Aunque el mayor error de la democracia española está en las entrañas de la Constitución de 1978 (al introducir disparates como lo de las “nacionalidades” y los “derechos históricos” y “forales”), hay un par de momentos de la historia reciente que influyeron de forma dramática en agravar la desigualdad entre los ciudadanos españoles por el simple hecho de residir en una u otra comunidad.

El primero de ellos fue el Pacto del Majestic, el acuerdo entre Aznar y Pujol que llevó al primero a la Moncloa en 1996. Aquel cambalache supuso un importante avance en la desaparición del Estado en Cataluña.

El segundo fue la etapa del Gobierno de Zapatero. A pesar de los cepillados, el Estatuto aprobado por socialistas y nacionalistas era ampliamente inconstitucional –y eso que la sentencia del TC fue la del ‘sector progresista’– y solo sirvió para incentivar el procés.

Zapatero introdujo el veneno del relativismo político. Todo era interpretable. En su estrategia de contentamiento de los nacionalistas, llegó a afirmar que el concepto de nación era “discutido y discutible”, y defendió que Cataluña era una nación, lo que, en la práctica, supondría la disolución de la soberanía española.

Así las cosas, no es de extrañar que los nacionalistas estuvieran encantados con Zapatero. O, por lo menos, cómodos con él. Muchos de ellos le votaban con gusto –no como mal menor– para impedir que la derecha llegara al poder.

De hecho, Zapatero no solo era un referente moral para los socialistas, los propios nacionalistas mantenían un alto concepto de él… hasta hace apenas una semana.

Tras conocerse el sumario de la causa del expresidente del Gobierno, todo eso ha cambiado. Sea condenado o no, los hechos probados que recogen las investigaciones judiciales son suficientes para dejar claro que la sonrisa de Zapatero era más la del Joker que la de Bambi.

Como ocurrió con Pujol, los autos judiciales demuestran que el comportamiento del expresidente del Gobierno está lejos de ser ejemplar.

La caída de Zapatero deja huérfana a la izquierda española, pero también a gran parte del nacionalismo –sobre todo en Cataluña– que veían en el modelo de Estado que propugnaba la oportunidad para seguir avanzando hacia la secesión.

Los promotores de conceptos tan nocivos para la convivencia como la "España plurinacional" y "asimétrica" han perdido a uno de sus principales valedores.

Y eso es, sin duda, una buena noticia para quienes defienden la igualdad de derechos y obligaciones para todos los ciudadanos de nuestro país, es decir, la concepción republicana y federal de la nación.