Hasta ahora, decir que Cataluña aprobará los presupuestos antes de las vacaciones de verano suponía lanzar una moneda al aire.

Las afirmaciones expresadas en ese sentido por el president de la Generalitat, Salvador Illa, y los miembros del Govern socialista bebían de un preacuerdo —llamarlo así podía ser hasta optimista— por el que Oriol Junqueras se comprometía a "negociar para aprobar".

Es bien sabido que, en una negociación, puede pasar de todo. Y más con este compañero de viaje, que ha convertido al Ejecutivo catalán en el primero que ha retirado unas cuentas ya presentadas en el Parlament.

Un hito que sirve de munición formal, en la Cámara, e informal, como en el show que improvisaron el diputado de Junts Albert Batet y la consellera Alícia Romero en la chocolatada de la Diada de Sant Jordi. La responsable de Economía remató el intercambio de provocaciones con un "a los socialistas nos gusta hacer historia".

Pero aquellas dos escuetas líneas del comunicado difundido en marzo con el membrete del PSC y ERC, que muchos interpretaron como una victoria para los republicanos, hoy han cobrado unos tintes completamente opuestos.

Pese al riesgo —también conocido por los negociadores— de que aquella moneda acabara saliendo cruz, finalmente ha salido la cara. Porque lo que acordaron ambos socios de legislatura fue, en realidad, dejar a un lado las miradas de reojo. Aparcar el vértigo que desbordó al procés hace varios años, y que más recientemente llevó al president Illa a convocar una declaración institucional para dirigirse a una ciudadanía que no sabía si retiraría los presupuestos o convocaría elecciones, siguiendo los pasos de Pere Aragonès solo dos años atrás.

La opción de romper con todo y poner las urnas, pese a ser denostada en público, sí estaba sobre la mesa. Hoy, las perspectivas son completamente distintas. Si bien Aragonès no logró recoser la herida con sus socios en 2024, y las urnas lo convirtieron en un cadáver político tras solo dos años en el cargo, hoy Illa ha fortalecido su alianza parlamentaria y sale relanzado para los próximos dos años.

Esta semana, el exministro de Sanidad ha puesto la primera piedra para cumplir su objetivo de gobernar un par de legislaturas más, y completar una década al frente de la Generalitat. Se siente así en las filas socialistas. Éstos levantan la mirada y no otean alternativa alguna en la bancada del Parlament; tampoco lo hacen las encuestas.

Así pues, habiendo despejado la principal incógnita de la legislatura, la pregunta ya no es si el primer secretario del PSC logrará completarla tras haberse asomado al abismo, sino cuántos mandatos más será capaz de asumir, siempre con el permiso de las urnas.