Marc Puig, en la salida a bolsa de Puig Europa Press
Los estadounidenses no saben pronunciar Puig
"Los herederos han vendido las joyas de la abuela para pagar la fiesta de hoy, sin entender que mañana no quedará nada que heredar"
Tres semanas atrás, parecía que llegábamos al clímax de una tragedia cuando Freixenet entregó todas las llaves a los alemanes de Henkell. Era solo el prólogo.
Este marzo, también hemos perdido a Ercros, por la OPA de Bondalti, que llevará a Portugal su centro de operaciones. Y, ahora, es el turno de Puig.
La posible fusión de la multinacional del lujo, sobrevalorada en bolsa, pero con unas cuentas muy atractivas, con Estée Lauder, es el síntoma definitivo de nuestra transformación... o decadencia.
Algo se cocía en Puig tras el reciente desplazamiento de Marc Puig como CEO en favor de José Manuel Albesa, el primero ajeno a la familia en esa posición. Ahora sabemos el qué.
La receta está todavía en el fuego, pero ya se conocen los ingredientes: la perfumista puede caer en brazos del gigante estadounidense, que pretende revivir y competir gracias al talento catalán. Parece cuestión de días.
Los Puig aspiran a mantener la gestión. ¡Faltaría más! Es el consuelo del que vende el coche, pero pide que le dejen seguir conduciendo un ratito más. La realidad es más fría: el centro de gravedad se desplaza de la plaza Europa de L'Hospitalet a la Quinta Avenida de Nueva York.
Otra joya de la corona que, tras salir a bolsa para buscar pulmón, sin demasiado éxito para los accionistas, acaba encontrando la paz en la integración extranjera.
Por desgracia, no es un caso aislado, es un patrón de liquidación por derribo. Llueve sobre mojado en un mapa de la descatalanización que es ya un goteo incesante.
Codorníu en manos de Carlyle, Applus+ troceada por fondos, Cirsa, Pronovias, Seat, Freixenet, Ercros… Marcas, algunas, que los nuevos dueños no saben ni pronunciar. Ni lo que significan más allá del dinero.
Hemos pasado de capitanes de industria a coleccionistas de family offices. Es la cultura del pelotazo frente a la del esfuerzo. El impacto no es solo un cambio de bandera; es la lobotomía económica del país. Sin sedes reales no hay cerebro.
Nos estamos convirtiendo en una excelente sucursal: brillante, eficiente y con buen clima, pero sucursal al fin y al cabo. Tampoco ayudan otros factores externos.
El resultado es un país de sol, playa y servicios de bajo valor. Cada vez más pobres, más dependientes y sin un relevo emprendedor que quiera mancharse las manos.
Los herederos han vendido las joyas de la abuela para pagar la fiesta de hoy, sin entender que mañana no quedará nada que heredar.
Brindamos con cava alemán y nos perfumamos con esencia americana. Prost y Good luck, porque aquí ya solo queda el sol.