Gabriel Rufián participa este miércoles en un acto político junto al diputado de Más Madrid Emilio Delgado que ha generado una gran expectación mediática, especialmente en la capital.
Las 500 entradas de la Sala Galileo Galilei, en efecto, se agotaron en solo cuatro minutos. Y, en base a las múltiples veces que el portavoz parlamentario de ERC ha sugerido que el espacio a la izquierda del PSOE debe reorganizarse, muchos confunden este coloquio con la primera piedra de una hipotética gran coalición con el republicano de candidato.
El propio Rufián ha asegurado que se siente igual de cómodo representando a la clase trabajadora de Cornellà que a la de Vallecas. Y mensajes como este –que constatan la evolución de un personaje que llegó al Congreso prometiendo irse 18 meses después y ya lleva diez años– le sitúan como un líder mejor valorado en España que, por ejemplo, Yolanda Díaz.
Su indiscutible ego, la evidente falta de carisma en la actual izquierda nacional y las encuestas que aseguran que, esta vez sí, Alberto Núñez Feijóo solo necesitará el apoyo de Vox para ser presidente del Gobierno, han hecho el resto; hasta el punto de convertirle en un reclamo televisivo, un icono en las redes sociales y, finalmente, un deseado presidenciable.
Explosión controlada
Pero poco tardaron tanto su partido como EH Bildu o el BNG en desmarcarse de esta supuesta candidatura única, si es que realmente estuvo en algún momento sobre la mesa que los independentistas formaran parte de ella.
Más allá de que Rufián creyera en algún momento que su partido se prestaría a diluir sus siglas en un paraguas junto a, por ejemplo, Izquierda Unida; el silencio de Oriol Junqueras al respecto es revelador.
Y es que al líder de ERC no solo no le molestan las peripecias de su pupilo, sino que cree poder sacar tajada si sus ocurrencias, la gran mayoría de ellas consensuadas, siguen calando en Madrid como hasta ahora.
Tacticismo
El portavoz republicano siempre ha planteado la cuestión desde un punto de vista táctico. Una llamada a "hacer algo", que será el principal tema del encuentro con Delgado, con el objetivo de frustrar la holgada mayoría que los sondeos le auguran a PP y Vox, con un peso creciente de una ultraderecha envalentonada por sus últimos resultados.
Una maniobra, habida cuenta de que el propio Junqueras está convencido de que Rufián volverá a ser el cabeza de lista de su partido en las próximas generales, para agitar el avispero y "en el mejor de los casos" poder seguir, cuatro años más, apoyando al Gobierno de Pedro Sánchez. Una posición en la que ERC se encuentra cómoda.
El plan perfecto
En este sentido, el escenario ideal para los republicanos es que partidos como Más Madrid, Podemos, IU y lo que queda de Sumar –que la semana que viene han convocado un acto en el que darán pistas sobre su propia hoja de ruta– articulen una candidatura "sólida" y renuncien a presentarse en territorios donde ya hay fuerzas nacionalistas de izquierdas.
Este acuerdo, soñado por ERC, implicaría que este Sumar 2.0 "entendiera" que postularse en Cataluña, Galicia o el País Vasco implica "tirar votos a la basura". Y sitúan como ejemplo lo sucedido en Aragón, con hasta tres candidaturas sin diferencias sustanciales que facilitaron el pasado 7 de febrero una cómoda victoria de la derecha.
Ese plan perfecto, que podría aupar a Rufián a los 14-15 escaños, tendría un último obstáculo: los Comuns, que también son una fuerza estrictamente catalana. Aunque nada que no pudiera solucionarse con un par de ajustes en las listas si Ada Colau, como se comenta en algunos círculos, es quien finalmente lidera la coalición a la izquierda del PSOE.
Mismo barco
En cualquier caso, con margen todavía de cara a unas elecciones que presumiblemente no se avanzarán, las fuentes consultadas apuntan que Junqueras y Rufián "están en el mismo barco". El lunes coincidieron en el 20º aniversario del programa de TV3 Polònia y departieron con normalidad, aunque a ambos les parece interesar su ficticia pelea.
Al exvicepresidente de la Generalitat, que quiere presentarse como candidato al Parlament cuando se le amnistíe la inhabilitación, le va bien, en este sentido, proyectar una imagen más cercana al independentismo clásico. Reacia a todo lo que tenga que ver con encajar en España e incluso indignada si alguien del mismo espacio lo propone.
Y al diputado, que siempre se ha enfrentado a las urnas desde una lógica nacional –salvo su sonado fracaso en las municipales de Santa Coloma–, también le suma credibilidad desafiar públicamente a su partido en pos de un supuesto miedo a la "llegada de los ultras". Por lo pronto, con ello ha conseguido abrir el debate y que haya movimientos.
