutos de Autonomía durante la Segunda República, en la guerra civil también fue un factor que cuenta (no el único), con el franquismo y el intento de imponer un españolismo duro...

Al llegar a la Transición, la solución que se busca en ese momento para solucionar la cuestión nacional es el Estado de las Autonomías, que relativamente ha funcionado hasta finales del siglo XX o principios del XXI. Ahora tiene sus problemas, y volvemos a estar con la cuestión nacional sobre la mesa. El procés es un buen ejemplo de ello, y las discusiones sobre si España es una nación de naciones u otra cosa…

-¿Y hoy en día?

-Yendo a lo más reciente, vivimos una etapa en la que el Gobierno, un poco ya terminal y crepuscular de Pedro Sánchez se mantiene gracias a la conflictividad nacional. Y también han surgido partidos nuevos que tienen la cuestión nacional en el centro, como Vox, que reaccionan frente a otros planteamientos en ese ámbito.

Creo que ese fue el tema mayor en la España del siglo XX. Y, si lo tomamos en la época actual, vivimos en ese Estado de las Autonomías que, en algún momento, habría que arreglar. Un Estado de las Autonomías pensado en un momento en el que los políticos intentaban entenderse, y confiaban más o menos unos en otros.

Pero el despliegue del Estado de las Autonomías mostró rápidamente sus grietas. También lo hemos visto en la deslealtad permanente de los nacionalismos catalán y vasco frente al Estado. Seguimos viviendo eso en la actualidad.

-¿El actual momento político, tan crispado en España, tiene algún parangón histórico? ¿Está faltando justo lo que hubo en la Transición, esa capacidad de entendimiento y de renuncias, de unos y otros, para llegar a acuerdos?

-Tampoco es excepcional. Pero quizás tiene algún punto en que sí lo es. Estamos ante un Gobierno que está totalmente atado a los independentismos, sean los herederos de ETA, sean los procesistas; que está atado también al populismo de Podemos, aunque a veces lo apoya y a veces no, pero los necesita.

Es un Gobierno atado, y con un presidente con casos de corrupción en su marco político y en su propia familia. Está abierto el caso de su mujer, de su hermano, y el de quien se había convertido en gurú del PSOE, Rodríguez Zapatero, que además representaba su “más de un siglo de honestidad” en el momento actual.

A todo eso hay que sumarle un presidente del Gobierno con un ego desmesurado, y con una voluntad de poder enorme en los últimos tiempos, que es capaz de utilizar y desechar a todo el mundo para salvarse él.

La suma de las tres cosas tiene consecuencias muy graves. Sobre todo, dos: una es que se está poniendo en peligro la separación de poderes y, por lo tanto, poniendo en duda la democracia. Creo que estamos ya en un régimen iliberal.

Eso, por un lado. Y, por el otro, se está poniendo en peligro otra cosa muy importante: el propio concepto de España. Porque, por el camino, por la necesidad de obtener los votos de los independentistas, se está troceando el Estado. No sólo eso: se sacaron de la manga la amnistía, los indultos, el perdón de deudas y, por tanto, ahí hay un chantaje permanente que el presidente del Gobierno acepta. Acepta de manera, yo creo, indecente.

Y con la suma de todo eso, los peligros para la democracia y los peligros para el Estado, me parece que hemos llegado a una situación muy grave. Aunque haya elecciones a corto plazo y cambien las tornas, buena parte de lo que se ha perdido por el camino no creo que sea recuperable, aunque llegue otro Gobierno.

Soy bastante pesimista sobre la herencia de los últimos años. Eso no quiere decir que la etapa anterior fuera brillante, ni la de Mariano Rajoy ni la de Rodríguez Zapatero. Pero la actual con Pedro Sánchez al frente del Gobierno me parece, para España y para la democracia, catastrófica. Y, además, para la situación de España en el mundo.

-¿En algún otro momento de la Historia se habían hecho tantas cesiones a los nacionalistas?

-No. Yo creo que nunca habíamos llegado a una situación como la actual. Los nacionalistas nunca están contentos, siempre están enfadados. Pero pueden estar muy contentos, porque están ganando mucho más ahora que con el procés. Se han topado con la suerte de tener los diputados que necesita Pedro Sánchez para gobernar. Y se han encontrado, al mismo tiempo, con un presidente del Gobierno, y quienes le rodean, un poco inmorales, en todos los sentidos de la palabra. También en el de poner su causa por delante de todo: del Estado, de la nación, de la democracia, de la separación de poderes… Y eso hace que las cesiones sean mucho más grandes y mucho más indecentes. Creo que esa cuenta la vamos a pagar durante mucho tiempo.

-¿Ha habido demasiada connivencia de la izquierda con los nacionalismos?

-Dice Félix Ovejero en su último libro que pensar que los nacionalistas iban a ser leales era ser profundamente ingenuo. Quizá sí hubo un cierto pecado de ingenuidad. Yo diría más por parte de la izquierda que de la derecha.

La izquierda, en el fondo, en la Transición considera a los nacionalistas catalanes y vascos como compañeros de causa, en el sentido de que han sido reprimidos por el franquismo, han estado en la lucha antifranquista y, por tanto, ‘son de los nuestros’. Y ese es uno de los grandes problemas de la Transición, haber confiado ciegamente en los nacionalistas como compañeros de causa, sin pensar. Quizás es que no se podía pensar así en ese momento. Creo que ninguno de los políticos españoles tenía en la cabeza las deslealtades que se producen desde 1980, en el caso de Cataluña, en la etapa de Jordi Pujol como presidente de la Generalitat.