Plantilla con la subdirectora de Crónica Global, Míriam de Saint-Germain, con un cielo rosado en el fondo
Adiós, Mireia
"Su historia no habla solo de una tragedia personal y familiar [...], hay pacientes que se quedan por el camino. Familias que se agotan. Médicos que llegan hasta donde pueden. Y un sistema que, pese a intentarlo, no siempre llega a tiempo"
Cuando llamaba, hacía tiempo que ya no le cogíamos el teléfono. Llevaba demasiado tiempo sin ser ella. Los fantasmas que habitaban en su cabeza habían empezado a decidir por ella hacía muchos años. Algo quedó atrapado en algún rincón de su memoria y nunca —o casi nunca— quiso aceptar la ayuda que se le ofrecía.
En los últimos meses, la situación había empeorado. Deliraba. Desconfiaba de quienes siempre habían estado a su lado. Amenazaba a las mismas personas que llevaban años intentando sostenerla. Solo a ratos reconocía que era una paciente psiquiátrica. Solo cuando sus propios fantasmas se lo permitían.
Todo empezó hace casi tres décadas, cuando le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa. Era joven. Tenía toda la vida por delante. Y, de repente, perdió la audición.
Nunca terminó de aceptar aquel golpe. A partir de entonces comenzó una espiral de medicación, consumo de drogas, desapariciones, recaídas y largos periodos lejos de quienes la querían.
Aquel cóctel devastador no solo aceleró el deterioro de una enfermedad ya de por sí cruel. También allanó el camino para algo que llegaría después: un trastorno mental que fue apagando poco a poco a la Mireia que todos conocíamos.
Mirándolo ahora, con la perspectiva que siempre llega demasiado tarde, su historia también es la demostración de que el sistema no siempre consigue salvar a todo el mundo.
Hubo médicos. Hubo revisiones. Hubo tratamientos. Hubo seguimiento. Durante años convivió con consultas, especialistas y controles periódicos. Probablemente eran la única manera de intentar mantener un cierto equilibrio.
Y, sin embargo, no bastó.
No estaba ingresada. Vivía en Vic (Barcelona) junto a su marido. Quizá los profesionales consideraron que no necesitaba un recurso residencial. Quizá ella misma hizo imposible cualquier intervención más intensa. Quizá ambas cosas. No lo sé. Tampoco sé si este desenlace podría haberse evitado. Nadie puede responder con certeza a esa pregunta.
Lo que sí sé es que su caso era extraordinariamente complejo. Demasiadas patologías conviviendo en un mismo cuerpo. Demasiados años de lucha.
Su mente ya apenas habitaba el presente. De algún modo, se había quedado detenida en aquella vida anterior al diagnóstico. Los 27 años que vinieron después estuvieron llenos de sombras, recaídas y una batalla constante contra sí misma.
Por eso me cuesta saber quién tomó realmente la decisión del pasado viernes. Si fueron los fantasmas que la acompañaban desde hacía años o si, durante un instante fugaz de lucidez, fue ella.
Ahora los fantasmas han dejado de hacer ruido. Y ella, por fin, podrá descansar.
Pero su muerte deja preguntas incómodas. Me pregunto cuántas Mireias hay hoy en Cataluña. Cuántas en España. Cuántas personas con trastornos mentales graves sobreviven en un limbo entre la enfermedad, la falta de conciencia sobre su estado y unos recursos que, por más esfuerzos que hagan los profesionales, son necesariamente limitados.
Porque la historia de Mireia no habla solo de una tragedia personal y familiar. También nos enfrenta a una realidad que preferimos no mirar: hay pacientes que se quedan por el camino. Familias que se agotan. Médicos que llegan hasta donde pueden. Y un sistema que, pese a intentarlo, no siempre llega a tiempo.
Quizá la lección más dolorosa de todas sea esa: no siempre podemos salvar a quienes más queremos.