Viajar nunca ha sido, en política, un mero trayecto geográfico. Los destinos que elige un presidente son, en realidad, un manifiesto: revelan sus obsesiones, sus alianzas y el relato que quiere proyectar de sí mismo ante el mundo.
En la acción exterior de la Generalitat de Cataluña, cada fotografía oficial, cada comitiva empresarial y cada escala de avión han funcionado siempre como una declaración de intenciones.
Viene a cuento esta reflexión porque el president Salvador Illa anda estos días por Vietnam —el país que aún levanta estatuas a Ho Chi Minh— no en busca de reconocimiento político, sino de cadenas de suministro y rutas aéreas directas.
La ironía tiene su gracia: es en la cuna del comunismo asiático donde la Cataluña del siglo XXI va a buscar los frutos del capitalismo más pragmático.
Comparar las agendas internacionales de dos presidentes separados por cuatro décadas —Jordi Pujol y Salvador Illa— es asomarse a dos arquetipos de poder radicalmente distintos.
No solo se observan dos estilos de gobierno: se leen dos comprensiones opuestas sobre el papel de Cataluña en el tablero global, dos filosofías que podrían enunciarse casi como dos credos.
Durante más de dos décadas (1980–2003), Pujol concibió la política exterior como una herramienta de construcción nacional. Eran los años del posfranquismo, cuando la democracia española aún se asentaba sobre cimientos frescos y la prioridad era clara: situar a Cataluña en el mapa de las democracias occidentales antes de que ese mapa se dibujara definitivamente sin ella.
Pujol se inventó un papel que no existía en ningún protocolo: estadista sin Estado. Buscaba interlocución directa con líderes como George Bush, François Mitterrand o Helmut Kohl, y proyectaba una diplomacia de fuerte carga simbólica donde el gesto valía tanto como el contrato.
En aquellos años Cataluña no debía presentarse únicamente como un motor económico del sur de Europa —impulsando redes como los Cuatro Motores para Europa junto a Baviera o Lombardía—, sino como una nación con personalidad histórica propia, capaz de operar en un sutil (y a veces no tan sutil) pulso con la diplomacia del Estado español. Era la política como identidad: cada viaje era, también, una proclamación.
Y aquellos viajes de la corte pujolista trajeron frutos tangibles. De aquellas misiones empresariales aterrizaron en suelo catalán Sony, Panasonic, Sanyo, Samsung, Nissan y tantas otras multinacionales que encontraron en Cataluña la puerta sur de Europa. El relato y el resultado se daban la mano.
Cuarenta años después, el escenario responde a un paradigma completamente distinto. Frente a la proyección identitaria, la gestión; frente a la diplomacia de país, la diplomacia económica pura; frente al símbolo, la métrica.
La acción exterior del actual president está definida por la idea de la «normalización institucional» y por una coordinación estrecha con el Ministerio de Asuntos Exteriores y el cuerpo diplomático español. El pulso con Madrid ha sido sustituido por el abrazo con Madrid.
Este giro filosófico se lee con nitidez en el mapa. Si en la era pujolista el centro de gravedad descansaba en las capitales europeas, Washington y Latinoamérica, la brújula de Illa apunta marcadamente hacia Asia y los grandes hubs tecnológicos.
Sus recientes giras por Japón, Corea del Sur, China y ahora Vietnam responden a la denominada Estrategia Asia: reuniones que no buscan el reconocimiento político tradicional, sino la atracción de inversiones tecnológicas, el asentamiento de cadenas industriales y —detalle revelador de las prioridades— la captación de rutas aéreas directas para el aeropuerto de Barcelona. La diplomacia como logística.
Pasar de la era Pujol a la era Illa es, en definitiva, pasar del relato simbólico a la métrica de resultados. Del estadista que se preguntaba quiénes somos ante el mundo al gestor que calcula qué inversiones e infraestructuras podemos traer a casa. De la diplomacia del ser a la diplomacia del tener. De la huella histórica a la hoja de cálculo.
Son dos formas legítimas —y no necesariamente excluyentes— de entender la proyección exterior. Pujol construyó un relato tan poderoso que a veces se confundía con la narrativa y perdía de vista la hoja de cálculo. Illa construye una hoja de cálculo que a veces parece huérfana de relato.
Quizás el verdadero reto de la política exterior catalana del siglo XXI sea aprender a hacer, de una vez, las dos cosas a la vez. Porque las naciones (nacionalidades o como ustedes prefieran) que perduran en el mundo no son ni las que solo cuentan historias ni las que solo firman contratos. Son las que saben cuándo toca una cosa y cuándo toca la otra.
Descansen si pueden, carguen las baterías y nos leemos en septiembre.
