Montaje con un anuncio de alquiler en el fondo y la imagen de la subdirectora de Crónica Global, Míriam Saint-Germain
El lujo de independizarse
"Compartimos, nos alejamos o volvemos a casa de nuestros padres. Y dedicamos una parte disparatada del sueldo a pagar el alquiler. Renunciamos a ahorrar porque primero hay que pagar el mes que tenemos delante"
Para muchos jóvenes españoles, tener una vivienda en propiedad empieza a parecerse más a un accidente sucesorio que a un proyecto de vida. Puedes estudiar, trabajar, ahorrar, intentar progresar y hacer todas esas cosas que nos dijeron que había que hacer para labrarse un futuro. Pero, llegado el momento, las cuentas siguen sin salir.
Hasta que muere un abuelo.
Es desagradable escribirlo. Mucho más pensarlo. Pero quizá deberíamos empezar a hablar de vivienda con la misma crudeza con la que la vivienda condiciona nuestras vidas.
Comprar una vivienda se ha convertido para una parte importante de mi generación en una aspiración cada vez más remota. Pero es que alquilarla empieza a serlo también.
Vivir solo es un lujo para el grueso de los jóvenes; compartir piso, que durante años fue la alternativa barata, tampoco lo es tanto; y permanecer cerca del lugar donde uno ha nacido, trabaja, tiene a su familia y ha construido su vida se está convirtiendo en otro privilegio.
Así que trampeamos: compartimos, nos alejamos o volvemos a casa de nuestros padres. Y dedicamos una parte disparatada del sueldo a pagar el alquiler. Renunciamos a ahorrar porque primero hay que pagar el mes que tenemos delante. Y esperamos.
¿A qué?
Esa es quizá la pregunta más incómoda.
Porque demasiadas veces la posibilidad real de acceder a una vivienda en propiedad aparece cuando fallece alguien de la familia. Cuando heredamos un piso o una parte de él. O cuando ese familiar que compró años atrás y tiene una segunda vivienda y puede permitirnos ese extraño oasis inmobiliario que todos conocemos: el “alquiler de amigo”.
La paradoja es bastante cruel. La generación que debería estar construyendo su patrimonio depende cada vez más del patrimonio que construyeron las anteriores.
Y mientras tanto hemos decidido combatir una crisis estructural a golpe de parche.
Regular el mercado del alquiler puede ser necesario. No tengo ningún problema ideológico con que una administración intervenga en un mercado cuando existe una situación que exige hacerlo. Pero, si se interviene, habrá que hacerlo bien.
Porque limitar precios mientras escasea la vivienda disponible tampoco construye una sola casa.
Tampoco consigue por sí solo que un propietario que tiene miedo de alquilar coloque su piso en el mercado. Y si una parte de la oferta encuentra una salida más atractiva o segura en el alquiler de temporada, el joven que busca una vivienda habitual sigue exactamente donde estaba: refrescando portales inmobiliarios para descubrir que hay veinte personas interesadas en el mismo piso.
Hemos conseguido algo bastante extraordinario: que estén enfadados quienes alquilan y quienes ponen sus viviendas en alquiler.
Los primeros porque los precios son inasumibles y la oferta insuficiente. Los segundos porque sienten que cada nueva norma aumenta sus obligaciones, sus riesgos o su inseguridad jurídica. Y entre unos y otros, las administraciones llevan años legislando sobre las consecuencias mientras el origen del problema continúa ahí.
Faltan viviendas.
Falta vivienda asequible. Falta vivienda social. Falta construir. Falta movilizar la que ya existe. Faltan incentivos y garantías para que el pequeño propietario quiera alquilar. Y sobra una burocracia capaz de convertir cualquier proyecto de construcción en una carrera de obstáculos.
A sus 87 años, su desahucio ha conseguido lo que tantos otros no consiguieron: volver a sacar la vivienda a la calle. Su historia ha llenado titulares, discursos políticos y manifestaciones. Se ha convertido en símbolo de un problema que, sin embargo, existía mucho antes de que conociéramos su nombre.
Y pobre Maricarmen, porque a estas alturas todo el mundo parece necesitar un pedacito de ella.
Unos para demostrar el fracaso del mercado. Otros para demostrar el fracaso del Gobierno. Unos para exigir más intervención. Otros para denunciar sus consecuencias. Y entre tanta pancarta resulta fácil olvidar que detrás del símbolo hay una señora de 87 años y que detrás de ella hay miles de historias que nunca han abierto un informativo.
Hay que proteger a las personas vulnerables frente a un desahucio, pero también al pequeño propietario que no puede convertirse en el sustituto de los servicios sociales.
Hay que intervenir cuando sea necesario, pero asumir que ninguna regulación sustituye las viviendas que no existen.
Hay que perseguir abusos, pero también conseguir que resulte atractivo sacar pisos al alquiler habitual.
Y, sobre todo, habrá que aceptar de una vez que la vivienda no puede continuar siendo el campo de batalla en el que cada partido ensaya su ideología mientras una generación entera espera.
Calculamos cuánto tendríamos que ahorrar para una entrada mientras pagamos un alquiler que nos impide ahorrar para esa entrada.
Calculamos cuánto podemos alejarnos de Barcelona sin convertir el trayecto al trabajo en una segunda jornada laboral. Y calculamos si podemos permitirnos vivir solos, compartir o volver con nuestros padres.
Y la conclusión sigue siendo la misma: mientras los políticos ponen parches, nosotros seguimos haciendo malabares con los números.