El catalán, esa lengua hablada por diez millones de habitantes que se encuentra en serio peligro de extinción, ha encontrado un nuevo ecosistema que colonizar: las cárceles.

El Govern se ha sacado de la chistera un plan para fomentar esta lengua en las penitenciarías, pues ayuda a la reinserción y rehabilitación de los internos.

La medida, dicen los impulsores, hará que los reos se relacionen mejor con el entorno, participen en actividades y accedan con más garantías al mercado laboral cuando salgan.

Lo que callan, aunque va implícito, es el aroma racista y xenófobo de este plan. Se sugiere que los catalanohablantes no delinquen. Que eso lo hacen los otros.

Y, de paso, da buenos argumentos a quienes aseguran que la inmigración y la delincuencia van de la mano. O sea, todo mal. Pero lo que haga falta por el catalán.

Los datos son otros. O no. De los cerca de 9.000 reclusos en Cataluña, casi la mitad son españoles –sin especificar procedencia–; la otra parte, extranjeros.

De estos segundos –que no han tenido tiempo de nacionalizarse–, uno de cada cuatro (43%) nació en el Magreb, y uno de cada cinco (26%), en Sudamérica.

En cuanto a las tasas de reincidencia, nos hallamos ante las más bajas de la serie: la reinserción es de cerca del 80% tanto para nacionales como para extranjeros (antes de aplicar el catalán).

Tener cerca a la familia ayuda a la reinserción en el caso de los delincuentes españoles. ¿Será el catalán la manera de rehabilitar a los extranjeros o es un paripé más?

Todo lo que sea aprender, bienvenido sea. El problema es el mensaje, la manipulación de los hechos y los datos, que genera aversión, en este caso a la lengua.

Además, hay casos perdidos. ¿Qué ocurre con los reos catalanohablantes que no se rehabilitan? El más claro es el de los presos del procés. Ahí no hay solución que valga.