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Un montaje de Xavier Salvador y una imagen de una procesión de fondo

Un montaje de Xavier Salvador y una imagen de una procesión de fondo Crónica Global

Zona Franca

El sambenito

"El catolicismo no manda porque creamos en él, sino porque aún pensamos, hablamos y señalamos con su gramática más profunda y rancia"

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Llega la Semana Santa y España se pone religiosa. O, mejor dicho, se pone el disfraz completo: procesiones a reventar, hoteles completos, calles cortadas y millones de almas —unas con fe de verdad, otras con curiosidad turística y la gran mayoría por puro reflejo condicionado— desfilando detrás de un paso como si les fuera la salvación eterna en ello.

Conviene decirlo sin anestesia: la Semana Santa española ya no solo es religión. Es tradición, es negocio redondo, es selfie colectivo y, sobre todo, un enorme festival anual de postureo. Un Estado aconfesional (que algunos confunden con laico) que cada primavera se postra con devoción delante del Cristo y la virgen más cara y mejor iluminada del barrio.

Mientras el incienso sube y las saetas rasgan el aire con dramatismo de telenovela, debajo late un legado que pocos se atreven a nombrar sin eufemismos: el catolicismo no manda porque creamos en él, sino porque aún pensamos, hablamos y señalamos con su gramática más profunda y rancia.

Durante siglos no se limitó a salvar almas; también marcó con hierro candente quién estaba dentro y quién quedaba fuera para siempre. Y su herramienta más elegante y eficaz fue la Inquisición.

No la versión Disney de hogueras y torturas que venden los documentales de sobremesa. La Inquisición real fue mucho más sofisticada y, por eso, mucho más dañina: no necesitaba matar a todo el discrepante. Bastaba con señalar. Colgar el sambenito era suficiente.

Ese hábito amarillo infamante, esa casulla macabra con cruces rojas o llamas pintadas, no era un castigo temporal. Era una condena perpetua en vida. Los exponían después en forma de pequeñas mantas en la iglesia del pueblo para que los hijos y los nietos siguieran viéndolo y recordando: ahí estaba ahora el señalado.

Y aquí está lo que duele: seguimos hablando inquisitorial sin darnos cuenta. Ya no usamos telas y pintura, pero colgamos sambenitos digitales y mediáticos con la misma naturalidad y entusiasmo. Al discrepante, al heterodoxo, al que osa salirse del guion del momento. La mecánica es idéntica: señalar, estigmatizar, recordar la falta hasta el fin de los tiempos.

Por eso estos días cae como anillo al dedo el libro de Manuel Peña Díaz, El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición. No es otra tesis polvorienta sobre el Santo Oficio. Es un descenso sin piedad a la vida diaria de la España inquisitorial: cómo se vivía con la marca, cómo la vecina, el cura y el alcalde participaban gustosamente en el escarnio, y cómo esa cultura del señalamiento se nos metió hasta el tuétano.

Leerlo estos días tiene una gracia negra exquisita. Mientras las calles se llenan de silencio ritual y devoción de apariencia, Peña Díaz nos recuerda que el software cultural sigue intacto bajo la superficie.

No hace falta creer en la Resurrección para formar parte de esta liturgia. Basta con haber nacido aquí. O, peor, con haberla interiorizado desde la infancia.

Así que les hago una recomendación para estas fechas desde un ateísmo militante: lean El sambenito. No para que les arruine la Semana Santa, sino para que dejen de contemplarla con la ingenuidad del visitante que piensa que todo esto es solo “folklore precioso”.

La procesión seguirá su curso. El sambenito, también. Solo que ahora es invisible… hasta que se lo cuelgan a uno.

Descansen, si pueden. O, mejor, lean. Enseguida llegan las saetas, los nazarenos y los selfies con Cristo y su dolorosa Madre.