Confieso que la noticia me provocó dos reacciones casi simultáneas. La primera fue de agradecimiento. La segunda, un inevitable: ya era hora.
Los Premios Ídolo, creados por la influencer catalana Aida Domènech —Dulceida para sus millones de seguidores—, abandonan Madrid tras cuatro ediciones para instalarse en Barcelona. Y, sinceramente, que una de las creadoras de contenido más influyentes de nuestro país (y del panorama internacional), nacida en Badalona, decida traer a casa el proyecto más importante de su trayectoria merece algo más que un titular de sociedad.
Porque no hablamos únicamente de una gala. Hablamos de marcas internacionales, de inversión, de empleo, de repercusión mediática y de millones de impactos en redes sociales. Hablamos de influencia en el sentido más amplio de la palabra.
Hay quien seguirá viendo el fenómeno influencer con cierta condescendencia. Está en su derecho. Pero también conviene asumir que la economía digital ya no es el futuro, sino el presente. Nos guste o no, los creadores de contenido generan industria, atraen inversión y conectan con un público que hace tiempo dejó de informarse exclusivamente a través de los canales tradicionales.
Durante los últimos años hemos repetido casi como un mantra que Madrid estaba de moda. Que Madrid era la ciudad de las oportunidades, de la cultura joven, de los grandes eventos, de los proyectos que nacían con vocación internacional. Y probablemente era cierto.
Pero también conviene recordar que, no hace tanto, esa ciudad era Barcelona.
Dulceida lo sabe porque lo vivió. Muchos de los que hoy triunfan dentro y fuera de nuestras fronteras crecieron profesionalmente en una Barcelona creativa, abierta, moderna y tremendamente atractiva. Una ciudad capaz de marcar tendencias sin necesidad de imitarlas.
Quizá por eso este movimiento tiene también algo de simbólico. Porque si quienes hemos nacido aquí dejamos de creer en Barcelona, ¿quién va a hacerlo por nosotros?
Durante demasiado tiempo la conversación sobre la ciudad ha estado monopolizada por los peores titulares. Como periodista de sucesos, soy perfectamente consciente de ello. Los datos de criminalidad, los robos o los episodios de violencia han ocupado portadas una semana tras otra. Y también sé que cualquier incidente ocurrido en Barcelona multiplica su impacto mediático respecto a uno similar en cualquier otra ciudad española.
Eso no significa que el problema no existiera. Existía. Los hurtos llegaron a dispararse y los carteristas convirtieron determinadas zonas de la ciudad en un auténtico quebradero de cabeza para vecinos y turistas.
Pero tampoco conviene construir un relato permanente de decadencia.
Resulta curioso que nadie viaje a París pensando exclusivamente en que le pueden robar el bolso, pese a que algunos indicadores sean incluso peores que los de Barcelona. Sin embargo, aquí parece que la inseguridad ha terminado definiendo toda la identidad de una ciudad infinitamente más compleja.
Por eso también conviene contar cuando las cosas mejoran.
Los delitos han descendido de forma significativa, con una reducción cercana al 40% en el caso de los hurtos en el transporte urbano. Los Mossos d'Esquadra, las policías locales y la Generalitat han intensificado la presión contra la delincuencia y la sensación de recuperación empieza a trasladarse también fuera de Cataluña.
La visita del papa León XIV fue una demostración de ello. Barcelona volvió a exhibir una imagen de ciudad capaz de organizar un acontecimiento internacional de enorme complejidad con seguridad, solvencia y elegancia. En realidad, nunca había dejado de saber hacerlo.
Que ahora una figura con la proyección internacional de Dulceida decida trasladar los Premios Ídolo a Barcelona encaja perfectamente en esa misma dinámica. No se trata de llenar aún más la ciudad de turistas —antes de que aparezcan los de siempre con el argumento fácil—. Se trata de devolverle el protagonismo que merece y atraer proyectos que generan valor añadido.
Además, la decisión llega acompañada de un contexto especialmente favorable. Con el apoyo de la Generalitat y del Ayuntamiento, los Premios Ídolo se suman al renovado impulso del sector audiovisual, donde iniciativas como el Catalunya Media City en las Tres Xemeneies o la construcción del mayor plató de Cataluña en el Parc Audiovisual de Terrassa dibujan una apuesta clara por las industrias creativas.
De este modo, después de cuatro ediciones en Madrid, ya tocaba que los primeros premios nacionales dedicados al influencer marketing regresaran al lugar donde nacieron las ideas de quien los creó.
Barcelona no necesita competir con nadie. Solo necesita volver a creerse lo que siempre ha sido. Y quizá ese camino también empiece con una alfombra roja.
