Que los referéndums los carga el diablo, lo sabe todo el mundo.

Al listo de David Cameron, por ejemplo, le costó el puesto de primer ministro británico someter a votación el Brexit en 2016.

Y eso que dos años antes casi desintegra el Reino Unido con otro referéndum sobre la independencia de Escocia. Lo ganó por los pelos y gracias a que los laboristas le hicieron el trabajo sucio.

Esta semana, los profesores catalanes de la pública han sido convocados por sus sindicatos para ratificar el acuerdo que los representantes de las organizaciones mayoritarias habían firmado hace unos días con el Govern.

Pero no ha podido ser.

Un 65% de los docentes que han acudido a las urnas ha rechazado el pacto, frente a un 35% que lo ha apoyado.

El incremento salarial de alrededor de 400 euros mensuales y la incorporación de más de 6.000 profesionales para la escuela inclusiva les ha parecido insuficiente, a pesar de que la caja de la Generalitat tiene más telarañas que fajos de billetes.

La posición inflexible de uno de los sindicatos minoritarios, la CGT, se ha impuesto entre la comunidad educativa. Por lo menos, entre los más fundamentalistas.

Y es que, normalmente, en este tipo de votaciones se suelen movilizar de forma más intensa los más activistas, que en este caso son los que se oponían al acuerdo.

A Ustec, el sindicato mayoritario que impulsó el acuerdo con la Generalitat, la situación se le ha ido de las manos.

Los representantes de la organización nacionalista quisieron tensar la cuerda demasiado frente al ejecutivo autonómico: tres semanas de movilizaciones, 17 protestas, ocho reuniones sectoriales y un encierro nocturno.

Calentaron a los docentes todo lo que pudieron. Y, ahora, cuando tocaba parar y recoger el botín de una presión exagerada que poca gente entiende fuera del ámbito educativo, han sido incapaces de hacerlo.

No han podido vender a su propia gente un acuerdo que mejora con creces cualquier subida salarial recogida en los últimos convenios de los principales sectores económicos a nivel nacional y que, con toda probabilidad, generará una cascada de peticiones inasumibles por parte de otros colectivos.

La Ustec se creía muy radical. Y lo es. Pero siempre hay alguien más extremista. Y, cuando se le azuza de forma desmesurada, se hace difícil llegar a cualquier acuerdo razonable y civilizado con él.

Todo apunta a que seguirán las huelgas, los cortes de carreteras y los bloqueos a transportes públicos y monumentos.

El próximo objetivo podría ser la visita del Papa a Barcelona, un acontecimiento ideal para que un grupo de fanáticos consiga la mayor repercusión posible. Aunque cada vez tengan menos apoyo entre el resto de la sociedad.