Una violenta detención de la Policía Nacional a un aficionado del FC Barcelona en Elche ha vuelto a prender algo que hacía tiempo que no se veía en Cataluña: la guerra de la estelada.
De nuevo, los protagonistas de siempre. El Barça, al que durante el procés algunos quisieron utilizar para sus fines políticos, la moribunda Assemblea Nacional Catalana (ANC), y hasta la Plataforma per la Selecció Catalana. Solo faltan los CDR y el Tsunami y el déjà vu será completo.
Más allá de lo que pase hoy en el partido contra el Athletic en el Camp Nou, el lance de Elche está sirviendo para calentar los días previos a la Diada. La fiesta de Cataluña se preveía como una jornada anodina, con la única expectación de si Sílvia Orriols, el nuevo mascarón de proa del independentismo, lograría desembarcar en el Fossar de les Moreres, templo del soberanismo, o se lo impediría la izquierda nacionalista.
Ese pleito era lo único significativo de una Diada que hace muchos años que ha vuelto a su cauce. Atrás quedan las grandes manifestaciones que lograba organizar el soberanismo radical en el pasado. Eso es historia.
Este año, sin embargo, una aparatosa —en ocasiones, violenta— detención en el marco de un partido de fútbol ha dado alas a los actores habituales de estas cuitas. Y ha provocado un efecto tractor —acaso un efecto succión— sobre el debate público.
Por lo pronto, ha obligado a suspender el homenaje que se preparaba en el coliseo culé a los jugadores que lograron la Copa del Mundo con la elástica de la selección española. Y aguarden, porque depende de lo que pase, les imatges donaran la volta al món —otra vez ese lenguaje grandilocuente—, como si a un mundo desgarrado entre guerras e inflación le importara una guerra de banderas.
Mientras, ayer, lo aburrido pero fundamental también pasaba, alejado del foco público. Govern y Barcelona acordaron ampliar las plazas residenciales para personas mayores; el Ejecutivo catalán anunciaba las primeras herramientas antiatasco en las carreteras, o se daba cuenta de la endiablada comparecencia en la Comisión de Sanidad del Senado de la aún ministra del ramo, Mónica García.
Pero todo ello parece no importar, porque prende de nuevo la guerra de banderas y los viejos actores velan armas para volver a la acción, entre mucho ruido y la indiferencia de la mayoría.
