El expresident catalán fugado, Carles Puigdemont, ya no pinta tanto como le gustaría. Acaba de encajar una dolorosa derrota en Barcelona, donde el exilio interior --como le llamaría Junts si les dejaran-- le ha propinado un correctivo al ganarle las primarias a candidato a alcalde de la capital catalana.
Y, ahora, su núcleo de confianza en el Congreso de Diputados, otrora henchido de orgullo por la influencia que le conferían sus siete votos para sostener la mayoría que apoya al Gobierno en la cámara baja, se ha descolgado con una propuesta excéntrica.
La diputada Míriam Nogueras y los otros seis electos han tratado de argumentar que apoyarían una vía Starmer o británica para el Gobierno de la Nación: la sustitución de un presidente por otro candidato --como ha ocurrido con el primer ministro del Reino Unido-- para que el Ejecutivo nacional continúe con el sostén de sus apoyos parlamentarios.
Huelga decir que dicha solución, el camino estrecho que propugnan los juntaires, está condenado al fracaso. Supone apenas una llave de judo neoconvergente para no quedar diluidos entre el apoyo a Sánchez y la oposición de la derecha a la gestión del presidente.
Puigdemont exhibe cuerpo, como recordando que tiene músculo para conducir el destino del país. Pide a los suyos que suban al atril y presenten una propuesta distinta, que halle lugar entre los titulares del día, que se mueven entre el apoyo a Moncloa y el antisanchismo más descarnado.
Lo cierto es que la salida del expresident es mera gesticulación. Junts, secuestrado por el grupo de Waterloo --excepto, quizás, en Barcelona ciudad-- no dejará caer a Sánchez apoyando una eventual moción de censura apoyada por PP y Vox.
Seguirá pegado al destino del Gobierno de progreso, no tanto porque esté convencido de que es lo más beneficioso para los catalanes a los que representan sus diputados, sino por la esperanza de que el Ejecutivo le terminará ofreciendo una salida personal.
El prófugo está harto de Bélgica, y anhela retornar a una Cataluña que ya no le reconoce y que transita sin él. Suspira por presentar batalla intra muros, y ello pasa por seguir sosteniendo la actual composición del Consejo de Ministros.
La vía británica que sugiere Junts es, pues, un mero recordatorio de que él sigue ahí arriba, al norte del epicentro de la ola de calor en la Bretaña francesa. Pero ni con esas, por mucho que su galaxia mediática empuje el mensaje en las redes, conseguirá convencer a los sufridos ciudadanos de que vive en un prolongado ocaso.
