Cuando parecía que Cataluña se había librado para siempre del principal responsable del procés, una estremecedora noticia apunta a la línea de flotación de la convivencia en la comunidad.
Artur Mas está dispuesto a volver.
Según ha sabido Crónica Global, el expresidente autonómico vería con buenos ojos ponerse al frente de Junts si Puigdemont –cuando regrese a Cataluña tras la aplicación de la amnistía de Sánchez– da un paso al lado.
A punto de cumplir 71 años, el expolítico nacionalista pretende “recuperar los valores convergentes”, dice su entorno.
Al parecer, el provecto exlíder de CiU considera que no ha hecho suficiente daño a Cataluña lanzando a los independentistas a un proceso secesionista ilegal, violento y condenado al fracaso, y pretende rematar la faena.
Mas es, con toda seguridad, el dirigente político que más influyó en la fabricación del procés, sin embargo, es el que ha salido más impune del mismo.
Al final, ni siquiera le embargaron su piso de la calle Tuset, que el Tribunal de Cuentas le reclamaba por el despilfarro de dinero público con el referéndum indepe del 9N de 2014.
Eso sí, como expresident jubilado, se lleva cada año algo más de 91.000 euros (7.600 al mes), lo que le convierte en uno de los jubilados que más cobra de España.
Además, disfruta de la oficina de expresidente autonómico en el Palau Robert de Barcelona, mientras que la Generalitat asume alrededor de 40.000 euros al año en diversos gastos (como viajes y seguridad).
Pero a Mas no le parece bastante y se ha empeñado en salir de “la papelera de la historia” en la que le metió la CUP en enero de 2016, aunque nadie le eche de menos.
En las últimas décadas ha habido muy pocos políticos tan irresponsables como Artur Mas. A principios de la década de 2010, el tipo fue capaz de impulsar un procés devastador para los catalanes con el único objetivo de tapar los recortes que estaba aplicando como presidente de la Generalitat y la corrupción que corroía a su partido —CDC— hasta el tuétano (de hecho, lo tuvo que enterrar tras ser condenado por el cobro sistemático de comisiones ilegales millonarias a cambio de adjudicaciones).
Lo sorprendente es que no sean sus propios seguidores quienes le impidan salir a la calle sin que se le caiga la cara de vergüenza, después de convencerlos de que la independencia estaba “a tocar”.
Como también es inaudito que quien se cargó el espacio político convergente pretenda ser quien lo recupere.
Artur Mas representa la cara más infame y vil de la política, además del nacionalismo más rancio, xenófobo y dañino. El simple hecho de que se plantee volver a la vida pública debería sobrecoger a cualquier persona de buena voluntad.
