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Xavier Salvador opina sobre Rodríguez Zapatero

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Zona Franca

La ducha fría del socialismo catalán

"Porque Zapatero no era un aliado político. Era un personaje moral. Una parte de Cataluña se había contado a sí misma una historia sobre España. Y él era el centro de esa historia"

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El Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) nunca había estado tan cómodo. Gobierna la Generalitat, Barcelona y las grandes urbes. Preside la Diputación. Salvador Illa, primer secretario y presidente catalán, acaba de sacar adelante unos presupuestos bendecidos por ERC y los Comunes.

El socialismo catalán respira. Después de años de fatiga identitaria y política emocional, administrará estabilidad y calma. Recupera la normalidad.

Entonces llegó esta semana la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero. El golpe fue brutal. Las reacciones oficiales no reflejan el verdadero impacto en el PSC. Zapatero no era solo un expresidente respetado. Era una referencia moral para el socialismo catalán y sectores del nacionalismo.

Esta vez no es una tormenta mediática. Quienes leyeron el auto judicial y los informes de la UDEF admiten que el relato incriminatorio tiene solidez inhabitual. Hay documentación, relaciones, intermediarios y, al final, beneficiarios. Dirigentes socialistas escépticos han recibido el golpe con consternación.

Zapatero e Illa se entendían. Conversaban con frecuencia. Compartían afinidad ideológica y una visión de España: menos áspera, más cómoda con la complejidad catalana. Hasta se habían integrado en el clan de Lanzarote que cada agosto comparte unas horas con Pedro Sánchez en la costera finca conejera de La Mareta junto a algún otro barón regional como Ángel Víctor Torres o María Jesús Montero.

Zapatero ayudó activamente en la campaña electoral de Illa. Conservaba prestigio singular entre la militancia. Era visto como uno de los pocos dirigentes españoles capaces de entender Cataluña sin caricaturizarla, lo que no conseguimos muchos propios del lugar.

Parte del independentismo lo veía como una excepción: alguien dispuesto a reconocer la pluralidad nacional sin reflejo recentralizador.

Y Cataluña proyectó sobre él una idea de España. Dialogante. Flexible. Contemporánea. Una España posible.

Conocí a Zapatero de manera personal en agosto de 2024. Hablamos unas horas un par de días. Me pareció un hombre austero, sobrio. Muy alejado, mucho, de un perfil de político seducido por la ostentación. Hubiera firmado un manifiesto sobre su nobleza.

Por eso la noticia resulta todavía más perturbadora.

Durante aquella conversación emergió un asunto que nunca superó del todo: el daño a su familia durante su paso por La Moncloa. La fotografía en la Casa Blanca que expuso a sus hijas a la burla pública. El desgaste sobre Sonsoles Espinosa que tambaleó su continuidad institucional y a punto estuvo de saltar de la condición de primera dama.

Lo evitó Ana Pérez Santamaría, que fue jefa de gabinete de la soprano y aliada personal. Su esposo, Javier de Paz, sigue en el círculo próximo de ZP.

No conviene usar las heridas privadas como coartada moral. Pero la política enseña que el poder deja secuelas profundas. Y que algunos dirigentes terminan confundiendo la protección de los suyos con una eventual legitimidad para moverse en zonas donde las fronteras éticas se difuminan.

Quizá ahí reside el desconcierto del PSC. El socialismo catalán tiene más poder institucional que nunca. Pero dejó de producir grandes referentes intelectuales propios. Madrid conserva enorme peso simbólico.

Zapatero representaba la reconciliación: fidelidad al proyecto español sin trauma, reconocimiento de la singularidad catalana.

La decepción trasciende el PSC. Escuchar las tertulias barcelonesas es aleccionador: el desconcierto alcanza sectores nacionalistas que habían incorporado al expresidente a su catálogo de españoles "comprensivos".

Los dos millones de euros de supuesto enriquecimiento son secundarios. El impacto es simbólico. La cifra importa menos que el derrumbe del personaje.

Porque Zapatero no era un aliado político. Era un personaje moral. Una parte de Cataluña se había contado a sí misma una historia sobre España. Y él era el centro de esa historia.

Cuando caen esos personajes, no se resquebraja una biografía. Se resquebraja una ilusión colectiva.