Pásate al MODO AHORRO
Entrada a Cavas Freixenet

Entrada a Cavas Freixenet

Zona Franca

Coloniaje multinacional de Cataluña

"Cuando los beneficios se anteponen a la historia colectiva, se corre el riesgo de arruinar algo que no tiene precio: la singularidad de una empresa y sus vínculos afectivos con los compatriotas que la acunaron y la hicieron grande"

Publicada
Actualizada

Los cuatro hermanos Ferrer y José Luis Bonet anunciaron esta semana la cesión del 50% de Freixenet a la alemana Henkell, dueña de la otra mitad desde 2018. Los intervinientes en el festín se han abstenido de facilitar el importe de la transacción, que se presume muy elevado. Hay alguna pista. Ocho años atrás, los germanos apoquinaron unos 220 millones por el 50%. Ahora redondean la jugada a lo grande y se apoderan de cabo a rabo del principal fabricante de cava.

Los poseedores de las acciones propinan un pelotazo espectacular, pues la operación les reporta enormes ganancias. Sin embargo, el trasiego es pésimo para el país, porque se pierde el dominio de una marca señera de estos lares, que luce el pabellón español por medio mundo gracias a sus exportaciones a un centenar de países.

La noticia se esperaba tarde o temprano. Cuando, a finales de la pasada década, algunos socios enajenaron su parte y dieron entrada a la poderosa Henkell, ya se certificó que la influencia de la estirpe catalana tenía fecha de caducidad y acabaría por extinguirse.

Curiosamente, Codorníu, la otra gran entidad vernácula del ramo, también cayó en manos foráneas el mismo año. En este caso, el asalto lo protagonizó el fondo inversor Carlyle, de EEUU. Se hizo con dos tercios del capital por 200 millones.

Los dos centenares de accionistas de Codorníu, todos ellos descendientes del fundador, suspiraban por la llegada de una oferta suculenta, dado que arrastraban una década huérfanos de dividendo alguno. Tras no pocos titubeos y discusiones, se perfeccionó la propuesta de Carlyle. La mayoría de los Raventós sucumbió a la tentación y se desprendió de sus participaciones.

Pero un tercio de los títulos sigue en manos de miembros de la saga. Los mantienen porque esperan que un día no lejano les proporcionarán plusvalías jugosas.

A su vez, la presencia de Carlyle es de carácter temporal. Nadie duda de que en cuanto se presente la oportunidad, soltará lastre y traspasará su preciado tesoro al mejor postor.

Codorníu arrastra a sus espaldas una formidable trayectoria de cinco siglos, que le confieren la singular característica de ser uno de los negocios más antiguos de Europa.

Su facturación ronda los 230 millones, una minucia si se compara con los 1.200 de su entrañable competidor Freixenet. Tamaña diferencia es insólita. Así, hacia 1970 Codorníu es líder indiscutido del sector con una producción del orden de 25 millones de botellas.

En cambio, Freixenet solo elabora un millón. Pero se ve favorecida, a mediados de los 80, por un hecho irrepetible. Me refiero a la gigantesca subasta montada para adjudicar los activos que el Gobierno socialista expropia al conglomerado Rumasa, de José María Ruiz Mateos.

Freixenet acude a la puja y compra a precio de derribo las bodegas Castellblanch, Segura Viudas, Canals & Nubiola, René Barbier y Conde de Caralt. Satisface por el paquete entero la nada astronómica suma de 274.000 pesetas, equivalentes hoy a unos 6.000 euros en términos constantes, es decir, en valores corregidos por la inflación.

La apuesta no deja de encerrar riesgos, pues el conjunto arroja copiosos números rojos. En contrapartida, alberga un volumen de manufactura nada desdeñable y, sobre todo, dispone de una tentacular red comercial en el extranjero. Freixenet se las apaña para aprovechar a fondo ambas bazas. Y se lanza a una expansión meteórica, que le catapulta a la hegemonía.

Por desgracia, ahora constatamos el exilio definitivo de una sociedad profundamente enraizada en la comarca barcelonesa del Penedès. No solamente constituye un emblema económico en la zona. Es al mismo tiempo un símbolo cultural y social de generaciones que han trabajado en sus vastas dependencias y que han visto crecer la vid y el espumoso.

El traspaso de una casa así supone, además de un doloroso golpe industrial, un desgarro en la memoria de nuestros anales corporativos.

La venta a la multinacional teutona deja un vacío imposible de llenar. Se desvanece la capacidad de decisión local, se diluye el legado familiar y se aparta del primer plano a quienes han sido custodios de un caldo tan genuino de estos meridianos como el cava.

Es un triste recordatorio de que, en los mercados globales, lo más cercano rara vez se valora como merece. A la vez, la riqueza financiera que amasan unos pocos no contribuye a preservar el patrimonio cultural ni el arraigo al territorio de sus firmas centenarias.

Cuando los beneficios se anteponen a la historia colectiva, se corre el riesgo de arruinar algo que no tiene precio: la singularidad de una empresa y sus vínculos afectivos con los compatriotas que la acunaron y la hicieron grande.