Se acabó. Nueve años después del fatídico octubre de 2017, volvemos al punto de partida. No es igual. Pero es parecido. Y la situación que entonces se vivió en Cataluña hoy se ha extendido más allá.

La amnistía aplicada a Puigdemont por malversación es el colmo de la decadencia. Malversación. No es olvidar un referéndum ilegal. No. Es perdonar el uso de dinero público para ello.

La amnistía resulta en remarcar que no todos los ciudadanos somos iguales. Los hay con privilegios (ya lo sabíamos, pero podían disimular). Privilegios otorgados por quienes se dicen defensores de la igualdad y con un único objetivo: obtener el favor de los perdonados para seguir en el poder a toda costa.

El pretexto de Sánchez es que la amnistía solo perseguía la recuperación de la normalidad en Cataluña. Es mentira. El independentismo reculó con algo tan transgresor como la aplicación de la ley. Una ley que se puede interpretar y retorcer al antojo de quien lo necesite.

Por eso hemos salido peor de la amnistía. Porque supone la degradación absoluta del Estado de derecho. ¿La puntilla tal vez? ¿Con qué autoridad va a exigir nadie el cumplimiento de las normas a cualquier ciudadano? En 2017 estábamos divididos. Nos enfrentaron. Hoy, además, nos sentimos desamparados.

Puede que no ‘lo vuelvan a hacer’, pero la amnistía, al menos de boquilla, no ha calmado la sed de independencia de un separatismo mucho más pragmático desde que se aplicó el 155 y fue sentenciado en los tribunales.

Basta con escuchar a los dirigentes que se han pronunciado tras conocer la decisión judicial. Son los mismos, por cierto, que lo empezaron todo. Junqueras, Turull, Puigdemont… Por lo tanto, volvemos al origen.

El siguiente paso consiste en esperar la vuelta de Puigdemont. No ha dado pistas. Ha centrado su “declaración institucional” en vanagloriarse, en decir que ha derrotado al Estado y en deslizar que la independencia es irrenunciable, como cualquier movimiento unilateral, más ahora después de que, en cierto modo, sus actos quedan amparados por la ley.

Lo grave es que nada de esto tendrá consecuencias de ningún tipo. Ni en las urnas ni en las calles. Las protestas son solo contra la derecha. Qué curioso.

Por cierto, a Sánchez se le está poniendo cara de Puigdemont. Está repitiendo lo mismo, pero adaptado al ámbito nacional. El escándalo se tapa con escándalo y, en última instancia, se provoca una movilización masiva que lo reviente todo y parezca que es el pueblo el que habla y decide. La vivienda es su referéndum de independencia. ¿Terminará huyendo y confiado en un perdón?