Xavier Salvador, con Tatxo Benet de fondo
Tatxo Benet, el empresario que predica lo que no aplica en sus negocios
"A los políticos que fallan los lapidamos en la plaza pública. Con ciertos patronos, la vara de medir encoge"
¿Y si los empresarios no fueran tan distintos de los políticos?
Cuando un político se equivoca, los medios de comunicación nos lanzamos en plancha. El caso del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero es paradigmático. Falló en comportamientos que su cargo de gobernante, y su condición de referente moral del centroizquierda, convertían en impropios.
Hay empresarios de alto nivel a los que errores equivalentes no les pasan la misma factura. La pregunta es sencilla. ¿Puede presidir Femcat, la patronal (o lobby) catalana que dice estimular el tejido productivo catalán, alguien señalado por impagos a sus proveedores? ¿Puede liderar al empresariado quien parece más atraído por la erótica del poder que por el rigor de su propia actividad?
El caso de Tatxo Benet empieza a ser un sainete.
Según la información publicada por este medio, su empresa frutícola de Aitona —Aitona Gourmet, a nombre de su hermano y gestionada por dos sobrinos— acumula impagos a proveedores que rondan entre los 200.000 y los 250.000 euros. El pueblo está “en alerta”. Las cuentas no acompañan: pérdidas acumuladas superiores a 1,89 millones a cierre de 2023, patrimonio negativo, causa de disolución y dos millones inyectados para tapar el agujero. Un negocio que solo sobrevivió mientras Benet quiso poner dinero.
No es el primer tropiezo en Lleida. La histórica UE Lleida desapareció arrastrando una deuda de 28 millones. Y luego está Mediapro: el gigante audiovisual que fundó con Jaume Roures ha terminado con deudas colosales, bajo control de un grupo chino que ha fichado a unos ejecutivos de obediencia socialista y con ambos socios independentistas fuera de la dirección.
En toda trayectoria empresarial hay contratiempos. Nadie está libre de pecado. Lo que separa a unos de otros es siempre lo mismo: las formas de afrontar la adversidad, el sentido común y la preocupación por quien queda detrás. Los proveedores. Los empleados, que pasaron de 20 a cuatro.
Estas cosas no se resuelven produciendo una película como El buen patrón (2021) ni abriendo un museo que solo sirvió para subrayar lo independentista —casi tanto como hispanófobo— que es su promotor.
Si ZP se equivocó (y ha puesto fin a su carrera y prestigio político), Benet también la pifió. Y todo apunta a que seguirá al frente de una entidad empresarial a cuya mesa se sentarán, de cuando en cuando, el presidente Salvador Illa y tantos otros prebostes de la política.
Estaría bien que la vara de medir, en unos casos y otros, no resultara tan distinta. A ZP la plaza pública lo enterró. A Benet ni le roza.