Los expertos en industria aérea coinciden en que las tasas aeroportuarias de Aena, el gestor aeroportuario patrio, no son excesivamente elevadas en comparación con las del resto de Europa. La carga media por pasajero en España apenas rebasa los diez euros, por más de 20 en Schipol (Ámsterdam), cerca de 30 euros en Fráncfort, o 35 en London-Heathrow.
La presión fiscal en los aeródromos aún es --relativamente-- baja en comparación con el entorno comunitario. Pero ello no quiere decir que las aerolíneas que operan en el país, quejosas, no tengan razón. Los operadores, por medio de la asociación ALA, alertaron ayer de que el gestor semipúblico (el 51% es del Estado) vuelve a aumentar los gravámenes por tercer DORA --o documento regulado de inversiones-- consecutivo. Ello, manteniendo las previsiones de inversión.
Pero lo más preocupante es que las operadoras advierten de que los cálculos de incremento de tráfico aéreo son erróneos. Están subestimados. Y que la rentabilidad exigida por la cotizada que preside el catalán Maurici Lucena se sitúa en el 9%, cuando la media de los sectores regulados europeos no pasa del 5% al 8%.
Lo factual es que la Dirección General de Aviación Civil (DGAC) ha corregido los cálculos de Aena en varias ocasiones. Ha determinado que la voracidad de la firma era tal que había que rebajarla. Ocurrió, por ejemplo, con el DORA II, el plan anterior al presentado hoy.
A ello se le suma el hecho de que las previsiones de tráfico dibujadas por la cotizada también han sido históricamente erróneas para justificar las alzas.
Es más, la IATA, asociación internacional de transporte aéreo, ha avalado que los cálculos estaban mal hechos. Eran deficientes para favorecer la subida de impuestos a las aerolíneas, claro. En dos ocasiones, el organismo ha dado pábulo al término superávit regulatorio.
Una presunta alegría normativa trufada de datos espurios que favorecen al gestor público.
Todo ello, claro, tiene efectos. Aena ha mejorado su cuenta de resultados a base de apretar a las aerolíneas. Ha aprovechado el rebote de la industria vacacional y el retorno de los viajes corporativos tras la pandemia del Covid con ayuda de unos gravámenes cuyos cálculos eran erróneos.
Y el final del argumento es claro: la industria aérea, con márgenes muy ajustados, debe vigilar cada euro de la estructura de costes. Si hay exceso, se repercutirá sobre el precio de los billetes.
Negro sobre blanco, la propuesta de aumento de tasas de Aena definida ayer parece un nuevo error de la empresa mixta. Como es esperable, cabe atemperarla con la intervención de pesos y contrapesos del propio Estado.
Pero trasluce la voracidad de la compañía, que no solo tiene un catalán al frente, por cierto, sino que cuenta también con el ínclito Ramon Tremosa en su consejo de administración. Muy activo contra España en numerosas ocasiones, no consta que el directivo y exeurodiputado independentista de Junts haya dicho esta boca es mía tras la noticia de ayer. Eso sí, tuvo tiempo de sentar cátedra en la tertulia matinal de TV3.
