Hace unos días, escuché por boca de un representante electo nada sospechoso de ser de derechas ni anticomuns aquello de que "los más contentos con la moratoria hotelera de Barcelona son los del Gremi d'Hotels".

No es un argumento nuevo, ni una noticia flash que vaya a sacudir la actualidad, que estos días discurre a trepidante velocidad. Pero no por manida deja de ser cierta. Ada Colau gobernó Barcelona durante ocho años, dejando un reguero de incumplimientos, actitudes sectarias y, sobre todo, inversiones evitadas.

La más significativa fue el intento de abrir un hotel de la cadena Four Seasons en la llamada Torre Deutsche Bank, en la confluencia de Paseo de Gracia y avenida Diagonal. El Ejecutivo local de Xavier Trias (CiU) encarriló la operación, pero el gabinete siguiente de Colau la detuvo.

Como consecuencia, el dueño del rascacielos, KKH Property Investors, optó por construir viviendas privadas de altísimo standing. Tanto es así que el ático se terminó vendiendo por cerca de 40 millones de euros a una familia de potentados filipinos, explicó este medio. Fue la operación inmobiliaria más cara de la historia en la Ciudad Condal.

Del hotel jamás se supo. Four Seasons se fugó a Madrid y a Mallorca, donde sí invirtió en detrimento de nuestra urbe. La cadena se olvidó de la capital catalana, la borró de su pipeline por bien que la plaza les gustaba. Por el camino, tentó una apertura en el edificio de la Bolsa de Barcelona, pero la concesión administrativa lo impidió. Deutsche Bank estaba libre de inquilinos y cargas, pero no le gustó a Barcelona en Comú.

Casi sin solución de continuidad, se vetaron medio centenar de proyectos por medio de una moratoria hotelera, a la que siguieron dos planes hoteleros llamados Peuat. El primero lo terminó derribando el Tribunal Supremo, por cierto.

Aquella medida aún la pagamos. La planta hotelera de Barcelona se encareció, y mucho. Los precios alcanzaron niveles de burbuja. Las familias hoteleras de tota la vida perpetraron auténticos pelotazos en forma de ventas de activos con el precio por habitación elevadísimo.

Fue, pues, una contradicción: una medida que el equipo de la alcaldesa Colau vendió como protección de los ciudadanos débiles y vulnerables frente al exceso de turismo terminó alimentando a nobles linajes que ya tenían activos en su portafolio. Algunos family offices se hicieron de oro.

Desde el sector recuerdan que aquello aún lo pagamos. El veto a la nueva inversión provocó el envejecimiento de la planta hotelera. Y descarriló inversiones —como la de Four Seasons— que habrían generado empleos de alta calidad: los adscritos a los hoteles de más categoría.

Hubo otros efectos: Barcelona dejó escapar marcas internacionales —pregúntenle a Hyatt, lo que le costó; o a Kempinski, que jamás lo logró—. Y los apartamentos turísticos se encarecieron. La rentabilidad de los hoteles existentes se disparó, hasta que ha llegado al punto de saturación frente al mercado capitalino.

Aquel torpe movimiento aún lo maldecimos. Hoy en día, casi ningún ciudadano puede entrar a comer o tomar un café o una copa en la Torre Deutsche Bank, operada de forma privadísima por Mandarin Oriental, si bien oteamos gregariamente a su logo mientras vamos al trabajo o a casa.

El sector también lo sabe y se queja en privado, e incluso lo admiten políticos de izquierdas en petit comité.

Vetar el Four Seasons fue una de las decisiones de una Ada Colau que ahora se reengancha a la política. Hubo muchas otras de carácter antiempresarial, como explicamos hoy en Crónica Global, que también noquearon a Barcelona. Se perdió empuje y comba, y la ciudad entró en un declive que ya había propiciado el procés independentista.

Bien valdría tenerlo en cuenta de aquí al final de la campaña electoral del 29N.