El Govern se lanza ahora a por una iniciativa tan interesante como utópica. Después de anunciar 50.000 pisos para todos y todas, el siguiente paso consiste en un plan para alejar a los niños de las pantallas. En la Europa del siglo XXI.

El planteamiento es necesario. Es evidente que las pantallas atontan. Pueden resultar muy beneficiosas, pero por comodidad se han convertido en lo contrario. Es fácil entrar en el dispositivo para buscar una cosa y acabar consumiendo otra sin querer.

Dice la Generalitat, con base en un montón de artículos, que el exceso de las tecnologías es muy malo, nefasto, para los niños. Son un problema de salud pública. Generan complejos, adicciones, distracciones y atontamiento exponencial.

Por este motivo quiere alejar a los niños de Cataluña –primera comunidad que se pone tan seria con este asunto– de cualquier pantalla. No se trata solo de seguir la línea de prohibir las redes sociales a los menores, sino de regular el acceso a los aparatos.

Por ejemplo, se recomienda que ningún menor de tres años acceda a las pantallas, y que el uso se regule casi hasta la mayoría de edad. El móvil aparece así como uno de los factores que pueden estar detrás de los graves problemas de comprensión lectora que tienen algunos estudiantes.

Será posiblemente este uno de los factores de la idiotización progresiva de la sociedad, mas no el único. Ni mucho menos. El modelo educativo, en el que la cultura del esfuerzo brilla por su ausencia, tampoco parece ayudar a salir del lodazal intelectual.

Restringir ciertas herramientas en el entorno escolar es positivo, porque la educación se fue de madre hace mucho tiempo. Así nos va. Si sirve para regresar a un modelo más tradicional, de buscar, leer, esforzarse y comprender, bienvenido sea.

Sin embargo, lo que subyace aquí es que es más fácil prohibir que educar. Es más sencillo cortar por lo sano que enseñar a las nuevas generaciones a utilizar esta tecnología para el bien. Pero resulta harto complicado aislar a los niños en un entorno en el que hay pantallas por todas partes. En casa. En el coche. En los comercios. En el bolsillo de sus padres.

En otras palabras: es imposible. Debería cambiar todo. Empezando por educar a los padres de las criaturas para no mostrarse todo el día pegados al móvil ante sus hijos ni darles los terminales para distraerlos cuando se ponen intensos.

En definitiva, es muy conveniente poner atención sobre este asunto y se agradece que alguien tome alguna iniciativa de vez en cuando. No obstante, la prohibición o semirregulación no debería ser la solución a todos los males. Porque muchas veces no lo es.