David Expósito reflexiona sobre el modelo de negocio de Verificat.png
Lecciones de moralidad
"La desinformación es un mal real, pero combatirlo con estructuras ultrasubvencionadas no solo desmonta el relato, sino que genera las mismas dudas, o más, que persiguen al resto del sector"
La fiebre del fact-checking hace años que corre en España. Abrió camino (con permiso del blog MalaPrensa) Clara Jiménez Cruz con Maldita.es, y sentó cátedra la periodista y presentadora madrileña Ana Pastor con Newtral, ambas procedentes del ala woke de la comunicación española.
Supieron ver en los vicios del periodismo y de la política, y en la crisis de confianza que ambos mundos arrastran, una oportunidad de negocio.
La moda del desmentido de bulos mediáticos y declaraciones de cargos públicos, especialmente de extrema derecha, tuvo su réplica en Cataluña en 2019 con Verificat.
Dejando de lado el trillado juego de palabras con el que los catalanes lo bautizamos todo, que no merece más de una línea, el formato se popularizó como la pólvora en redes sociales, a golpe de desmentidos diarios y de reels con la cara de jóvenes periodistas que sí dominan la nueva comunicación.
Este nuevo modelo se vanagloria de hacer lo que, según sus impulsores, la mayoría de plumillas no hace, pese a ser el mantra de lo nuestro: contrastar.
Si bien es cierto que el periodismo declarativo debería exigir algo más al que firma la pieza que simplemente reproducir lo que se dice, no es oro todo lo que reluce.
Como ocurre con sus homólogos en la meseta, el modelo operativo sobre el que reposa el medio fundado y dirigido por Alba Tobella descansa sobre el dinero de todos. Esta cabecera recoge en su edición de este sábado su profunda dependencia de las subvenciones.
En el último lustro, del cerca del millón de euros ingresados por Verificat, 900.000 proceden del erario público, mediante contratos de aquellas instituciones a las que vigila. Es decir, nueve de cada diez.
Los verificadores catalanes no sobrevivirían sin el poder del que gobierna, lo que deja en cueros la moralidad que se le reconoce. Clamar independencia mientras se firma con el poder.
La desinformación es un mal real y su lucha beneficia un espíritu crítico cada vez más mermado, pero combatirlo con estructuras ultrasubvencionadas no solo desmonta el relato cuando se escarba, sino que arroja las mismas dudas —o más— que persiguen al resto de medios.