José Vilarasau Salat se ha ido, con 95 años, pero su obra, como la Sagrada Familia, sigue en construcción. Diseñó los planos, puso los cimientos y comenzó a elevarla, pero Caixabank aún no ha tocado techo.

La muerte del exitoso banquero y presidente de La Caixa, que pudieron leer en Crónica Global antes que en ningún otro medio, llega en un momento dulce para la entidad financiera.

Las casas de análisis ya vislumbran a la compañía caminando con paso firme hacia los 100.000 millones de euros de valoración en bolsa. Un hito que la coloca directamente en el club de los intocables: Santander, Iberdrola, BBVA e Inditex.

Pero los éxitos de hoy no se entienden sin la gestión de ayer. Ahí es donde la figura de Vilarasau cobra una dimensión gigantesca tras sus más de tres décadas al mando. Una responsabilidad que, en aquella Cataluña, trascendía con creces lo financiero.

En los años dorados del oasis, cuando Jordi Pujol trataba la comunidad como su finca particular y las instituciones como apéndices de su proyecto, Vilarasau decidió ser el contrapunto helado. El nacionalismo pretendía poner La Caixa al servicio de la construcció nacional; él, en cambio, quería un gigante financiero.

Para lograrlo no le tembló el pulso. Toreó al mismísimo president, resistió la embestida del sector duro de Convergència y mantuvo el rictus imperturbable mientras en Sant Jaume se tiraban de los pelos porque La Caixa se negaba a financiar sus aventuras políticas.

Era el hombre que nunca reaccionaba. Un tecnócrata de piedra, frío y metódico, al que le traían sin cuidado los discursos identitarios. Frente a la gesticulación del régimen pujolista, Vilarasau oponía la frialdad incontestable de la cuenta de resultados.

Mientras el poder político buscaba moldear la entidad a su imagen y semejanza, él miraba al resto de España para tejer un imperio bancario e industrial sin el cual no se entiende la economía española de los últimos cuarenta años.

Tuvo la clarividencia de entender que el futuro no pasaba por subvencionar el chiringuito de turno, sino por ganar tamaño y solidez en el mercado global. Para él, la mejor manera de hacer país no era agitar la bandera, sino construir una institución económicamente imbatible. Ganó por goleada.

Y cuando llegó la hora de dar el paso al lado, no organizó un sainete para perpetuarse ni reclamó estatuas de bronce. Se retiró a un perfil bajo que contrastaba con la inmensidad de lo que había levantado. Silencio, discreción y eficacia.

El resultado de aquella resistencia técnica frente al mesianismo político está hoy en las pantallas de la bolsa.