Europa permite la vuelta de Carles Puigdemont. El PSOE le saca ocho puntos de ventaja al PP según el barómetro del CIS. La esposa del presidente será juzgada por un tribunal popular. Y España jugará la final del Mundial.

Todo esto ha trascendido en los últimos días, copando portadas en kioscos y diarios digitales, y abriendo boletines informativos en emisoras de radio y canales de televisión. Pero de todos estos titulares, ¿cuál importa más?

Es de sobras conocido el mantra de que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Expresión que bendice los excesos de los forofos de un deporte que eleva a símbolo nacional a un tío que corre por la banda con el pelo propio de un personaje de dibujos animados.

Y si bien el pulso judicial por el olvido penal de los delitos del presidente de la Generalitat que resquebrajó el país nueve años atrás hace hervir a instituciones y redacciones periodísticas --como lo hace el resto de temas-- de lo que se habla en las calles, casas y bares no es de eso. Es del partido con Argentina.

Ni Puigdemont, ni Sánchez, ni Feijóo, ni Begoña Gómez. Solo Lamine, Messi y el endiablado guion que les hizo protagonistas de una tierna sesión fotográfica en una bañera para bebés, y que 19 años después les hace disputarse el mayor título deportivo y, con él, el legado del fútbol.

El que lo detesta el resto de días de su vida, este sábado busca la celebérrima zamarra blanca de la selección para pasarse dos horas frente a la tele entre el vocerío el domingo. Entregándose, así, al mantra citado unas líneas más arriba. Solo, con familia, con amigos --los mejores, a poder ser-- o en una plaza del pueblo cuyo ayuntamiento ha tenido a bien instalar una pantalla gigante.

Porque pocas experiencias colectivas generan un sentimiento de pertenencia tan transversal, capaz de diluir —aunque sea temporalmente— las fracturas territoriales, ideológicas o generacionales.

También en la Cataluña postprocés, donde las tiranteces nacionalistas se reducen a independentistas sorprendidos por lo abarrotado de las plazas, teñidas de rojo, y algún alcalde que denuncia insultos en redes por no ceder una plaza, siendo el caso de Lluc Salellas en Girona (véase el tuit encima)

El efecto tractor se traslada también a la economía. Son varios los estudios académicos que detectan un empuje en el PIB de entre un cuarto y medio punto para el país que levanta la copa del mundo los meses posteriores.

Algo que se explica por la exposición de la marca país ante 1.500 millones de espectadores --es el número de personas que vieron la última final de este torneo, ganada por los argentinos--, lo que impulsa el turismo y las exportaciones.

La plaza Tarradellas de Badalona durante el Francia 0 - 2 España del mundial X

Además, Hacienda recaudaría cerca de seis millones de euros más este año por las primas de los jugadores españoles, calculan los técnicos del ministerio.

El lunes, lo veremos todo blanco o negro, según cual sea el desenlace de un guion que parece escrito. Y pasado el éxtasis o la hecatombe, volveremos a hablar de Carles, de Pedro, de Alberto y de Begoña. De cómo el expresidente perderá toda la fuerza simbólica que le acompaña desde hace una década cuando lleve dos días en Cataluña, y de cómo la causa judicial contra la primera dama podría precipitar unas elecciones generales que cambie todo un Gobierno.

Pero no será este fin de semana.