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Fotomontaje de Jordi Pujol

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Zona Franca

‘Caso Pujol’: el gran jefe exonerado

“El paso del tiempo se convierte en un actor silencioso de enorme poder, pues fomenta los olvidos, desgasta las pruebas y termina por resolver lo que los jueces nunca llegaron a sentenciar”

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Jordi Pujol i Soley se libró esta semana de ser juzgado por el caso que lleva su apellido y queda exento de forma definitiva, debido a su evidente deterioro cognitivo. Concluye, así, la causa contra el hombre que lideró la Generalitat de Cataluña con mano férrea durante un interminable período de 23 años.

Se apea del banquillo tan campante, sin haber tenido que dar explicaciones ante la sala. O sea que no habrá de rendir cuentas por el fortunón que escondió en Andorra durante varias décadas.

Ni interrogatorio, ni juicio oral, ni veredicto. En resumen, este largo episodio de corrupción se cierra en falso, como tantos otros acaecidos en la historia reciente del país.

La fiscalía pedía para el anciano ex molt honorable, nueve años de prisión por los delitos de asociación ilícita, blanqueo de capitales, cohecho, tráfico de influencias y falsedad documental.

Pujol sigue el mismo el camino que su esposa Marta Ferrusola. Esta se vio apartada un lustro atrás de las instancias procesales por demencia sobrevenida y falleció en 2024.

Con la actual, son ya dos las flamantes ocasiones en que el patriarca se escabulle por los pelos de la condena. La anterior ocurrió en la primera mitad de los años ochenta, a raíz del descalabro de Banca Catalana, que ante su inminente quiebra fue intervenida por el Banco de España.

Pujol había ejercido de alto ejecutivo y alcanzó la jefatura de la entidad, que abandonó en 1980.

La fiscalía se querelló contra él y otros directivos. Pero la Audiencia Territorial --predecesora del Tribunal Superior-- no apreció evidencias sólidas para atribuirle responsabilidades penales.

Mentes aviesas aseguraron a la sazón, que letrados de la máxima confianza de Pujol habían realizado gestiones personales con ciertos magistrados de la Audiencia, a fin de reblandecer su voluntad.

Conviene subrayar que en el caso Pujol la acumulación de nada menos que 12 años de trámites en los vericuetos jurisdiccionales, por muy complejo que sea un asunto, no se corresponde con lo que debería entenderse por una justicia mínimamente aceptable.

A tan extraordinaria parsimonia contribuyó de manera decisiva la estrategia dilatoria de la defensa, encarnada en los abogados CristóbalMartell y Albert Carrillo. Consistió en la pedestre argucia de presentar recurso tras recurso sin límites ni tasa, con el objetivo de posponer sine die el dictado de la sentencia.

Quienes no se libran de semejantes sinsabores son los siete hijos Jordi, Marta, Josep, Pere, Oriol, Mireia y Oleguer. El peor parado es el primero. La fiscalía pide para él 29 años de presidio.

Las sesiones de la Audiencia Nacional han servido hasta ahora para demostrar que, al margen de los caudales andorranos, el primogénito amasó un auténtico dineral mediante sus intermediaciones, comisiones y mangoneos varios, en calidad de pretendido “dinamizador” de negocios.

Lo más chocante es que esos supuestos trabajos y asesoramientos millonarios siempre fueron meros tratos verbales, por lo que apenas hay facturas que los respalden.

Si él o sus hermanos sufren castigo alguno, a buen seguro se les aplicará la atenuante de dilaciones indebidas.

La moraleja de este peculiar culebrón vernáculo es palmaria. Determinados expedientes de gran envergadura acaban trocados en unos maratones legales agotadores donde la resistencia --y el DNI-- pesan tanto o más que los hechos que se enjuician.

Al final, el paso inexorable del tiempo se convierte en un actor silencioso de enorme poder, pues fomenta los olvidos, desgasta las pruebas y, en ocasiones como la del expresident de marras, termina por resolver lo que los jueces nunca llegaron a finiquitar.