Gardel cantaba que 20 años no es nada. Carles Puigdemont se conforma con nueve. Es el tiempo transcurrido desde que cruzó la frontera en el maletero de la política española, y ahora, con la ley de amnistía como aval, el expresidente calienta motores para un regreso que su partido prepara con más cuidado que su última declaración de independencia.
Sus últimos tiempos han sido silenciosos. Seguramente por consejo de Gonzalo Boye, su inseparable abogado, para no soliviantar a los tribunales que aún deben pronunciarse sobre su condición de fugado. Solo de tanto en tanto ha asomado en las redes para recordar a su menguante parroquia que el exilio seguía existiendo, o para irrumpir en Madrid, donde los siete diputados que controla en el Congreso valen más que todo el aparato de Junts en Cataluña.
Que vuelve, y que quiere volver a mandar en la vida pública catalana, se infiere sin esfuerzo de la entrevista concedida al rotativo británico. Con esa interviú arranca el paseíllo. Un martirologio de varios meses que será, con seguridad, la mejor campaña electoral que Junts pueda permitirse ante el ciclo que nos aguarda.
Puigdemont jamás será recibido como Josep Tarradellas, porque simbolizan cosas distintas. Tarradellas regresó en 1977 como corolario de la apertura política tras la dictadura, y lo recibió una Cataluña que le esperaba. Puigdemont regresará como un político fracasado, líder de un movimiento que provocó tanta frustración y sensación de traición como ilusión había generado en no pocos catalanes. Ah, y a él no le espera casi nadie.
Dice que recorrerá el país para conocer la situación después de nueve años de ausencia. Lo que en verdad prepara, y así lo viene organizando con discreción su partido, es el road show de la victimización por los pueblos y ciudades donde Junts conserva un mínimo de implantación. No se le verá en L’Hospitalet, ni en Santa Coloma de Gramenet, ni en Cornellà, ni en La Llagosta o Canovelles. Puigdemont, apodado El Vivales por un brillante y sarcástico periodista gerundense, hará el vivo para convertir un pseudoexilio en papeletas.
Hirschman explicó que ante una organización en crisis caben tres respuestas: salida, voz o lealtad. Puigdemont eligió la salida. Junqueras eligió la voz desde una celda de Lledoners. Nueve años después, uno vuelve a pedir que le reconozcan el sacrificio de haberse ido; el otro pagó, regresó y sostuvo la bandera de su partido con más dignidad que el fugado. El republicano tiene hoy más recorrido por delante en primera línea que el expresidente, y no porque sea mejor político.
Porque en estos nueve años han pasado no pocas cosas en Cataluña. Al fracaso del soberanismo en su pulso con el Estado se suma la desmovilización de buena parte del contingente electoral que le dio apoyo en su día. Ser rebelde en Cataluña hoy se parece más a votar a la reina gótica Sílvia Orriols de Aliança Catalana que a un partido envejecido, corroído y sin cuadros como Junts per Catalunya.
Tiene Puigdemont, con todo, un argumento que no es malo. Fue el jefe del procés y nunca pisó una prisión española, a diferencia de Junqueras, Turull o Forcadell, y a una parte del electorado independentista eso le sigue pareciendo la prueba de que ganó su pulso personal con el Estado. Solo que esa parte es cada vez más pequeña, y desde que el socialista Salvador Illa ocupa la Generalitat el fugado ya no representa libertad alguna, más allá de la suya personal para moverse por su tierra.
Es, si acaso, el icono de una clase dirigente que se pasó de frenada, infravaloró a sus adversarios y no supo entender un territorio más plural que el patrón identitario que dibujaba.
El mensaje de la entrevista lo confirma. El identitarismo de los Aromes de Montserrat, la ratafía y la misa dominical suena cada vez más romántico y más alejado de los tiempos. Igual que su comentario de que habría aguantado más años fuera si su causa, una determinada Cataluña, lo hubiera exigido.
Lo curioso es que a la Cataluña real le importa un verdadero pimiento si Puigdemont ha pasado nueve años fuera por una causa política, si ha sido un expatriado profesional o si le gustan los mejillones belgas.
Volver, volverá, pero con la frente marchita. Las nieves del tiempo ya le platearon la sien a Pelomocho; el resto lo pondrá el electorado.
