La borrasca Nils golpeará hoy sin piedad Cataluña. La galerna levantará vientos que, según el Meteocat, serán de una intensidad inédita en dos décadas. Se esperan ráfagas de aire que alcancen los 108 kilómetros por hora, según las previsiones del servicio meteorológico catalán.
Ayer, las Administraciones públicas ya reaccionaron. El Govern decretó un descenso de la actividad, con prioridad para el teletrabajo, mientras que el ayuntamiento suspendió servicios que pueden conllevar riesgos, como el Bicing. A su vez, el sector educativo y las universidades han aplazado las clases, entre otras medidas.
Es evidente que Nils, que antecede a otra borrasca, Oriana, ha sido recibida en Cataluña con una actitud distinta. Algo ha cambiado en el estamento político desde la DANA que segó 228 vidas en la Comunidad Valenciana. Nadie toma riesgos. Todo el mundo opera con prudencia.
Protección Civil, antaño un órgano opaco al que se le reclamaban las actas de las reuniones --recuerden la época de la pandemia del coronavirus--, ha sido elevada a la categoría de autoridad indiscutible. Muchos en la clase electa se han dado cuenta de que no pueden correr riesgos ante eventuales desastres naturales. Obedecen --mucho más-- a los expertos en emergencias.
Toda precaución es poca, en efecto. Por mucho que siempre haya habido tormentas, ha cambiado la manera como respondemos a las mismas. El umbral del riesgo ha bajado. Absolutamente ningún cargo electo, de presidentes al último concejal de un pueblo remoto, se pueden permitir no estar pendientes del cielo encapotado. No se les tolera no hacer nada. Tienen que estar, y arrimar el hombro como uno más.
Pero ojo con sobreactuar. Lo importante en materia de desastres, dicen los expertos, es que haya inversión, y capacidad de reacción. Que se dimensionen los servicios de forma adecuada, y que los profesionales gocen de recursos materiales para trabajar. Así como que se les reconozca socialmente.
De nada sirve presidir un comité de crisis si luego las decisiones no se pueden aterrizar porque hay carestía o descoordinación: la respuesta a emergencias debe ser --si se escucha a los profesionales-- eficaz. Debe funcionar como un reloj suizo, sin caer en heroísmos o sobrerreacción.
Cuando el viento asola un lugar, el agua la anega o el fuego la barre, hay que reaccionar con firmeza, pero con temple. Dejar trabajar a los que dominan el escenario de operaciones. Por su parte, los electos y electas deben informar a la ciudadanía con transparencia y de forma regular. Pero al mismo tiempo, con humildad. Hemos hecho esto, haremos aquello otro e intentaremos lo de más allá. Pero no llegaremos a equis, lamentablemente.
En síntesis, Nils nos ofrece otra oportunidad de gestionar una crisis ambiental. Tendremos que hacerlo bien, puesto que este fenómeno será recurrente a partir de ahora. Evitemos repetir errores pasados.
