El eclipse total pasó, el primero que ve el sur de Cataluña en más de un siglo: desde 1912 no se observaba un fenómeno austral tan impresionante. Fue un auténtico éxito científico y cívico, salvo por los anecdóticos gritos de los populistas de siempre --a los que se sumó Orriols--, tanto catalanes como del resto de España, que intentaron desacreditar las dos condiciones de la jornada: la científica y la ciudadana.
Pero además de histórico --esta vez sí-- el día presentó sombras que nadie esperaba y que no se dieron en los repliegues de la vida humana bajo la caprichosa alineación de los planetas. Fue del tensionamiento de algunas infraestructuras, que nos recordó la inevitable condena del ser humano a trabajar, trabajar y trabajar continuamente y sin descanso para sostener nuestro bienestar y el de nuestros conciudadanos.
Se esperaba que la autopista AP-7 se colapsara, y, contra ello, nadie podía hacer nada. El Govern, acertadamente, avisó. La misma mañana de ayer, la consellera de Interior, Núria Parlon, recordó a los catalanes que debían evitar la vía rápida en las horas punta.
Pero desobedecimos (desobedecieron) y saturamos la carretera de alta capacidad para acudir en masa a las zonas donde se observaba el fenómeno al 100%. Con todo, la vía permaneció abierta y la sangre no llegó al río. Se pasó la prueba, aunque con problemas.
Los retos de la AP-7 no son el flujo de tráfico de un día; son otros: la retirada de los peajes la ha convertido en una ratonera diaria, y el sentido común dicta que las barreras se deben volver a alzar.
Pero lo que pocos esperaban es que lo umbrío viniera de aeropuerto, puerto y ferrocarril. Trasmed, Aena y Renfe-Adif decepcionaron a algunos locales y turistas que buscaban desplazarse hacia el fenómeno o huir de él. Nadie esperaba estos traspiés y, sin embargo, sucedieron.
En el Puerto, un ferry renovado en 20223 sufrió una avería eléctrica y dejó a centenares de pasajeros varados. Algo que le podría pasar a cualquiera, pero que afloró la falta de planes de contingencia de la naviera española de matriz italiana.
En El Prat, el aeropuerto sufrió una avería de fluido eléctrico que también provocó retrasos en la operativa. Aena, en un alarde de excesivo optimismo, dio por saldado el incidente a las 16:56. Las redes sociales, los testimonios dentro y fuera de España y las páginas especializadas contaron lo contrario: las pistas al sur de Barcelona acumularon centenares de demoras durante todo el día.
Miles de pasajeros tuvieron que esperar en pleno pico de calor, o perdieron conexiones. Solo Ryanair contó 6.000, y no es la mayor aerolínea que opera en la ciudad aérea. Un auténtico caos del que el gestor semipúblico solo se salvó porque la atención estaba centrada en otro lado: en el cielo.
Adif-Renfe también sufrió retrasos, aunque esperables por la saturación de la red por los miles de desplazamientos al sur. Por si fuera poco, un breve incidente en la Estación de Castelldefels provocó tapones en la Estación de Sants en las horas críticas de flujo de ciudadanos para presenciar la maravilla astronómica.
Todo ello debe ser materia para reflexionar. Mientras la comunidad científica analiza la montaña de datos recabados y llega a sus conclusiones, la ciudadanía en general, y qué duda cabe de que los medios de comunicación somos parte de ella, debe presionar para que las infraestructuras no se saturen, no como ayer --algo relativamente esperable por la magnitud de la masa humana—, sino en el día a día, y estén a la altura de las necesidades colectivas. Ayer no siempre lo estuvieron.
Cuando lleguemos a ese objetivo, o nos aproximemos a él, sí que podremos concluir que la luz habrá vencido a la oscuridad.
