El audio que trascendió ayer del candidato de ERC a la alcaldía de Girona representa lo peor de la política. Marc Puigtió asegura en una grabación privada --cuya autoría no ha negado ni desmentido-- que "utilizará el partido" y, luego, le arrebatará "sus derechos electorales" para su propia plataforma Moviment Gironí.
El dirigente también filtra kompromat sensible contra una compañera de partido a su interlocutor. Para, presuntamente, desgastarla y auparse él en su lugar.
El audio se ha filtrado a las redes sociales, los medios de comunicación nos hemos hecho eco, y ERC, en una maniobra acertada, le ha abierto expediente.
Los problemas son, en realidad, dos. Uno, que Puigtió no haya dimitido fulminantemente y de forma irrevocable por decir una cosa en privado y la contraria en público. Y dos, que Esquerra no le haya destituido de un plumazo, o al menos apartado temporalmente, mientras se verifica el contenido de la lamentable pista sonora.
Esas dos opciones son ambos avances válidos para proteger uno de los bienes más preciados que tenemos: la dignidad de la política.
El papel oxigenador, educador y vertebrador de la acción pública debe celebrarse y conservarse, porque lo contrario es ayudar a crear una vía de agua que sea caudal para el populismo. Y ya hemos visto que Girona es una de las plazas que tiene entre ceja y ceja la política del grito y el ademán.
La capital provincial es uno de los fuertes donde el extremismo simplista, cuando no simplón --tanto en el fondo y en la forma--, pueden medrar. Ante ello, se impone que todas las fuerzas, independientemente de su color, prioricen la elección y el cuidado de candidatos y candidatas responsables, coherentes y que velen por la ciudad.
El audio del también exalcalde de Sant Julià de Ramis, debe tener consecuencias. Sea cual sea la inclinación política del interviniente, esa alocución debe provocar un efecto. Una destitución. Porque de lo contrario damos alas a los que aseguran que todos son iguales, o que lo que gobierna es una casta, y no representantes públicos democráticamente elegidos.
Y ya sabemos cómo terminan esas críticas supuestamente airadas de los políticos outsider: con flagrantes incumplimientos de lo prometido o con actitudes que son miméticas a las que vienen manteniendo los partidos que han ocupado cuotas de responsabilidad hasta ahora.
